Sinopsis: Él pensó que se casaba con un monstruo. Ella pensó que compraba un peón. Ninguno imaginó que el verdadero peligro no vendría de sus enemigos en las calles de Sicilia, sino de la irresistible tensión de compartir la misma cama. Una viuda poderosa, un esposo indomable y una mano derecha celosa dispuesta a todo por destruirlos.
¿Estás lista para conocer a La Reina de la Mafia? Una nueva y adictiva historia de la escritora Rocío Duque.
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Hielo bajo el encaje
Victoria regresó a su despacho con el hielo corriendo de nuevo por sus venas. Se sentó tras el imponente escritorio de caoba, cruzó las piernas y apoyó la barbilla sobre sus manos entrelazadas. Si Alex creía que la tenía exactamente donde quería, estaba a punto de descubrir por qué ella llevaba la corona del imperio Lombardi. Hasta ahora, él había usado la audacia, la cercanía física y la deducción para hacerla titubear. Pero Victoria no solo era la Reina por su apellido; era una mujer asombrosamente hermosa, consciente del poder devastador que su cuerpo y su mirada ejercían sobre los hombres.
«¿Quieres jugar con fuego, Alex? Te vas a quemar», se juró a sí misma con una sonrisa fría y calculadora.
Cuando Alex entró finalmente al despacho, con la ceja vendada y esa eterna postura segura, Victoria no le hizo ningún reproche por la llamada que había escuchado. Al contrario, lo recibió con una calma imperturbable y le asignó una misión de alto calibre: supervisar una entrega de armamento pesado en los almacenes del norte, una tarea reservada únicamente para los hombres de máxima confianza y donde cualquier error significaría la cárcel o la muerte. Era la prueba de fuego definitiva para medir sus verdaderas intenciones y sacarlo de la mansión el tiempo suficiente para que ella preparara su propio movimiento.
La misión se extendió hasta altas horas de la noche. Alex demostró una astucia impecable en el terreno, resolviendo el intercambio con la precisión de un profesional y asegurando la lealtad de los compradores. Cansado, con los músculos tensos y la mente ocupada en cómo Victoria reaccionaría al éxito de la entrega, Alex regresó a la suite principal de la mansión Lombardi pasada la medianoche.
Abrió la pesada puerta de madera y se adentró en la penumbra del cuarto. El eco del agua corriendo acababa de detenerse.
Un segundo después, la puerta del cuarto de baño se abrió, dejando escapar una suave nube de vapor con aroma a rosas y jazmín. Y entonces, el mundo de Alex se detuvo por completo.
Victoria salió de la estancia. No llevaba su habitual traje de sastre, ni la armadura de seda de sus vestidos de gala. El vaho del agua caliente humedecía su piel perfecta, donde aún brillaban minúsculas gotas de agua. Vestía únicamente un conjunto de ropa interior de encaje negro, tan fino y sugerente que parecía dibujado sobre sus curvas. Su cabello rubio caía húmedo y rebelde sobre sus hombros, y sus ojos felinos, fijos en él, brillaban con una intensidad gélida pero peligrosamente provocadora.
Alex se quedó completamente inmóvil en el centro de la habitación. Por primera vez desde que había pisado Sicilia, su mente analítica y su elocuencia se esfumaron. Se quedó embobado, con la respiración contenida y la mirada fija en la silueta de su esposa, atrapado en la red que la Reina acababa de tejer para él.
Victoria avanzó un par de pasos con una elegancia felina, balanceando las caderas con sutil lentitud, disfrutando del absoluto control que acababa de tomar sobre el tablero.
—Llegas tarde, esposo —susurró ella, con una voz suave que arrastraba una promesa letal—. ¿Cómo estuvo la misión?
Alex tragó saliva, sintiendo que la garganta se le secaba por completo. Él, que siempre tenía una respuesta audaz para todo, sintió cómo el suelo se desvanecía bajo sus botas. La visión de Victoria, tan perfectamente hermosa y letal, le anuló la capacidad de pensar.
—La... la misión salió bien —consiguió articular, pero su voz grave flaqueó y arrastró un sutil tartamudeo que no pudo ocultar—. Todo... todo está en orden en los almacenes del norte. Los compradores pagaron la... la totalidad.
Victoria contuvo las ganas de sonreír con suficiencia. Ver al imponente hombre que esa misma tarde había manejado un cargamento de armas de contrabando temblar y perder el habla ante ella era una victoria deliciosa. Manteniendo su mirada felina fija en los ojos claros de él, caminó con parsimonia hacia el vestidor. Regresó un momento después vistiendo un camisón largo y transparente de seda negra que, lejos de cubrirla, acentuaba de forma pecaminosa cada línea de su cuerpo bajo la luz de las lámparas.
Se acercó a la gran cama, destapó las sábanas y se giró hacia él. Sus ojos eran dos témpanos de hielo que contrastaban de manera salvaje con la provocación de su vestimenta.
—Me alegra oírlo —dijo ella, con una voz arrulladora, suave, pero dotada de una frialdad matemática que caló hondo en los huesos de Alex—. Por cierto... ya no es necesario que sigas durmiendo en el sofá.
Alex parpadeó, completamente descolocado. Su mente, que siempre iba tres pasos por delante buscando deducir las intenciones de la Reina, se estrelló contra una pared de confusión. Pasó la mirada de la cama al sofá, y luego de vuelta a los labios de Victoria. ¿Qué demonios estaba pasando? Ayer ella se alejaba bruscamente de sus brazos, y ahora lo invitaba a su cama con una indiferencia que congelaba la sangre.
—¿En la cama? —preguntó Alex, tratando de recuperar su tono firme, pero fallando en el intento—. Victoria, pensé que habías dicho que la distancia...
—Las cosas cambian, Alex —lo interrumpió ella, clavándole una mirada tan penetrante y enigmática que pareció leerle el alma—. Eres mi esposo, ¿no? Acuéstate. Tengo curiosidad por ver hasta dónde eres capaz de llegar.
Se deslizó bajo las sábanas dándole la espalda, dejándolo de pie en medio de la habitación, envuelto en un completo y absoluto desconcierto. Alex se quedó mirándola, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Sabía que algo había cambiado en el aire, presentía el peligro, pero por primera vez en su vida, la trampa era demasiado hermosa como para intentar escapar de ella.
Alex se metió a la ducha a toda prisa, dejando que el agua caliente relajara sus músculos tensos por la misión, aunque su mente seguía revolucionada. Al salir, se secó rápido y se aplicó unas gotas de su perfume de sándalo, convencido de que Victoria tenía intenciones ocultas detrás de esa fría invitación. El aire de la suite apestaba a peligro, pero también a una tentación irresistible.
Salió del baño con los pantalones del pijama puestos y se dirigió hacia la cama con pasos apresurados, intentando ocultar el ritmo acelerado de su corazón. Se deslizó bajo las sábanas y se acostó a su lado, rígido como una estatua. El desconcierto lo paralizaba por completo; él, que siempre sabía qué carta jugar, no tenía idea de qué hacer a continuación. El camisón transparente de Victoria estaba a solo unos centímetros de su piel.
De pronto, Victoria se movió. Con una velocidad felina, se abalanzó sobre él, invadiendo por completo su espacio personal. Su cuerpo cubrió el de Alex y su rostro quedó a un milímetro de sus labios carnosos. Alex contuvo el aliento, cerrando los ojos por un instante, esperando el beso que confirmara sus sospechas. Podía sentir el calor de su piel húmeda y el aroma a rosas que lo embriagaba.
Pero el beso nunca llegó.
Con total parsimonia, Victoria estiró el brazo por encima del hombro de Alex y, con un sutil clic, apagó la lámpara de noche del mueble, sumiendo la habitación en una penumbra casi total.
Se retiró de inmediato, regresando a su lado de la cama con una gracia gélida. Se acomodó las sábanas hasta los hombros y le dio la espalda una vez más.
—Buenas noches, esposo —susurró ella desde la oscuridad, con una voz impecable, suave y carente de cualquier emoción.
Alex se quedó con los ojos abiertos de par en par, mirando al techo en medio de la penumbra, con el corazón golpeándole las costillas y la respiración entrecortada. La Reina no se había entregado; lo había desarmado, se había burlado de su seguridad y lo había dejado atrapado en su propia red. La guerra psicológica apenas estaba comenzando.
¡Llegamos a uno de mis capítulos favoritos! Quería que sintieran esa mezcla de peligro, deseo y desconfianza absoluta que rodea a Victoria y Alexander. Llegar hasta aquí con ustedes, ver cómo reaccionan y cómo se sumergen en este romance oscuro está siendo un viaje increíble. Gracias por leer, por apoyar mis letras y por ser cómplices de este imperio. ¿Qué les pareció este encuentro? 🖤
Detrás de cada imperio hay secretos oscuros, y detrás de cada capítulo de La reina de la mafia, hay horas de entrega, pasión y un trozo de mi alma. Ya hemos dejado atrás 9 capítulos; hemos visto la frialdad, el poder, los conflictos internos y la tensión que rodea a nuestra reina y su entorno.
Solo quiero decirles: GRACIAS. Gracias por no dejarla sola en este camino tan peligroso, por morderse las uñas conmigo y por apasionarse con este universo tanto como yo. Su apoyo es el motor que me empuja a seguir escribiendo el destino de los Lombardi.
Prepárense, porque lo que viene va a sacudir los cimientos de todo lo que creen saber... Que tengan un día increíble. ☕🌹