Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
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capitulo 9
—Así que usted es la famosa Lady Evelyn.
La voz vino de un hombre joven, de cabello castaño y sonrisa traviesa, que se acercó hasta donde Kael y yo conversábamos después del incidente con Lady Diana. Había algo en su porte, una versión más relajada y menos imponente de la formalidad regia que ya asociaba con Kael, que me hizo sospechar de inmediato quién era.
—Erick, supongo —dije, extendiendo la mano.
—El mismo —confirmó él, tomándola con una reverencia exagerada que claramente buscaba burlarse del protocolo más que cumplirlo—. Tenía que conocer en persona a la mujer que dejó a mi primo hablando solo frente a todo su consejo.
—No empieces —masculló Kael a mi lado.
—¿Empezar? —repitió Erick, con una sonrisa que se ensanchaba por momentos—. Llevo tres días esperando esta oportunidad. Modric me contó todo, con lujo de detalle, debo admitir.
—Modric exagera —dijo Kael.
—Modric subestima —corregí yo—. La realidad fue todavía más satisfactoria.
Erick soltó una carcajada que llamó la atención de varios invitados cercanos.
—Me agrada —declaró, señalándome con un dedo mientras seguía riendo—. Me agrada muchísimo. Por fin alguien que no tiembla cada vez que mi primo frunce el ceño.
—No tiemblo porque no le temo —respondí—. Su ceño fruncido es prácticamente su expresión por defecto. Ya me acostumbré.
—Cierto, cierto —asintió Erick, todavía sonriendo—. Es bastante gruñón, ¿verdad? Lleva así desde que tenía doce años. Yo creo que nació con esa expresión.
—Sigo aquí —interrumpió Kael, con los brazos cruzados y una expresión que confirmaba exactamente lo que Erick acababa de decir.
—Lo sé —respondió Erick, sin inmutarse—. Pero también sé que puedes soportar un poco de honestidad, primo. Te hace bien de vez en cuando.
—No lo soporto, simplemente no tengo energía para discutir contigo en medio de un baile.
—Esa es la actitud correcta —dije, asintiendo con aprobación—. A veces es mejor dejarnos hablar y ahorrar energía.
—¿"Nos"? —repitió Kael, mirándome con una ceja levantada.
—Erick y yo, claramente —respondí, como si fuera obvio—. Creo que vamos a llevarnos bien.
—Eso me preocupa profundamente —dijo Kael, aunque algo en su tono sonaba más resignado que genuinamente molesto.
Erick, mientras tanto, parecía estar disfrutando cada segundo de la conversación con un entusiasmo casi infantil.
—Cuénteme, Lady Evelyn —dijo, inclinándose ligeramente como quien comparte un secreto—, ¿es cierto que también le dijo que era irrespetuosa el primer día que se conocieron?
—Algo así —confirmé—. Justo después de que él mismo admitiera, sin que nadie se lo preguntara, que sabía que era hermoso.
—Ay, por todos los dioses —dijo Erick, llevándose una mano a la cara—. Eso es tan típico de él. Lleva diciendo eso desde que tenía dieciséis años. Una vez le dijo lo mismo a un espejo roto, pensando que todavía reflejaba bien.
—Eso no sucedió —dijo Kael, con voz tensa.
—Sucedió exactamente así —insistió Erick—. Yo estaba presente.
—Suena exactamente al tipo de cosa que él haría —comenté, mirando a Kael con una sonrisa que no intentaba disimular en lo absoluto.
—Definitivamente —concordó Erick—. Y no se imagina lo insufrible que es cuando gana cualquier competencia, por insignificante que sea. Una vez ganó una partida de ajedrez contra un niño de ocho años y se pavoneó por el palacio durante una semana entera.
—El niño tenía talento —se defendió Kael—. Fue una victoria legítima.
—El niño tenía ocho años, Kael.
—Eso no invalida mi victoria.
—¿Lo ven? —dijo Erick, dirigiéndose a mí con expresión de triunfo—. Esto es exactamente a lo que me refiero. No tiene remedio.
—Empiezo a entender por qué su corte entera le teme —comenté—. Probablemente sea más fácil temerle que discutir con él sobre victorias contra niños de ocho años.
—Exacto —confirmó Erick, chocando su copa contra el aire en mi dirección como si brindara por una verdad universal recién descubierta.
Kael, que hasta ese momento había soportado el intercambio con una paciencia sorprendentemente estoica, finalmente intervino.
—¿Se les olvida que sigo aquí? —preguntó, con un tono que mezclaba fastidio genuino con algo que sonaba peligrosamente cerca de la diversión.
—No, de hecho —respondí, sin titubear ni un segundo.
—Aun así se atreven a hablar mal de mí frente a mí.
—Pues si no es obvio —dije, encogiéndome de hombros—, no veo el punto de ser discretos al respecto.
Erick estalló en otra carcajada, esta vez tan fuerte que un par de nobles cercanos se giraron a mirar con curiosidad.
—Jajaja, Lady Evelyn, sin duda alguna nos vamos a llevar bien —declaró, secándose una lágrima de la risa—. Usted y yo, definitivamente, vamos a ser grandes amigos.
—Esto es exactamente lo que temía —murmuró Kael, frotándose el puente de la nariz con dos dedos, en ese gesto que ya empezaba a asociar directamente conmigo.
—Deberías estar agradecido —dijo Erick, dándole una palmada en el hombro a su primo—. Por fin alguien le pone los pies en la tierra a Su Majestad. Yo llevo años intentándolo solo.
—No necesito que nadie me ponga los pies en la tierra —protestó Kael.
—Claramente sí lo necesitas —dijimos Erick y yo casi al mismo tiempo, lo cual provocó que ambos nos miráramos y volviéramos a reír.
Kael nos observó a los dos, con una expresión que oscilaba entre la exasperación y algo que, sospeché, se parecía bastante a la resignación de alguien que sabía que esta alianza recién formada le iba a traer problemas durante mucho, mucho tiempo.
Estábamos todavía riendo por el comentario sobre el espejo roto cuando una nueva voz se sumó a la conversación, esta vez desde detrás de mí.
—Vaya, parece que me perdí algo bueno.
Me giré, y en cuanto vi al hombre que se acercaba, algo en mi memoria —en la memoria de la vieja Evelyn— se activó como una pequeña descarga. Cabello rubio ceniza, ojos color avellana, una sonrisa relajada y familiar que no se parecía en nada a la tensión calculada de la corte que llevaba toda la noche observando.
*Theodore.*
El nombre llegó solo, acompañado de fragmentos de recuerdos: tardes enteras estudiando juntos, risas compartidas en los jardines de la mansión Hawthorne, una amistad de toda la vida que, en algún punto que la vieja Evelyn nunca se atrevió a confesar del todo, había empezado a sentirse como algo más.
—Theo —dije, y la sonrisa que se me escapó fue completamente genuina, sin necesidad de fingir cortesía alguna—. No sabía que estarías aquí esta noche.
—¿Y perderme el baile real más comentado del año? —respondió él, con esa familiaridad cómoda de quien lleva conociéndote toda la vida—. Jamás. Además, tenía que venir a ver con mis propios ojos a la futura reina.
Se acercó y, sin pedir permiso ni esperar protocolo alguno, me dio un abrazo breve pero cálido, completamente ajeno a las reglas de la corte que yo apenas había aprendido en tres días.
—Te ves hermosa, Evelyn —dijo, separándose apenas lo suficiente para mirarme—. Como siempre.
—Tú tampoco te ves mal —respondí, genuinamente contenta de ver una cara conocida en medio de tanto protocolo y tanta gente que apenas conocía.
Fue entonces que noté el cambio en el ambiente a mi lado.
Kael, que segundos antes mantenía esa expresión de resignación divertida frente a las bromas de Erick, ahora tenía una postura completamente distinta: más rígida, más alerta, con la mandíbula apenas tensa y los ojos fijos en Theodore con una intensidad que no se molestó en disimular.
—Theo, no creo que conozcas a Su Majestad —dije, recordando de pronto el protocolo, mientras hacía las presentaciones—. Kael, él es Theodore, un amigo de toda la vida.
—Theodore Ashford, Majestad —se presentó él, con una reverencia rápida pero perfectamente correcta—. Es un honor.
—Ashford —repitió Kael, con un tono neutro que, sin embargo, no terminaba de sonar del todo neutral—. He oído el nombre antes.
—Nuestras familias son cercanas desde hace generaciones —explicó Theodore, sin notar—o quizás ignorando deliberadamente— la tensión que empezaba a formarse en el aire—. Evelyn y yo prácticamente crecimos juntos.
—Qué… conveniente —dijo Kael.
Erick, que hasta ese momento había permanecido en silencio observando la escena con una atención que no pasó desapercibida para mí, esbozó una sonrisa lenta y curiosa, como quien acaba de descubrir algo mucho más entretenido que cualquier broma sobre espejos rotos.
—Evelyn —continuó Theodore, ajeno por completo al cambio de temperatura a su alrededor—, tienes que contarme todo. ¿Cómo ha sido la adaptación? Tu madre me dijo que estuviste enferma con una fiebre terrible, que casi no despertabas.
—Fue... una experiencia interesante —respondí, eligiendo mis palabras con cuidado—. Pero ya estoy mejor, como puedes ver.
—Me alegra muchísimo —dijo él, con una sinceridad que solo alguien que te conoce de años puede transmitir—. No sabes cuánto me preocupé cuando me enteré.
—Theo siempre se preocupa demasiado —le expliqué a Kael, intentando aligerar el ambiente—. Es una de sus mejores y peores cualidades al mismo tiempo.
—Qué interesante observación —dijo Kael, con un tono que no auguraba nada bueno—. Parece conocerlo muy bien.
—Llevamos siendo amigos desde niños —respondió Theodore, sonriendo con esa calidez que claramente no captaba las señales de advertencia que Kael estaba emitiendo a través de cada gesto—. Prácticamente crecimos en el mismo jardín. ¿Verdad, Evelyn?
—Así es —confirmé, notando con creciente preocupación cómo la expresión de Kael se volvía cada vez más cerrada, casi imperceptible para cualquiera que no hubiera pasado los últimos días observándolo de cerca como yo lo había hecho.
Erick, mientras tanto, parecía estar disfrutando del espectáculo con un deleite que no se molestaba en ocultar, mirando alternadamente entre Kael y Theodore como quien observa un partido especialmente interesante.
—Bueno —dijo Theodore, finalmente notando algo en el ambiente, aunque sin identificar del todo qué era—, no quiero acaparar toda tu noche, Evelyn. Pero definitivamente tenemos que ponernos al día pronto. Hay mucho de qué hablar.
—Claro —respondí, todavía consciente de la tensión silenciosa a mi lado—. Me encantaría.
Theodore se despidió con otra sonrisa fácil, prometiendo buscarme más tarde para conversar con calma, y se alejó hacia otro grupo de invitados, completamente ajeno al hecho de que acababa de dejar detrás un ambiente considerablemente más tenso del que había encontrado.
En cuanto se alejó lo suficiente, me giré hacia Kael, que mantenía la vista fija en la dirección por donde Theodore se había ido, con una expresión que ya no intentaba disimular del todo.
—¿Pasa algo, Majestad? —pregunté, con curiosidad genuina.
—Nada en absoluto —respondió él, demasiado rápido, demasiado controlado.
Erick, a mi lado, dejó escapar una pequeña risa que intentó disimular con una tos poco convincente.
—Nada en absoluto —repitió, con un tono que claramente sugería todo lo contrario—. Por supuesto que no.
Kael le lanzó a su primo una mirada que, de haber tenido el poder real de matar, probablemente lo habría dejado en el suelo en ese instante.
Yo, por mi parte, no pude evitar sentir una curiosidad creciente sobre lo que acababa de presenciar. Porque esa expresión en el rostro de Kael, esa tensión apenas contenida, no se parecía en nada al fastidio habitual que solía dirigirme a mí.
Se parecía, sospechosamente, a algo mucho más interesante.