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La Maldición Del Cielo

La Maldición Del Cielo

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Época / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias

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La Soledad de la Alta Espira

​Para reducir el impacto de sus crisis en la capital, Manuel estableció su residencia en la Torre del Firmamento, la aguja más elevada de la Fortaleza de la Cumbre.

​Allí organizó una rutina estricta. Para encauzar el exceso de tensión y evitar que la rabia se convirtiera en rayos destructivos, entrenaba dos horas diarias con el maestro de armas Elessar. El chocar de las espadas de entrenamiento resonaba en el patio de la torre; los sirvientes sabían que durante esas sesiones solo debían preocuparse por ráfagas de viento seco pero inofensivas.

​Pasaba largas horas en la biblioteca, consultando tratados de botánica, textos de filosofía y los anales de la Casa Vaelor. Escribía en diarios personales donde intentaba examinar la evolución de sus emociones, buscando en documentos antiguos alguna vía para mitigar la maldición sin recurrir a la extirpación del afecto que había destruído a su padre.

​En sus aposentos no había un solo espejo. Manuel no soportaba su propio reflejo; le desagradaba observar cómo sus ojos cambiaban de tonalidad, recordándole que su mente afectaba al mundo exterior.

​Los únicos asistentes autorizados a ingresar en sus estancias eran sirvientes seleccionados por el anciano mayordomo Caelen. Todos compartían una serenidad notable, voces pausadas y una capacidad demostrada para mantener la calma ante cualquier imprevisto.

​—Su Majestad debería tomar un poco de caldo caliente —dijo Caelen, dejando una bandeja sobre la mesa de trabajo mientras el viento silbaba suavemente en la chimenea.

​—No tengo apetito, Caelen. Siento una opresión constante en el pecho —respondió Manuel, contemplando las nubes desde el ventanal.

​—La opresión cederá si tomáis algo de alimento, Sire —comentó Caelen con actitud serena—. La ciudad está resguardada. Hoy se reforzaron las cubiertas de la plaza. Estamos preparados.

​A pesar del cuidado de Caelen, el aislamiento mella la salud del soberano. Su tez lucía pálida, registraba ojeras pronunciadas y mostraba leves temblores nerviosos en las manos. Anhelaba la cercanía de una presencia afectiva sincera: un gesto desinteresado o una voz que no denotara el temor a desencadenar una tormenta.

​La particularidad climática de Eldamar y la soltería del rey se convirtieron en el foco de atención de las casas nobles y de los reinos vecinos. En las cancillerías continentales solía decirse: "Quien logre ganarse la devoción del rey Vaelor, controlará los cielos de la región".

​A lo largo de los años, diversas familias aristocráticas presentaron candidatas al matrimonio. Se celebraban recepciones en el Gran Salón de la fortaleza, donde las damas lucían vestimentas ostentosas y ensayaban ademanes estudiados.

​Sin embargo, la maldición confería a Manuel un efecto secundario: una acentuada percepción intuitiva que le permitía advertir las intenciones subyacentes tras las palabras y gestos de sus interlocutores.

​Durante una de esas reuniones, la duquesa Aurelia, de la Casa Vaelis, se aproximó al trono con una reverencia pulida.

​—Majestad —expresó Aurelia con tono pausado—. Es un privilegio contemplar la compostura de vuestra figura. Se dice que sois un rey distante, pero yo solo percibo a un hombre reflexivo que requiere la lealtad de una compañera para serenar sus cielos.

​Manuel la observó fijamente. Tras la cortesía del discurso, el joven no percibió afecto genuino, sino la frialdad del cálculo político, el interés por las concesiones mineras del norte y un disimulado rechazo hacia sus altibajos emocionales. La falsedad del diálogo le produjo una profunda aversión.

​De inmediato, el ambiente en el salón cambió de forma drástica. Las copas de cristal sobre las mesas comenzaron a cubrirse de una capa fina de escarcha. Una corriente de aire gélido recorrió la sala, apagando los candelabros. Los músicos detuvieron su interpretación al sentir las manos entumecidas.

​—Majestad... ¿ocurre algo? —titubeó Aurelia, dando un paso atrás al notar cómo su aliento se transformaba en vapor.

​—Faltáis a la verdad, milady —dijo Manuel con voz pausada pero distante—. No veis a un hombre; veis una vía para acrecentar la influencia de vuestra casa. Y vuestra ambición es más gélida que el peor de mis inviernos.

​La reunión concluyó precipitadamente. Las damas abandonaron el palacio con los peinados deslucidos por ráfagas de aire helado y los caballeros apresuraron el paso al ver la nieve que comenzaba a acumularse en los patios. Manuel se retiró a la Torre del Firmamento, apesadumbrado por la falta de sinceridad en el entorno cortesano.

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