La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Con sumo amor
Las horas transcurrieron con una tranquilidad que Hamlet casi había olvidado que existía.
El apartamento permanecía en silencio, interrumpido únicamente por las conversaciones ocasionales de Luca y Dante o por el sonido de los cubiertos contra la loza.
César no se separó demasiado de él.
No porque quisiera vigilarlo.
Sino porque el médico había insistido en que todavía podía marearse al caminar.
Cada vez que Hamlet intentaba levantarse para hacer algo por sí mismo, el chef aparecía unos segundos después.
—¿Necesitas algo?
—No te preocupes. Yo puedo.
—¿Seguro?
—Sí.
—Yo puedo hacerlo por ti.
— No estoy tullido.
—¿Quieres decir que estorbo?
Hamlet terminó soltando una pequeña risa.
—Eres peor que una madre.
—Lo sé. Pero me diste agua a beber, ya me mal acostumbraste y me diste a entender en este poco tiempo de que necesitas a alguien como yo.
—No era un cumplido. Y agradezco tu ayuda. Es solo que Noe soy acostumbrado a que me ayuden sin dar algo a cambio
—Lo tomé como uno. Y como amigos que somos solo me debes algunas cenitas. Eso también es a tu favor. Te llevaré a conocer restaurantes de algunos amigos.
Luca soltó una carcajada desde la cocina.
—Chef, si sigue así, en una semana Hamlet va a renunciar a su orgullo.
—Eso espero.
—¡Los estoy escuchando! —protestó Hamlet.
Los tres rieron.
Incluso Dante sonrió por primera vez desde que había llegado.
Al caer la tarde, el doctor Rinaldi regresó para revisar nuevamente al omega.
Le tomó la presión.
Revisó la vía intravenosa.
Escuchó su respiración.
Finalmente sonrió satisfecho.
—Mucho mejor.
— Que alivio.
El doctor miró a César.
—Puedo retirar el suero. Mañana solo deberá continuar con los medicamentos.
—Perfecto.
—Pero nada de esfuerzos.
— Debo volver al trabajo. Ya estoy mucho mejor.
El médico señaló directamente a Hamlet.
—Especialmente cocinar. Cero trabajo. Ni cargar peso. Ni hacerse el héroe.
— Te daré la semana libre. Trabajaste mucho y pasaste por mucho. Ordenaré que se haga lo mismo por los omegas que trabajan en el canal. Así que no te sientas mal. Y nadie podrá criticarte.
Hamlet levantó ambas manos.
—Entendido.
El doctor metió sus utensilios en su maletín luego de retirar todo.
—Me alegra que tome esa decisión porque los omegas suelen ser los peores pacientes.
César asintió convencido.
—Tiene razón, doctor.
Hamlet lo miró indignado.
—¿Ahora también conspiras contra mí?
—Absolutamente.
El médico terminó de escribir unas indicaciones y se marchó.
Cuando el reloj marcó las seis de la tarde, César recibió una llamada.
—Sí, Aldo.
Escuchó unos segundos.
—Perfecto.
Ya bajo.
Guardó el teléfono.
Luego se acercó a Hamlet.
—Creo que ya es momento de irme.
Por alguna razón, aquellas palabras hicieron que el apartamento pareciera más silencioso.
—Claro... —respondió Hamlet intentando sonar indiferente.
César tomó la bolsa donde había guardado su computadora, algunos documentos y la ropa que Aldo le había llevado dos días atrás.
Antes de salir volvió a acercarse.
—La medicina está organizada por horarios. Tu calendario de celo quedó con fechas claras. Yo debo regresar al trabajo. Si me necesitas me avisas... aunque puedo venir por mi cuenta si no sé nada de ti. El desayuno de mañana ya quedó preparado. El doctor regresará dentro de dos días. Y...
Miró a Dante.
—Si ocurre cualquier cosa, llámame. A cualquier hora.
Dante asintió.
—Lo haré.
Luca silbó bajito.
—Creo que jamás vi un jefe tan preocupado por uno de sus empleados.
César sonrió sin responder.
Se volvió hacia Hamlet.
—Nos vemos pronto.
Hamlet bajó la mirada.
—Gracias...
El alfa permaneció inmóvil unos segundos.
Como si quisiera decir algo más.
Pero terminó limitándose a sonreír.
—Descansa, conejito.
Y salió del apartamento.