Una historia sobre las cicatrices del pasado, las decisiones imposibles y la dolorosa lección de que, a veces, incluso el amor más intenso necesita ser Cuestión de tiempo.
NovelToon tiene autorización de Dalia2026 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 23 Colirio para el estrés
Los primeros meses de regreso en Londres se convirtieron en una rutina implacable. La especialización en neurocirugía no daba tregua; las jornadas en el hospital eran eternas, las guardias me dejaban con ojeras hasta los pómulos y la exigencia de los profesores me obligaba a pasar noches enteras con la nariz metida en tomografías y libros de anatomía cerebral. Había días en que sentía que el cerebro me iba a estallar.
Por suerte, el apartamento ya no era el lugar solitario de antes. Sara se había convertido en mi salvación. Ella se despertaba temprano para ir a su agencia y, cuando yo regresaba destrozada del hospital, me esperaba con la cena lista, música para animarme y toda la energía caribeña que a mí se me iba agotando entre bisturís.
Oliver también seguía presente, siempre como un caballero. A veces nos alcanzaba en el hospital para llevarnos café o pasaba por el apartamento a saludar. Sara, fiel a su estilo extrovertido, ya lo había adoptado como su "guía turístico oficial de Londres", aunque no perdía oportunidad para interrogarlo y compararlo, entre risas, con los hombres de Nueva York.
Un viernes por la noche, llegué al apartamento arrastrando los pies tras una guardia de veinticuatro horas. Lo único que quería era ducharme y borrarme del mapa, pero Sara tenía otros planes. Estaba frente al espejo de la sala, terminando de maquillarse y vistiendo un vestido espectacular.
—Ni lo pienses, Zoe —me advirtió, apuntándome con una brocha de maquillaje en cuanto me vio mirar la cama con ojos de enamorada—. Llevas tres semanas metida en ese hospital oliendo a antiséptico. Hoy es viernes, la noche está preciosa y nos vamos de rumba.
—Sara, por Dios, no puedo con mi alma... —protesté, dejándome caer en el sofá.
—¡Claro que puedes! Te bañas, te pones un vestido lindo, te maquillo y salimos a despejar esa mente. Además, Oliver nos recomendó un club en el centro donde ponen buena música y el ambiente es de primera. Hay demasiado colirio inglés suelto por ahí como para quedarnos encerradas. ¡Muévete!
Media hora después, vencida por la insistencia de mi amiga, ya estaba lista. Fuimos al club y el lugar era increíble. La música, las luces y la energía de la noche londinense lograron lo imposible: me hicieron olvidar por unas horas el estrés del posgrado y el constante eco de Liam en mi cabeza. Nos pedimos unos tragos y Sara no tardó nada en adueñarse de la pista de baile, moviéndose con ese ritmo latino que acaparaba las miradas de unos cuantos británicos que no sabían ni cómo reaccionar.
Yo me quedé un momento en la barra, sonriendo al verla disfrutar, cuando mi teléfono comenzó a vibrar en mi cartera. Al sacarlo, vi que era una videollamada de Dominic.
Sabiendo lo que se venía, caminé hacia una zona un poco más silenciosa cerca de los pasillos y contesté. La pantalla me mostró de inmediato el rostro de mi hermano, que parecía estar en su oficina en Nueva York, pero tenía una expresión de puro sufrimiento y los ojos fijos en la pantalla.
—¡Zoe! Por fin atiendes. ¿Dónde demonios están? Escucho demasiada música —exclamó Dominic, pegando la cara a la cámara—. Llamé a Sara y no me contesta. ¿Están en el apartamento?
—Hola, Dom —me reí, acomodándome el cabello—. No, no estamos en el apartamento. Sara me arrastró a un club para sacarme el estrés del hospital. Estamos celebrando que sobreviví a la semana.
—¿Un club? ¿A esta hora? —Dominic miró su reloj y luego volvió a la pantalla con el ceño fruncido al máximo—. Zoe, dime que Sara no se puso uno de esos vestidos suyos. ¿Hay muchos hombres ahí? ¿Quién las está cuidando? Le escribí a Oliver para ver si estaba con ustedes y me dijo que salía tarde de su turno. ¡Están solas!
—No estamos solas, Dom, está lleno de gente —lo piqué, disfrutando de sus celos—. Y sí, Sara se puso un vestido bellísimo. De hecho, está en la pista dándolo todo y hay un par de ingleses bastante guapos intentando seguirle el ritmo. El colirio del que te habló el otro día resultó ser real.
Al otro lado de la línea, Dominic soltó un insulto entre dientes y se pasó una mano por el rostro, frustrado.
—¡Me voy a volver loco en esta ciudad! —exclamó mi hermano, con la mandíbula tiesa de los celos—. Dile a tu amiga que si no me contesta el teléfono en cinco minutos, me monto en el primer avión a Londres mañana mismo. No me importa el trabajo, no voy a dejar que ningún sopla pasaportes se le acerque. ¡Zoe, hablo en serio, cuídala!
Solté una carcajada limpia, la primera en mucho tiempo.
—Quédate tranquilo, hermano celoso. Yo la cuido. Pero asume que tu novia es el centro de atención en Londres y tú estás muy lejos para controlarla. Te dejo, voy a rescatarla de sus admiradores británicos. ¡Te quiero!
Colgué la llamada antes de que pudiera seguir protestando. Regresé a la pista con una sonrisa, sintiendo que la ligereza de la juventud y la complicidad de la amistad eran exactamente lo que necesitaba para recargar energías. La transición de mi vida en Londres estaba en marcha, llena de risas y nuevas rutinas, mientras que en Nueva York, el tiempo seguía corriendo para Liam, atrapado en una realidad de la que yo, por ahora, había logrado escapar.