El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.
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Capítulo 23
Capítulo 23 — Desahógate
—A ver, repíteme eso. ¿Que te dio una cachetada?
Xime dejó el tenedor en el plato de un golpe. Estábamos en la fonda de junto a la facultad, la de doña Lupe, con dos comidas corridas enfriándose enfrente y un refresco cada una, porque yo había vuelto a clases el lunes y ella no me había soltado desde entonces.
—No es lo que crees —dije.
—Es exactamente lo que creo, Dali. Un hombre te pegó. No hay dos maneras de contarlo.
—Yo le dije que me había acostado con un tipo. Le aventé un condón a la cara. Le dije cosas horribles.
—Y él te pegó —dijo Xime, sin ceder—. Tú lo provocaste, sí. Y él pudo gritarte, aventar una silla, salirse. Escogió pegarte. Eso es de él, no tuyo. Que te quede claro para toda la vida, comadre: no hay lengua tan filosa que se arregle con una mano.
Me quedé callada. Se me hizo un nudo. Porque una parte de mí quería defenderlo, contarle la cara que había puesto, cómo se había quedado mirándose la mano, cómo se le había quebrado la voz. Y otra parte sabía que Xime tenía razón, y que las dos cosas podían ser ciertas al mismo tiempo sin cancelarse.
—Se puso blanco —dije bajito—. Se arrodilló a pedirme perdón. Xime, nunca lo había visto así. Yo creo que se hizo más daño él que a mí.
—Ay, Dali. —Suspiró y me tomó la mano por encima de la mesa—. Óyeme. Que le duela no lo vuelve bueno. Y que te haya dado no lo vuelve un monstruo. Es un hombre que la regó feo en una noche horrible. Lo que hagas con eso es cosa tuya. Pero no me lo vas a pintar de romántico, ¿eh? Ni tú a mí ni tú a ti.
Se me salieron las lágrimas ahí, encima de la comida corrida, en plena fonda, con doña Lupe pasando con una jarra de agua de jamaica y haciéndose la que no veía. Y por primera vez en meses las dejé salir todas. No como las noches del antro, que lloraba de rabia y de alcohol. Estas eran otras. Le conté todo. La mujer de los tacones, la camisa, las dos copas. La residencia. El Bicho. Los cuartos a los que me metí sin importarme si salía. Lo que Max me había dicho de madrugada, lo de que nunca hubo nadie, lo de que me había estado esperando sin saberlo.
Xime me dejó vaciarme entera. No me interrumpió. Cuando acabé, me pasó una servilleta de papel y me dijo lo que solo una amiga de verdad te dice sin miedo a que la odies.
—¿Tú sabes qué estabas haciendo estos meses? —dijo—. No te estabas divirtiendo. Te estabas castigando. Por atreverte a quererlo. Como si fuera un pecado quererlo y tú tuvieras que pagarlo hundiéndote. Y por poco te llevas por delante, Dali. Por poco te pasa algo de lo que ya no se regresa. Por un hombre que ni siquiera te había engañado.
—Ya sé —dije.
—No, no sabes. —Se le llenaron los ojos a ella también—. Yo te marcaba y no me contestabas. Te mandé mensajes que ni abrías. Fui a la residencia y me cerraste la puerta en la cara, ¿te acuerdas? Me dijiste que te dejara en paz. Yo me iba a mi casa llorando pensando que un día me iban a hablar para decirme que a mi mejor amiga la encontraron en una zanja. ¿Tú crees que eso se le hace a la gente que te quiere?
Bajé la cabeza. No tenía con qué defenderme, porque tenía razón.
—Perdóname —le dije—. A ti sí te debo un perdón. De verdad.
—Ya, ya. —Me limpió un lagrimón con el pulgar, brusca, como hacía siempre que se ponía sentimental y no quería que se notara—. Con que no lo vuelvas a hacer. Y con que me invites el flan.
—Ya sé —dije otra vez, pero ahora en serio, sintiéndolo hasta los huesos—. Ya sé, Xime.
—Entonces ya. —Me apretó la mano—. Se acabó el antro. Se acabó el Bicho y toda esa bola de malandros. Se acabó tomar hasta no acordarte de tu nombre. Tú vales demasiado para andar tirándote a la basura por castigo. Si vas a pelear por ese señor, o contra ese señor, o lo que sea que vayas a hacer, lo peleas con la cara en alto y sobria. Con tu carrera. Con tu gente alrededor. No desde el piso.
La miré. Y sentí algo asentarse dentro de mí, algo que llevaba meses suelto y dando tumbos. Tenía razón. Toda la razón.
—Con la cara en alto —repetí.
—Con la cara en alto, comadre. Y de aquí no te me sueltas.
Nos quedamos un rato así, agarradas de la mano encima de dos platos fríos, y luego nos reímos de lo cursis que estábamos y pedimos un flan para compartir. Le conté que iba a ponerme al corriente con las materias que había reprobado, que iba a hablar con la coordinadora, que a lo mejor hasta metía la solicitud para el taller de fisioterapia que tanto me llamaba. Xime aplaudió como foca. Me habló de un tal Chente, el mismo que me había sacado del antro, que según ella "estaba guapo el condenado, para ser el chofer del señor ese", y yo le dije que era mucho más que un chofer y que se le veía en la cara que le andaba coqueteando, y ella se puso roja y me aventó una servilleta.
Por primera vez en mucho tiempo, me reí de verdad.
Fue entonces cuando el celular vibró encima de la mesa. La pantalla se prendió y ahí estaba, en letras que me pusieron el corazón a mil: Max.
Me quedé mirándolo sin agarrarlo. No sabía qué decirle. No sabíamos, ninguno de los dos, qué éramos ahora, después de todo.
Xime, más rápida que yo, estiró la mano y me arrebató el teléfono antes de que yo decidiera nada. Lo sostuvo en alto, fuera de mi alcance, con una sonrisa pícara de oreja a oreja.
—Contéstale, comadre —dijo, moviendo las cejas—. Pero hazte la difícil.