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Mi Amante Millonario

Mi Amante Millonario

Status: En proceso
Genre:Amante arrepentido / Amor eterno / Amor prohibido
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Margalo

Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...

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Capitulo 9: Una dura partida

Cerraron la puerta despacio, como si el peso de las palabras de Marco se hubiera quedado pegado al marco, y arrastraron las maletas de vuelta al salón, dejándolas apoyadas contra la pared. Elisa se sentó en el borde del sofá, cruzó los brazos sobre el pecho y miró al suelo, mientras Luis caminaba de un lado a otro de la habitación, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, sin saber muy bien por dónde empezar. El silencio se alargó varios minutos, roto solo por el sonido de sus propios pasos y el viento que golpeaba suavemente los cristales de la ventana.

—Elisa… —empezó él por fin, deteniéndose frente a ella y agachándose un poco para mirarla a los ojos—. Sé que esto nos ha tomado por sorpresa, que parece algo fuera de lugar, pero piénsalo bien. Es una oportunidad que no se le presenta a nadie en la vida. Ni siquiera en cien años podríamos conseguir algo así por nuestra cuenta.

Ella levantó la vista, y sus ojos estaban nublados de resistencia y de algo más que no se atrevía a decir en voz alta.

—No quiero, Luis —dijo con firmeza, sin rodeos—. No quiero trabajar para él. No me siento cómoda, no sé nada de ese tipo de puestos, y además… me parece demasiado extraño que de repente se le ocurra esto justo ahora que nos íbamos. No tiene sentido.

—¿Sentido? —repitió él, y se sentó a su lado, tomándole la mano entre las suyas—. Claro que lo tiene. Dijo que vio en ti capacidad, discreción, inteligencia. ¿Por qué nos cuesta tanto creer que alguien más se dé cuenta de lo maravillosa que eres? Tú siempre has sabido organizar todo, siempre tienes las palabras justas, te desenvuelves con cualquiera. Eres mucho más lista y capaz que muchas personas que llevan años en cargos importantes. ¿Por qué vas a ponerte límites tú misma?

—No es por límites —replicó ella, soltando su mano con un gesto brusco que le sorprendió incluso a ella misma—. Es porque no quiero. ¿No lo entiendes? No quiero estar cerca de él todos los días, no quiero ser su secretaria, no quiero que nos metamos en esto que no sabemos ni dónde nos va a llevar. Preferiría mil veces irnos a la otra ciudad, empezar de cero, lejos de aquí.

Luis frunció el ceño, y por primera vez se le notó un poco de impaciencia en el rostro.

—¿Pero por qué te opones tanto sin darte siquiera la oportunidad de pensarlo? —preguntó—. Mira lo que nos ofrecen: no tenemos que mudarnos lejos de nuestra familia, de nuestros amigos. Yo voy a ganar mucho más de lo que soñé, tú tendrás tu propio sueldo, tu propio reconocimiento. Viviremos en una casa preciosa, sin preocupaciones económicas, sin tener que mirar el precio de las cosas antes de comprarlas. ¿De verdad prefieres dejar todo eso atrás solo por un mal presentimiento?

—No es un mal presentimiento —murmuró ella, bajando la mirada—. Es que… no quiero.

Y en su cabeza, mientras se lo decía, la rabia le iba subiendo poco a poco, quemándole por dentro. Se enfadaba con Luis por ser tan ingenuo, por no ver más allá de las cifras y los beneficios, por creer que todo lo que venía de Marco era pura generosidad sin segundas intenciones. Se enfadaba consigo misma por haber llegado a este punto, por haber puesto a su esposo en esa situación, por tener que ocultar la verdad mientras él hablaba con tanta ilusión de aceptar lo que venía del hombre que había sido su amante. Y se enfadaba con Marco, más que con nadie: por aparecer justo cuando creía que se había librado, por tenderle una trampa tan bonita y tan difícil de rechazar, por jugar con sus vidas como si fueran fichas en un tablero, seguro de que siempre ganaría.

—Elisa, por favor —insistió él, bajando la voz y volviendo a tomarle la mano con más suavidad—. No seas así. No cierres los ojos a lo bueno que nos está pasando. Hemos trabajado mucho, hemos esperado mucho tiempo para tener estabilidad. No podemos dejar pasar esto. Nadie nos dará nunca condiciones tan buenas.

—¿Y si no me sale bien? —preguntó ella, con la voz quebrada—. ¿Y si no sirvo para el puesto y todo se nos vuelve en contra?

—No va a pasar —le aseguró él con total convicción—. Si él te eligió a ti, es porque sabe que puedes hacerlo. Y además, estarás ahí para aprender. Si algo no te gusta, si te sientes mal, lo hablamos. Pero no te niegues antes de probar.

Siguieron hablando durante horas. Luis le explicó una y otra vez cada detalle de la oferta, le recordó lo difícil que era empezar de nuevo en un lugar desconocido, le dijo que si se quedaban podrían seguir viendo a sus padres cada fin de semana, que no tendrían que dejar el pequeño jardín que tanto le gustaba a ella. Poco a poco, la resistencia de Elisa se iba desvaneciendo, agotada por el cansancio y por la imposibilidad de explicar la verdadera razón de su negativa.

Entonces Luis se acercó más, le puso una mano en la mejilla y le habló con una ternura que le partió el alma:

—Mira… hagamos un trato. Acepta solo por un año. Solo doce meses. Si en ese tiempo no te sientes bien, si no te gusta, si quieres irnos, lo dejamos todo y nos vamos sin decir una palabra más. Yo me encargo de arreglarlo con la empresa, no te preocupes. Pero piensa en lo que podemos lograr en ese tiempo. Con lo que ganemos los dos, en un año tendremos ahorrado lo suficiente para comprar la casa que siempre quisimos, esa con habitaciones amplias y un patio grande donde los niños puedan correr y jugar.

Elisa levantó la vista de golpe, y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Los niños? —susurró.

—Sí —asintió él, sonriendo con esa ilusión que le iluminaba todo el rostro—. Tú siempre has querido ser mamá, yo siempre he querido ser papá. Pero quería esperar a que tuviéramos la vida lo suficientemente estable para darles todo lo que se merecen. Con esto, en un año ya tendremos todo listo: una casa hermosa, dinero suficiente para cubrir lo que haga falta, seguridad para siempre. Ya no tendremos que esperar más. Podremos empezar nuestra familia, Elisa. Tendremos los hijos que tanto deseamos.

Esas palabras le atravesaron el corazón. Era lo que más quería en el mundo, lo que había imaginado cientos de veces desde que eran novios: tener un hijo con Luis, construir una familia, llenar la casa de risas y de vida. Y ahora estaba ahí, al alcance de la mano, pero sujeta a esa decisión que tanto le costaba tomar. Sintió una mezcla inmensa de emoción y de una tristeza profunda, como si estuviera firmando un pacto con lo que más le pesaba, pero sin poder resistirse al sueño que tenía delante.

Respiró hondo, limpió una lágrima que se le había escapado por la mejilla, y asintió muy despacio.

—Está bien —dijo con voz baja y resignada—. Aceptaré el empleo. Pero solo por un año, Luis. Ni un día más. Pasado ese tiempo, nos vamos donde queramos, sin preguntas.

—Solo un año —prometió él, abrazándola con fuerza—. Gracias, mi amor. No te vas a arrepentir. Verás que todo saldrá perfecto.

Elisa se dejó abrazar, apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos. Sabía que estaba metiéndose en un camino lleno de peligros y de recuerdos, que tendría que ver a Marco cada día, que tendría que fingir que nada había pasado, que nada le dolía. Pero la promesa de esa familia, de esa vida tranquila que tanto anhelaba, era más fuerte que su miedo. Y así, con el corazón encogido y una tristeza que no se atrevía a compartir, aceptó el trato que le había puesto el destino.

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