Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.
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Capítulo 9: Desafiando las Sombras
El nombramiento de Caitlyn como la niñera oficial de lady Diana no requirió de un contrato firmado con tinta elegante ni del beneplácito formal del señor de la casa; se impuso por la pura fuerza de su determinación. Mientras las demás sirvientas continuaban moviéndose por los pisos inferiores como espectros asustados, temiendo que el crujido de una madera desatara los demonios del ala oeste, Caitlyn se adueñó de las estancias superiores con la seguridad de quien reclama un territorio propio. Instaló sus pertenencias en una pequeña pero luminosa habitación contigua a la guardería de la bebé y, desde el primer amanecer, su presencia se convirtió en una revolución silenciosa que comenzó a erosionar los cimientos de la decadencia que asfixiaba a Blackwood.
El cambio no solo fue de actitud, sino profundamente sensorial. Caitlyn portaba su cuerpo maduro, generoso y lleno de curvas voluptuosas con una gracia y una energía que desafiaban la inercia mortecina de la mansión. Su silueta curvy, lejos de ocultarse en ropajes oscuros para mimetizarse con el entorno, se vestía ahora con trajes de diario que, aunque sencillos y aptos para el cuidado de una niña pequeña, abrazaban sus formas rotundas con orgullo. Esa mañana vestía un corpiño de lino grueso de un color amarillo pálido que realzaba el matiz tostado de su piel y una falda de percal con pliegues abundantes que marcaban con nitidez el nacimiento de sus caderas anchas y seguras. Al caminar, el rozar de la tela contra sus muslos fuertes creaba un compás rítmico, un sonido de vida que sustituía el silencio fúnebre de los pasillos.
Pero el cambio más definitivo fue el aroma. Caitlyn rechazaba por completo los perfumes rancios de la capital o el olor a encierro del ala principal; ella traía consigo el perfume de los campos abiertos, un aroma frutal y dulce, a manzanas maduras, vainilla silvestre y rosetas silvestres lavadas por la lluvia. Cada vez que cruzaba una estancia, esa fragancia cálida y reconfortante se quedaba flotando en el aire, impregnando las maderas antiguas, las alfombras desgastadas y los rincones oscuros de los pasillos secundarios, como un aviso de que la primavera se negaba a morir.
Después de alimentar a la pequeña Diana y verla sonreír mientras jugaba con el prendedor de mariposa de plata que Caitlyn había colgado de manera segura cerca de su cuna, la joven niñera decidió que era momento de librar la primera gran batalla contra la oscuridad del castillo.
Descendió al piso noble, donde se encontraban los grandes salones de recepción y el pasillo que conducía al ala oeste. El aire allí seguía siendo denso, frío y opresivo. Las inmensas cortinas de terciopelo granate y verde oliva, pesadas por el polvo acumulado de tres años de reclusión, colgaban como sudarios sobre las altas ventanas arqueadas, bloqueando por completo la luz del sol de julio que intentaba, en vano, entibiar la piedra gris de la fachada exterior.
Caitlyn se plantó en medio del gran salón de los espejos. Miró la penumbra, apretó los labios con una mueca decidida que acentuó sus hoyuelos y se dirigió directamente hacia la primera ventana. Los cordones de seda dorada que sujetaban los cortinajes estaban enredados y tiesos por el desuso. Con sus manos largas y fuertes, libres de la debilidad de las damas de alcurnia, tiró de ellos con firmeza. El polvo acumulado cayó en una pequeña nube gris que la hizo estornudar, pero ella no se detuvo. Apoyó sus caderas seguras contra el alféizar de mármol, tomó la pesada tela de terciopelo con ambos brazos y, con un movimiento enérgico y majestuoso, abrió la cortina de par en par.
Un torrente de luz dorada, cruda y brillante, irrumpió en el salón. El sol golpeó el suelo de madera encerada, revelando de inmediato las partículas de polvo que flotaban en el aire y la opacidad de los espejos con marcos dorados.
—Una menos —murmuró Caitlyn para sí misma, con una sonrisa de triunfo iluminando su rostro lleno de vida.
Caminó hacia la segunda ventana, y luego hacia la tercera, repitiendo el proceso con una coreografía fluida. Con cada cortina que abría, la mansión parecía soltar un suspiro contenido, despojándose de su piel de fantasma. La luz comenzó a avanzar como un ejército pacífico, barriendo las sombras del pasillo principal y dirigiéndose inexorablemente hacia la puerta entornada del ala oeste.
Fue al abrir la quinta ventana, justo la que colindaba con los aposentos privados de la Bestia, cuando el castillo tembló.
—¡¿Quién se atreve?! —un rugido estentóreo, colérico y cargado de una frustración salvaje resonó desde el final del pasillo.
El sonido de unas botas pesadas golpeando el suelo con violencia anunció la llegada de Alexander. El eco de sus pasos era desordenado, a diferencia de la marcha rítmica de su juventud; era el andar de un animal acorralado que acude a defender su guarida.
Alexander apareció en el umbral del salón de los espejos, y la luz del sol lo golpeó de lleno en el rostro por primera vez en meses. El joven heredero retrocedió un paso por puro instinto, levantando un brazo de manera tosca para protegerse los ojos inyectados en sangre. Su aspecto seguía siendo el de una bestia herida: la barba castaña, espesa y descuidada, le cubría la mandíbula; su cabello rebelde caía en mechones desordenados sobre su frente, y la camisa blanca, arrugada y sin abotonar adecuadamente, mostraba el vigor tenso de su pecho. La luz del día no hacía más que acentuar la belleza trágica de sus facciones perfectas, ahora endurecidas por el dolor crónico y la amargura.
—¡Cierre esas malditas cortinas! —rugió Alexander, dando un paso hacia ella, con los puños apretados a los lados de su cuerpo imponente. Su voz áspera raspó las paredes del salón—. ¡He dado órdenes estrictas de que esta casa permanezca a oscuras! ¡¿Quién te crees que eres para desobedecer mi ley en mi propia casa?!
Caitlyn se dio la vuelta despacio, sin soltar la tela de la última cortina que sostenía entre sus manos. Su silueta curvy quedó perfectamente recortada contra el inmenso ventanal, bañada por un halo de luz solar que hacía brillar sus rizos oscuros como si tuvieran hilos de fuego. Su rostro no mostraba el menor indicio de sometimiento; al contrario, sus ojos oscuros miraron directamente a los ojos claros y furiosos del amo con una fijeza nítida, casi magnética.
—Soy Caitlyn, señor Alexander. La niñera oficial de su hija —respondió ella, y su voz, redonda, firme y melódica, cortó el aire como un bálsamo fresca—. Y no voy a cerrar las cortinas. Esta casa no es una tumba, por mucho que usted se empeñe en habitarla como si estuviera muerto. Lady Diana necesita la luz del sol para crecer sana, y el personal necesita ver por dónde camina para no romper lo poco que queda en pie.
Alexander dio tres pasos rápidos hacia ella, deteniéndose a escasos centímetros. Su enorme y tosca presencia física intentó intimidarla, eclipsando la luz que entraba por la ventana. El calor que emanaba de su cuerpo enojado era palpable, pero al acortar la distancia, el rugido que se formaba en su garganta se congeló por completo.
A esa distancia tan íntima, el perfume de Caitlyn lo envolvió sin pedir permiso. El aroma dulce de las manzanas frescas y la calidez de la vainilla penetraron en los sentidos de Alexander, golpeando su mente como un recuerdo olvidado de los días en que el mundo era amable. Era una fragancia viva, rotundamente femenina y reconfortante que contrastaba de manera violenta con el olor a alcohol y ceniza que él exhalaba. Sus ojos azul grisáceo recorrieron con una confusión nítida las facciones de la hermosa mujer de curvas majestuosas que se plantaba ante él, rehusando temblar ante sus sombras.
—Te... te ordené que te fueras de Blackwood —siseó Alexander, aunque la rudeza de su voz flaqueó por un instante, perdiéndose en la fijeza de la mirada de Caitlyn.
—Y yo le dije que no me voy a ir —replicó ella en un susurro valiente, manteniendo la barbilla en alto, permitiendo que la cercanía de sus pechos firmes rozara casi el lino de la camisa de él—. La bestia puede rugir todo lo que quiera, pero el torbellino ha venido para quedarse. Y la luz va a entrar en este castillo, le guste o no.
Alexander apretó los dientes, sosteniendo la mirada inquebrantable de la joven durante unos segundos que parecieron eternos, antes de dar una vuelta violenta sobre sus talones y regresar hacia la oscuridad de su ala oeste, derrotado por primera vez por la luz y el aroma de la mujer que se negaba a dejarlo morir en vida.