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Me enamoré del hijo de mis padrinos

Me enamoré del hijo de mis padrinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor platónico
Popularitas:8.9k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10: Paletas de fresa y recuerdos rotos

Los gestos de Santiago empezaron a acumularse como monedas en un frasco.

El lunes, Rosario apareció en la puerta del dormitorio 214 a la hora de la comida con un recipiente térmico sellado. Adentro: arroz blanco, pollo en salsa de jitomate sin picante, ensalada de lechuga con limón, y una nota doblada en papel blanco.

"Come las verduras primero."

La letra era de Santiago. Valentina la reconoció — la misma caligrafía apretada y sin adornos de la tarjeta del brazalete.

El martes, el recipiente llegó con albóndigas en chipotle suave y una nota diferente: "Hoy llueve. Lleva paraguas." A las dos de la tarde empezó a llover.

El miércoles, sopa de tortilla y pan de elote. Sin nota. Solo un frasco de agua de limón con miel que Valentina ya no necesitaba probar para saber que estaba perfecta.

—¿Tu hermano te manda comida todos los días? —preguntó Lucía, observando el recipiente con una mezcla de incredulidad y respeto.

—Rosario la trae.

—Rosario la trae. ¿Y quién la cocina?

Valentina no contestó. Pero miró la hora en la nota del martes — el sello de Rosario decía "6:15 AM, recogido en cocina" — y calculó que para tener todo listo a las seis, Santiago tenía que estar cocinando a las cinco de la mañana.

Cada día. Para ella.

Camila encontró el frasco de agua de limón el jueves. Valentina lo había dejado sobre su escritorio mientras iba al baño.

—¿Puedo probar? —preguntó Camila, sosteniéndolo con las dos manos.

—Claro.

Camila tomó un trago. Cerró los ojos.

—Está increíble. ¿De dónde la sacas?

—Me la mandan de la casa.

—¿Quién la hace?

—No sé —mintió Valentina.

Camila tomó otro trago largo y dejó el frasco en su lugar. Pero algo en sus ojos — una chispa breve, rápida, que se apagó antes de que Valentina pudiera identificarla — no tenía nada que ver con el agua.

---

El viernes por la noche, Valentina volvió al dormitorio después de su última clase. Lucía estaba en la cafetería. Sofía en el trabajo. Camila no estaba.

Valentina se acercó a su cama y se detuvo.

La caja de música estaba sobre la almohada. Abierta. Rota.

Era una caja pequeña, de madera pintada de azul cielo, con una bailarina de porcelana en el centro que giraba cuando se le daba cuerda. Valentina la había traído desde la casa de Del Valle — era uno de los pocos objetos que cargaba en cada mudanza, que no dejaba en cajas, que siempre iba en su mochila. La bailarina tenía un tutú rosado, los brazos extendidos y una sonrisa diminuta pintada a mano.

Ahora tenía la cara rayada con marcador rojo. Una línea gruesa, deliberada, que le cruzaba los ojos y la boca como una tachadura. El mecanismo de cuerda estaba forzado — alguien lo había girado en la dirección equivocada hasta romperlo. La melodía que tocaba — una canción que Valentina no podía nombrar pero que le producía un nudo en la garganta cada vez que la escuchaba — ya no sonaba.

Valentina se sentó en la cama con la caja entre las manos. Le temblaban los dedos. No de miedo. De algo peor: de la furia específica que produce ver algo que amas destruido por alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.

La puerta se abrió. Lucía entró con un café en la mano, vio la cara de Valentina, y bajó el vaso.

—¿Qué pasó?

Valentina le mostró la caja.

Lucía la examinó en silencio. Giró la bailarina con el dedo, miró el marcador, olió la tinta. Fresca.

—Esto fue hoy.

—Sí.

—¿Quién tiene acceso al cuarto?

—Nosotras cuatro. Y las de limpieza, pero no entran a las camas.

Lucía no dijo nada. Pero su mirada se desvió hacia la cama de Camila — hecha con una pulcritud excesiva, la almohada perfectamente centrada — y volvió a Valentina.

—Esta mañana, cuando bajé a desayunar, Camila seguía aquí. Dijo que se le había hecho tarde para su clase de las diez.

Valentina entendió lo que Lucía no estaba diciendo.

—No tengo pruebas.

—No. No las tienes.

Se quedaron en silencio. Valentina pasó el pulgar por la cara rayada de la bailarina, como si pudiera limpiar el marcador con la presión de un dedo.

---

Cuando Camila volvió al cuarto esa noche, Valentina la estaba esperando. Sola. Lucía y Sofía habían salido por petición de Valentina.

—Oye, Camila. ¿Viste mi caja de música hoy?

Camila dejó su mochila en la silla y la miró con ojos abiertos.

—¿Tu caja de música? No. ¿Qué pasó?

—Alguien la rompió.

Los ojos de Camila se llenaron de lágrimas en tres segundos. Lágrimas grandes, redondas, perfectas.

—¡Ay, no! ¿En serio? ¿Quién haría algo así? ¡Qué horrible!

Valentina la observó. Las lágrimas eran convincentes. La voz era convincente. Pero había algo — no en lo que Camila decía, sino en lo que no decía — que sonaba hueco. No preguntó "¿cómo la rompieron?" ni "¿estaba cerrada con llave?" Las preguntas que haría alguien que genuinamente no sabe nada.

—No sé quién fue —dijo Valentina—. Pero si te enteras de algo, me dices.

—¡Claro! ¡Por supuesto! Pobrecita, ¿se puede arreglar?

Valentina no contestó. Esa noche, después de que las luces se apagaron, sacó la caja de debajo de la almohada y la examinó bajo la linterna del celular. El mecanismo estaba roto, pero la caja en sí estaba intacta. La bailarina tenía la cara destruida, pero los brazos seguían extendidos.

Con pegamento instantáneo del estuche de Lucía, rearmó el mecanismo lo mejor que pudo. No funcionó del todo — giraba, pero ya no sonaba. Limpió el marcador de la cara de la bailarina con alcohol. La tinta se fue, pero quedó una sombra rosada donde habían estado los ojos, como una cicatriz que no termina de borrarse.

Valentina se quedó mirando la caja reparada. Le importaba más de lo que debería. Más que los girasoles, más que los osos de peluche, más que cualquier cosa que le hubieran regalado en dieciocho años. Y no sabía por qué. Solo sabía que era de su infancia, que la había tenido "siempre," y que cuando la escuchaba girar — antes de que la rompieran — sentía algo parecido a estar en casa.

¿Quién se la había regalado?

No recordaba. Era un hueco en su memoria, como tantos otros de antes de los cuatro años — un espacio blanco donde debería haber una cara, una voz, un nombre.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba en la cafetería del campus, le mandó un mensaje a su mamá.

**Valentina**: Ma, ¿quién me regaló la caja de música de bailarina? La que tengo desde chiquita.

La respuesta tardó quince minutos. Carmen estaba en Houston, una hora de diferencia, y Valentina imaginó a su madre leyendo el mensaje con café en la mano y la misma cara de sorpresa que ponía cuando alguien le preguntaba algo que consideraba obvio.

**Carmen**: Tu hermano Santi, cariño. Te la compró con sus ahorros cuando tenías 3 años. Juntó su domingo durante meses para pagarla. ¿No te acuerdas? Llorabas cada vez que se acababa la música y él le daba cuerda otra vez. Así podías pasar horas 💕

Valentina dejó el celular sobre la mesa.

El ruido de la cafetería — los cubiertos, las risas, el zumbido del microondas — se volvió lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Santiago. Santiago le había regalado la caja de música. A los diez años. Con sus ahorros. Para una niña de tres que lloraba cuando se acababa la melodía.

El mismo Santiago que cocinaba a las cinco de la mañana. Que sabía su alergia al cacahuate. Que preparaba agua de limón con la receta exacta de cuando ella tenía dos años. Que plantó tres limoneros en un jardín y no quiso explicar por qué.

Valentina miró la caja de música en su mochila. La bailarina con los brazos extendidos, la cara marcada, el mecanismo mudo.

Si Santiago era ese niño — el que juntaba domingos y le daba cuerda a la música hasta que ella se dormía —, entonces ¿por qué ella "recordaba" que la molestaba? ¿Por qué su memoria de esos años era un niño brusco, ruidoso, que la hacía llorar?

¿Y si no era un recuerdo?

¿Y si era una mentira que se había contado tantas veces que se volvió verdad?

Valentina cerró la mochila. Tenía clase en diez minutos. El agua de limón del frasco estaba fría, dulce, perfecta.

No le mandó un mensaje a Santiago. No le dio las gracias. No le preguntó por la caja.

Pero esa noche, cuando volvió al dormitorio, puso la caja de música en el estante más alto del closet, detrás de los libros, donde nadie pudiera tocarla.

Y antes de dormirse, le cambió el nombre de contacto a Santiago en el WhatsApp. Le quitó los emojis de prohibido.

Solo dejó: "Hermano Santi."

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Equipo Motorola
buenos días escritora, enamorada de tu historia, felicitaciones
Lineth: bonito
total 1 replies
Equipo Motorola
excelente historia felicitaciones escritora
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