Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 16: Lo que el cuerpo recuerda
No recuerdo en qué momento me quedo dormida.
Solo sé que, cuando vuelvo a abrir los ojos...
ya no estoy en el Purgatorio.
El aire huele diferente. Hay una ventana abierta y las cortinas se mueven con una brisa tibia que trae el aroma de la lluvia mezclado con flores blancas. Todo resulta extrañamente familiar, como si hubiera vivido allí cientos de veces.
Estoy sentada junto a una ventana enorme con un libro abierto sobre las piernas. Paso una página. Después otra. El silencio es agradable. No pesa. Es el silencio de una casa donde dos personas ya no necesitan hablar para sentirse acompañadas.
Sonrío sin darme cuenta.
¿Por qué sonrío?
Ni siquiera entiendo qué estoy leyendo.
Solo sé que estoy feliz.
Entonces alguien me quita el libro de las manos.
—Oye.
Levanto la cabeza de inmediato. No consigo distinguir su rostro. La luz entra por la ventana y lo envuelve por completo, convirtiéndolo apenas en una silueta alta, imposible de reconocer.
Y, aun así...
no siento miedo.
Solo una confianza absurda.
Cruzo los brazos.
—Devuélvemelo.
La risa que responde hace que algo dentro de mí tiemble. Es grave, serena y tan conocida que mi pecho duele antes incluso de comprender por qué.
—Llevas dos horas leyendo.
—Precisamente por eso quiero seguir.
Él hojea el libro con evidente desinterés.
—Llevas tres páginas sin avanzar.
Frunzo el ceño.
—Eso no es cierto.
—Lo es.
—¿Me estabas vigilando?
—Observando.
—Es prácticamente lo mismo.
—No.
No puedo evitar reír.
Qué hombre tan desesperante.
Me pongo de pie e intento recuperar el libro. Él lo levanta por encima de su cabeza con una tranquilidad irritante.
—Eso es hacer trampa.
—Eso es medir casi veinte centímetros más que tú.
Resoplo.
—No me caes bien.
—Lo dices todos los días.
—Porque todos los días haces algo para merecerlo.
Vuelve a reír.
Y esa risa...
No sé por qué.
Pero siento que podría escucharla durante toda una vida.
Me pongo de puntillas.
Sigo sin alcanzar el libro.
Él niega despacio con la cabeza, como si ya conociera perfectamente cada uno de mis intentos. Después hace algo que me deja completamente inmóvil.
Con la misma naturalidad con la que alguien toma una taza de café, me rodea la cintura con un brazo y me acerca hasta él.
No hay sorpresa.
No hay vergüenza.
No hay nervios.
Mi cuerpo simplemente acepta aquel abrazo como si perteneciera allí desde siempre.
Apoyo la espalda contra su pecho y dejo escapar un suspiro. Por primera vez desde que comenzó el sueño siento una paz tan inmensa que casi me hace llorar.
Escucho el latido tranquilo de su corazón.
Lento.
Constante.
Seguro.
Cierro los ojos.
Podría quedarme así para siempre.
—¿Ya terminaste de secuestrar mi libro?
—Todavía no.
Su voz vibra muy cerca de mi oído. Hay una sonrisa escondida en esas palabras. Lo sé sin necesidad de verlo.
Levanto una mano e intento recuperar el libro una vez más. Él vuelve a reír. Después baja el brazo y deja el libro sobre la mesa.
—¿Ves? No era tan difícil.
—Nunca fue el libro.
Frunzo el ceño.
—¿Entonces?
Siento cómo apoya apenas la barbilla sobre mi cabeza.
—Necesitabas descansar.
Permanezco en silencio. No porque no tenga qué responder, sino porque descubro que tiene razón.
Estoy cansada.
Muy cansada.
Y, por alguna razón, solo junto a él siento que puedo dejar de ser fuerte.
Su mano encuentra la mía. Entrelaza nuestros dedos con una naturalidad que no necesita permiso, como si ese gesto hubiera ocurrido miles de veces antes.
Miro nuestras manos.
Encajan.
Perfectamente.
Mi corazón late un poco más deprisa.
—¿En qué piensas?
Sonrío.
—En que eres muy mandón.
—Y tú muy terca.
—Eso también lo dices siempre.
—Porque también es verdad.
Le doy un pequeño codazo. Él ni siquiera se mueve.
—Eres insoportable.
—Y, aun así, sigues aquí.
No sé qué responder.
Porque también eso es cierto.
El viento vuelve a entrar por la ventana y las hojas del libro pasan solas. El mundo parece suspendido. No existe nada más.
Ni guerras.
Ni reinos.
Ni dioses.
Solo aquel instante.
Él se inclina apenas...
Siento un beso sobre mi cabello. Después otro en la frente, tan suave que casi podría convencerme de que lo imaginé.
Sin embargo, todo mi cuerpo reacciona. No con deseo, sino con una sensación de hogar. Como si aquel lugar fuera exactamente donde siempre debí estar.
Entonces él suspira. Es un suspiro extraño, triste, como si estuviera intentando memorizar aquel instante antes de perderlo.
—¿Sabes qué es lo único que me da miedo?
Niego despacio.
Sus brazos me rodean un poco más. No para retenerme, sino para protegerme. Su voz se convierte en un murmullo.
—Cuando vuelvas a olvidarme...
Hace una breve pausa. Puedo sentir cómo su corazón se acelera apenas durante un instante.
—...volveré a enamorarte.
El tiempo parece detenerse.
No entiendo esas palabras y, sin embargo, mi pecho se rompe como si acabara de escuchar la promesa más importante de mi vida.
Quiero girarme. Quiero verlo. Quiero recordar su rostro.
Levanto lentamente la cabeza, pero la luz comienza a cubrirlo todo. La habitación desaparece a mi alrededor e intento sujetar su mano. Mis dedos solo alcanzan el vacío.
—Espera...
No te vayas...
Abro los ojos de golpe.
Estoy otra vez en mi habitación. La ventana permanece cerrada. No hay libros. No hay flores. No hay nadie abrazándome.
Solo estoy yo.
Y un dolor insoportable instalado en el centro del pecho.
Me llevo una mano a la frente. Todavía puedo sentir el lugar donde aquel beso descansó hace apenas unos segundos.
Las lágrimas empiezan a caer sin que consiga detenerlas. No sé quién era ese hombre. No sé si aquel momento ocurrió de verdad.
Pero una parte de mí, la más antigua, la más silenciosa, la que ni siquiera la muerte consiguió borrar, acaba de reconocerlo antes que mi memoria.
Y eso es lo que más miedo me da.