Alma Rivera jamás imaginó que una beca cambiaría su vida. Al ingresar a la prestigiosa Academia Blackwood, descubre que algunos estudiantes desaparecen sin dejar rastro... y que nadie se atreve a mencionarlos. Junto a Adrián Lancaster, el alumno más brillante y distante de la escuela, comenzará una investigación que desenterrará secretos ocultos durante años. Pero en Blackwood, conocer la verdad tiene un precio, y alguien está dispuesto a matar para mantenerla enterrada.
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Silencio
Adrián no soltó la muñeca de Alma hasta que doblaron dos pasillos.
Solo entonces disminuyó el paso.
Se aseguró de que no hubiera nadie alrededor y retiró lentamente la mano que cubría su boca.
Ambos permanecieron en silencio, respirando con dificultad.
Alma fue la primera en hablar.
—¿Qué…?
Él levantó un dedo.
—No.
—Pero…
—Aquí tampoco.
Su tono no era brusco.
Era cauteloso.
Miró hacia ambos extremos del pasillo antes de hacerle un gesto con la cabeza.
—Sígueme.
Alma dudó un instante.
Después caminó tras él.
Atravesaron una escalera secundaria que ella nunca había visto y llegaron a un pequeño patio interior.
Era un lugar escondido entre dos alas del edificio.
Había un banco de piedra, una fuente apagada y un enorme roble cuyas ramas ocultaban casi por completo el cielo.
El silencio era absoluto.
Adrián respiró aliviado.
—Aquí podemos hablar.
Alma cruzó los brazos.
—Empieza a explicar.
Él apoyó una mano en el respaldo del banco.
—¿Qué hacías en ese pasillo?
—Me perdí.
Se me hizo tarde devolviendo un libro.
Adrián la observó unos segundos.
No parecía estar mintiendo.
—¿Y por qué te acercaste a esa puerta?
—Porque escuché que hablaban de mí.
Él cerró los ojos un instante.
—Claro…
—¿Quiénes eran?
—No lo sé.
—No te creo.
La respuesta salió tan rápido que incluso Alma se sorprendió.
Adrián volvió a abrir los ojos.
Por primera vez había un leve cansancio en su mirada.
—No te estoy mintiendo.
Solo… no alcancé a verlos.
Alma no quedó del todo convencida.
—Entonces explícame por qué me sacaste de ahí.
Él tardó unos segundos en responder.
—Porque si te descubrían escuchando detrás de esa puerta, habrías tenido problemas.
—¿Qué clase de problemas?
—Los que no quiero que tengas.
Aquellas palabras la descolocaron.
No sonaban como una amenaza.
Sonaban como una preocupación sincera.
Durante unos segundos ninguno habló.
Solo se escuchaba el viento moviendo las hojas del roble.
Finalmente Alma rompió el silencio.
—¿Siempre eres así?
Adrián arqueó una ceja.
—¿Así cómo?
—Misterioso.
Hablas como si supieras un montón de cosas, pero nunca terminas una explicación.
Contra todo pronóstico, él dejó escapar una pequeña risa.
Muy breve.
Tan breve que Alma llegó a preguntarse si realmente la había oído.
—Me lo dicen bastante seguido.
—Entonces quizá deberían hacerles caso.
La comisura de los labios de Adrián volvió a curvarse apenas.
Era la primera vez que alguien conseguía responderle de esa manera sin miedo.
Y, por extraño que pareciera, le resultaba… agradable.
En ese momento, una campana resonó en toda la academia.
Las diez y media.
Toque de queda.
Los dos se miraron al mismo tiempo.
—Genial… —murmuró Alma.
—Llegamos tarde.
—Nos van a sancionar.
Adrián negó con tranquilidad.
—Ven.
—¿A dónde?
—Conozco un camino más rápido.
Antes de que pudiera preguntar más, él comenzó a caminar por un sendero estrecho que bordeaba el patio.
Alma lo siguió.
El camino desembocó en una puerta de madera casi oculta por las enredaderas.
Adrián sacó una pequeña llave plateada de su bolsillo.
Alma lo observó sorprendida.
—¿Tienes llave de esa puerta?
—Los alumnos de último año que colaboran con la biblioteca y el archivo tienen acceso a algunos pasillos de servicio.
Abrió la cerradura.
—Vamos.
Entraron a un corredor estrecho, iluminado por pequeñas lámparas antiguas.
No era un pasillo elegante como los demás.
Parecía destinado únicamente al personal de mantenimiento.
Caminaron en silencio durante un par de minutos.
Finalmente, una escalera los condujo directamente al pasillo de las residencias.
Adrián abrió la última puerta con cuidado.
—Listo.
La residencia femenina estaba apenas a unos metros.
Alma lo miró con sorpresa.
—Nos ahorramos diez minutos.
—Te dije que era un atajo.
Ella sonrió.
—Gracias… otra vez.
Adrián hizo un leve gesto con la cabeza.
—Procura no perderte más.
—No prometo nada.
Por primera vez, él sonrió de verdad.
No fue una gran sonrisa.
Solo una pequeña, casi imperceptible.
Pero bastó para cambiar por completo su expresión.
Alma se quedó inmóvil un segundo.
“Así se ve cuando sonríe…”, pensó.
Entonces una voz interrumpió el momento.
—¡Alma!
Olivia apareció en el pasillo, todavía con la bata de dormir.
—¡Estaba a punto de salir a buscarte!
Alma reaccionó enseguida.
—Lo siento, me perdí en la academia.
Olivia suspiró aliviada.
—Pensé que te había pasado algo.
Cuando volvió la vista hacia Adrián para agradecerle, él ya se había marchado.
Solo quedaba la puerta de servicio cerrándose lentamente.
Y una pregunta rondando la cabeza de Alma.
¿Cómo era posible que alguien conociera tan bien los rincones ocultos de Blackwood?