Hace veinte años, ella le salvó la vida. Hoy, él por fin la encontró... pero ella no recuerda quién es. Mientras el pasado vuelve para destruirlos, Adrián deberá luchar contra quienes hicieron todo para separarlos. Porque esta vez, pase lo que pase... no piensa perderla otra vez.
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Capítulo 9: La llave de la verdad
El disparo todavía resonaba en el bosque.
Nadie se movía.
Los escoltas mantenían sus armas apuntando hacia la colina donde el francotirador había desaparecido.
Emma seguía temblando.
Sus ojos estaban fijos en la pequeña llave de plata que descansaba en la mano de Adrián.
Era como si aquel objeto la llamara.
—¿Estás bien? —preguntó él con preocupación.
Emma respiró hondo.
—No... pero necesito saber qué significa esa llave.
Adrián la observó unos segundos.
—Yo también.
Viktor se acercó con el sobre perforado por la bala.
—Señor, la carta quedó destruida, pero la llave sobrevivió.
Eso no fue casualidad.
Adrián tomó la llave y la examinó con atención.
En el mango había un grabado que antes no habían notado.
Dos lobos enfrentados.
Y, en el centro, una estrella de ocho puntas.
Debajo del símbolo había una inscripción diminuta.
"Solo la sangre abrirá el camino."
Emma sintió un escalofrío.
—Esa frase...
La escuché alguna vez.
—¿Dónde? —preguntó Adrián.
Ella cerró los ojos.
Las imágenes comenzaron a aparecer lentamente.
Un enorme salón.
Una chimenea encendida.
Un hombre de cabello oscuro la sentaba sobre sus rodillas mientras le mostraba la misma llave.
—"Algún día, Emilia, esta llave será tu responsabilidad."
Emma abrió los ojos de golpe.
—Era... mi papá.
Estoy segura.
Adrián sintió que el corazón se aceleraba.
Era el recuerdo más claro que Emma había tenido desde que comenzaron a aparecer fragmentos de su infancia.
Horas más tarde, el convoy llegó a la antigua residencia Volkov.
La mansión permanecía cerrada desde hacía dos décadas.
Las enredaderas cubrían parte de la fachada y el viento hacía crujir las ventanas rotas.
Emma bajó del automóvil y quedó inmóvil.
Sentía que ya había estado allí.
—¿Qué pasa? —preguntó Adrián.
—Este lugar...
Lo conozco.
No sé cómo, pero lo conozco.
Él tomó suavemente su mano.
—Entonces entremos juntos.
Nunca más vas a enfrentar tus recuerdos sola.
Emma asintió.
Por primera vez desde que todo comenzó, sintió que no estaba sola.
Viktor abrió la enorme puerta principal.
Una capa de polvo cubría los muebles antiguos.
Los retratos familiares seguían colgados en las paredes.
Emma caminaba lentamente.
Cada paso despertaba una nueva sensación.
Al llegar al gran salón principal, se detuvo frente a un retrato.
En él aparecía una pareja joven sosteniendo a una niña de unos cinco años.
La pequeña sonreía mientras abrazaba un oso de peluche.
Emma llevó una mano a su boca.
—Ese oso...
Era mío.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Adrián observó el cuadro.
No había dudas.
La niña era Emma.
O, mejor dicho...
Emilia.
Debajo del retrato había una placa dorada.
"Alexander, Victoria y su hija Emilia Volkov."
El silencio se hizo absoluto.
Emma apenas podía respirar.
—¿Volkov...?
Miró a Adrián.
—¿Yo también...?
Él asintió lentamente.
—Todo indica que sí.
En ese momento, Viktor descendió desde el segundo piso.
—Señor.
Encontramos la entrada.
—¿La entrada a qué?
—A la bóveda familiar.
Los tres caminaron hasta la biblioteca.
Uno de los estantes había sido movido.
Detrás aparecía una pesada puerta de acero.
En el centro había una cerradura con el mismo símbolo de la llave.
Adrián extendió la mano hacia Emma.
—Creo que llegó el momento.
Ella respiró profundamente.
Introdujo la llave en la cerradura.
Durante unos segundos, no ocurrió nada.
Entonces...
Un pequeño corte apareció en la palma de su mano.
La llave tenía una diminuta aguja oculta.
Una gota de sangre cayó sobre el mecanismo.
Se escuchó un fuerte sonido metálico.
¡Clac!
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Un aire frío salió desde el interior.
Las luces del pasillo se encendieron automáticamente.
Emma sintió que el corazón iba a salírsele del pecho.
Frente a ellos aparecía una enorme bóveda secreta que había permanecido cerrada durante veinte años.
Pero antes de que pudieran entrar, una voz conocida resonó detrás de ellos.
—Sabía que tarde o temprano encontrarían este lugar.
Todos se dieron vuelta.
Damián permanecía de pie en la entrada de la biblioteca.
Esta vez no estaba solo.
A su lado había cuatro hombres armados.
Y en su rostro ya no quedaba rastro del hombre amable que Emma había conocido.
La miró fijamente.
—Perdoname, Emilia...
Pero esa puerta...
Nunca debió abrirse.
Continuará...