El Patrón mata sin pestañear. Pero no pudo con el tamplin de Catalina. Ahora la cuida desde lejos, y ella ni sabe que el hombre más temido de la ciudad daría su imperio por otro plato de su comida.
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LA OFERTA
Pasaron 4 días desde que Damián estuvo en su casa.
4 días largos para Catalina.
4 días donde el calefactor nuevo calentaba la pieza y su mamá dormía sin tiritar. 4 días donde la heladera tenía leche, pan y fruta. 4 días donde Catalina no se preocupó por la plata ni un solo minuto.
Pero 4 días donde Damián no volvió a aparecer.
Solo mandaba mensajes. Todos los días a las 6 pm en punto.
**D: ¿Cómo está tu mamá hoy?**
**D: ¿Vendiste bien? ¿Hizo frío?**
**D: Abrígate bien. Está helando.**
Catalina contestaba siempre. Rápido. Con el corazón acelerado.
**Cata: Mi mamá está mejor gracias al calefactor. Gracias.**
**Cata: Vendí poco. Pero no importa. Estoy bien.**
**Cata: Sí. Tengo 3 sacos puestos.**
Y Damián siempre respondía algo corto.
**D: Bien.**
**D: Guarda igual.**
**D: Terca.**
El domingo a la noche Catalina no pudo dormir. "¿Y si ya no viene más? ¿Y si solo me ayudó por lástima y ahora se aburrió?"
El lunes amaneció nublado. Frío. Catalina montó el puesto igual. Por costumbre.
A las 5 y 55 pm el celular vibró.
Catalina lo sacó rápido. Era él.
**D: Hoy no hay tamplin. Hoy hay trabajo. Pásame por tu casa 7 pm. Ponte ropa decente. Nada de delantal.**
Catalina leyó el mensaje una vez. Dos veces. Tres veces.
Se le heló la sangre.
"¿Trabajo? ¿Qué trabajo? ¿De qué habla?"
Las manos le temblaban tanto que casi se le cae el celular al piso.
Guardó todo a las apuradas. Le dijo a Doña Marta que se tenía que ir. Corrió a su casa.
"¿Qué pasa hija?" preguntó su mamá al verla entrar corriendo.
"Nada mamá. Damián... Damián dice que tiene trabajo para mí."
"¿Trabajo? ¿De qué?"
"No sé. Dice que me ponga ropa decente."
Catalina se bañó con agua caliente. Por primera vez en semanas. Se lavó el pelo. Se puso el único pantalón negro que tenía, el que usaba para ir a la iglesia. Una camisa blanca que le quedaba grande. Se hizo un rodete apretado.
Se miró al espejo. Se veía rara. Como otra persona.
A las 6 y 50 pm ya estaba parada en la puerta. Nerviosa.
A las 7 pm en punto, la camioneta negra frenó frente a su casa.
Damián bajó.
Traje negro. Corbata negra. Zapatos brillando. Pelo peinado. Serio como siempre. Pero hoy había algo diferente en sus ojos.
"Sube" ordenó. Abriéndole la puerta.
Catalina se subió temblando. Olía a perfume caro. "¿A dónde vamos, Damián?"
"A mi empresa." Dijo él, abrochándose el cinturón. "Tengo una oferta para ti."
"¿Una oferta?"
"Ya vas a ver."
El auto arrancó. Catalina miraba por la ventana. Quilmes se fue quedando atrás. Entraron a Capital. Edificios grandes. Gente apurada.
20 minutos después frenaron frente a un edificio gigante de vidrio. De esos que tocan el cielo.
En la entrada decía con letras doradas: "CATA INVERSIONES"
Catalina se mareó. Le costaba respirar. "Yo... yo Damián... yo no sé trabajar en oficinas. Yo solo sé cocinar tamplin."
Damián se bajó y le abrió la puerta. "Confía en mí."
Entraron.
El piso era de mármol blanco que brillaba. Había gente con traje corriendo para todos lados. Computadoras. Teléfonos sonando. Aire acondicionado frío.
Una secretaria los vio y se paró. "Señor Damián, la sala 20 está lista."
"Gracias."
Subieron en un ascensor de vidrio. Piso 20.
La oficina de Damián era enorme. Ventanales de punta a punta. Se veía toda la ciudad. Un escritorio gigante de madera. Sillas de cuero.
Damián cerró la puerta. Se sacó el saco y lo tiró en una silla.
"Siéntate." Dijo, señalando un sillón.
Catalina se sentó en la punta. Con miedo de ensuciar.
Damián se quedó parado frente a la ventana. De espaldas.
"Necesito una cocinera." Dijo de repente. "Para mi casa. Y para los eventos de la empresa. Desayunos, almuerzos, cenas con clientes."
Catalina se quedó callada.
"El sueldo son 80 mil pesos por mes." Siguió. "Más viáticos. Más obra social. Más aguinaldo. Horario de 8 am a 6 pm. Lunes a viernes. Los fines de semana si hay evento se paga aparte."
Catalina se tapó la boca con las dos manos.
¿80 mil?
Ella ganaba 15 mil vendiendo tamplin. Y a veces ni eso.
"¿80 mil?" susurró.
"80 mil." Damián se dio vuelta. La miró serio. "¿Aceptas?"
Catalina no podía hablar. Tenía un nudo en la garganta. "¿Por... por qué yo, Damián? Hay miles de cocineras mejores..."
Damián caminó hasta su escritorio. Agarró una carpeta. "Porque cocinas el mejor tamplin que probé en mi vida. Y porque..." dudó medio segundo. "Y porque confío en ti. No me robarías. No me mentirías."
Catalina sintió que se le quebraba algo adentro.
Nadie había confiado en ella así. Nunca.
Se levantó. Las piernas le temblaban. "Acepto. Acepto Damián. Gracias. Gracias por la oportunidad."
"Bien." Damián asintió. Como si fuera obvio. "Empiezas mañana. Te paso a buscar 8 am por tu casa. Trae ropa cómoda. Vas a estar en la cocina."
"¿Mañana? ¿Tan rápido?"
"Si no empiezas mañana, ¿cuándo?" Levantó una ceja.
Catalina se rió. Nerviosa. "Tiene razón."
Damián rodeó el escritorio y le extendió la mano. "Bienvenida a Cata Inversiones, Catalina."
Ella le dio la mano. La mano de él era grande. Cálida. Fuerte.
"Gracias." Dijo otra vez. "No lo voy a defraudar."
"Lo sé."
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En el auto de vuelta, Catalina no paraba de mirar por la ventana.
"¿Estás bien?" preguntó Damián.
"Sí. Es que... 80 mil. Puedo comprarle mejor insulina a mi mamá. Puedo arreglar el techo. Puedo..."
"Shhh." La cortó. "Ya. Piensa en eso mañana."
La dejó en su casa.
"8 am en punto." Dijo antes de irse. "No llegues tarde."
"No voy a llegar tarde."
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Esa noche Catalina no durmió.
Lloró. De felicidad. De nervios. De miedo.
Damián le había dado un trabajo. Un sueldo fijo. Obra social. Un futuro.
Y lo peor: le había dado su confianza.
Se metió en la cama con el saco de Damián y pensó:
Primero fue un saco.
Después fueron mensajes.
Después fue plata para el alquiler.
Después fue comida.
Después fue ir a mi casa.
Ahora es un trabajo.
¿Hasta dónde va a llegar Damián?
Y más importante: ¿hasta dónde voy a dejar que llegue?
**FIN CAPÍTULO 9**