Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
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Capítulo 9
Capítulo 9
La cena de los insoportables
La invitación de Diego Montero no desapareció.
Durante tres días, Sebastián la ignoró con la disciplina de un hombre que había construido un imperio a base de negar lo que no quería mirar. Diego respondió con mensajes cada vez más descarados. Mateo Coronado, más peligroso por elegante, envió una reserva en Restaurante Estelar con cuatro lugares confirmados.
Andrés imprimió la confirmación y la dejó sobre el escritorio de Sebastián.
—No voy —dijo Sebastián.
—Ya está en su calendario.
—Bórralo.
—Diego llamó a Catalina Torres para preguntarle si usted seguía vivo.
Sebastián levantó la vista.
Andrés no parpadeó.
—Pensé que debía saberlo antes de que su madre llame.
Así fue como, el viernes por la noche, Emilio terminó en el asiento trasero de la camioneta, con Sebastián a su lado y una pregunta razonable atorada en la garganta.
—Sigo sin entender por qué voy.
—Porque Diego pidió mariscos y necesito que alguien verifique que no ordene media carta con cargo a mi cuenta.
—Eso suena a trabajo de contabilidad.
—Hoy eres contabilidad.
Emilio miró por la ventana para esconder la sonrisa.
Restaurante Estelar estaba en el último piso de un hotel frente al malecón de Ciudad Arcoíris. Luces bajas, música suave, meseros que se movían sin hacer ruido y una vista completa del mar negro detrás de los ventanales. Emilio había pasado frente a ese hotel muchas veces en camión, nunca adentro.
Sebastián pareció notarlo.
—Si el lugar te incomoda, nos vamos.
Emilio lo miró.
—Me incomoda más que usted pregunte eso como si fuera normal.
Sebastián desvió la vista.
—Entonces camina.
Diego Montero los esperaba de pie, sonrisa grande, camisa abierta en el cuello y la energía de alguien que jamás había sufrido una consecuencia seria por hablar demasiado.
—¡Al fin! Sebastián Luján en una cena que no es negociación. Milagro de santos.
A su lado, Mateo Coronado se levantó con más calma. Era guapo de una forma casi ofensiva, traje claro, reloj discreto, sonrisa de quien sabía exactamente cuánto valía cada mirada que recibía.
—Y el famoso empleado sin nombre —dijo Mateo.
—Emilio Reyes —corrigió Emilio.
Diego se llevó una mano al pecho.
—Tiene nombre, voz y columna vertebral. Ya me cae bien.
Sebastián tomó la silla junto a Emilio antes de que el mesero pudiera hacerlo.
—Si empiezas, nos vamos.
—Hermano, todavía no empiezo.
—Ese es el problema.
La cena avanzó con una velocidad peligrosa. Diego hablaba de fiestas, demandas absurdas de clientes y una exnovia que según él había intentado maldecirlo con una pulsera de ojo turco. Mateo corregía sus exageraciones con frases secas y elegantes. Sebastián respondía poco, pero no se veía irritado de verdad.
Emilio se dio cuenta de algo antes del primer plato.
Sebastián con ellos era distinto.
No más suave. Sebastián no sabía ser suave en público. Pero sí menos afilado. Como un cuchillo guardado en su funda, todavía peligroso, pero no apuntando a nadie.
—¿Y tú, Emilio? —preguntó Diego—. ¿Cómo sobrevives trabajar con él?
—Organización, café y una tolerancia creciente al frío.
Mateo soltó una risa baja.
Sebastián miró a Emilio.
—No hace tanto frío.
—Eso diría la fuente del frío.
Diego golpeó la mesa con la palma.
—¡Lo sabía! Tiene sentido del humor. Sebastián, ¿por qué lo escondías?
—Porque quería conservarlo funcional.
El mesero sirvió camarones al mojo de ajo y un pescado entero al centro. Emilio tomó una porción pequeña. Sebastián frunció el ceño.
—Come más.
—Ya comí.
—Mentira.
Diego abrió mucho los ojos.
—Perdón, ¿desde cuándo monitoreas si alguien come?
—Desde que alguien se marea por trabajar con café y orgullo.
Emilio casi dejó caer el tenedor.
No porque fuera mentira.
Porque era demasiado específico.
Mateo observó a ambos con una sonrisa lenta.
—Interesante.
—No —dijo Sebastián.
—Ni siquiera dije qué.
—Lo ibas a decir.
La mesa se rió. Emilio también, aunque trató de hacerlo en silencio.
Después de la cena, salieron al balcón del restaurante para tomar aire. El mar olía a sal y combustible lejano. Abajo, la avenida seguía viva con autos, vendedores y parejas caminando tomadas de la mano.
Diego recibió una llamada y se alejó. Mateo se quedó junto a Emilio, copa en mano.
—Sebastián no trae gente a estas cenas —dijo.
Emilio miró hacia adentro. Sebastián estaba discutiendo con Diego por el celular, probablemente porque Diego acababa de pedir postre para llevar.
—Soy asistente. Vine por logística.
Mateo sonrió sin burlarse.
—Claro. Y yo soy humilde.
Emilio no pudo evitar reír.
—Entiendo.
—No, todavía no. Pero lo vas a entender.
Antes de que Emilio pudiera preguntar a qué se refería, Sebastián apareció a su lado.
—Nos vamos.
—¿Así de pronto?
—Diego pidió tres botellas de vino a mi cuenta.
—Entonces sí, vámonos.
En el elevador, había demasiada gente. Un grupo de turistas, una pareja tomada de la mano, un niño con un globo. Emilio quedó apretado contra la pared lateral. Sebastián se colocó frente a él sin decir nada, usando el cuerpo como barrera contra el resto.
No lo tocó.
No hacía falta.
El frío de escarcha formó un pequeño espacio limpio alrededor de ambos.
Emilio bajó la mirada.
Sus zapatos casi tocaban los de Sebastián.
Cuando las puertas se abrieron en planta baja, Sebastián apoyó una mano en la pared junto a su hombro para dejarlo salir primero. Fue un gesto rápido, práctico. Emilio lo notó igual.
Lo notó todo últimamente.
En la salida, Diego los alcanzó solo para ponerle a Emilio una tarjeta de presentación en la mano.
—Por si algún día necesitas testigos contra este tirano.
Sebastián se la quitó antes de que Emilio pudiera guardarla.
—No necesita tus testigos.
Mateo, detrás de Diego, sonrió con calma venenosa.
—Eso sonó muy posesivo, Sebastián.
—Sonó eficiente.
—Claro. La eficiencia ahora usa mano en la pared y mirada de guardaespaldas.
Emilio bajó la cabeza para ocultar otra sonrisa. Sebastián guardó la tarjeta en su propio bolsillo, como si eso resolviera algo.
A las once cuarenta, la camioneta lo dejó frente a su edificio. Sebastián miró la fachada con la misma expresión que usaba para contratos defectuosos.
—¿Vives aquí?
—Pago renta aquí.
—No respondas como abogado.
—No mire como inspector.
Andrés, desde adelante, fingió revisar mensajes.
Sebastián tardó en dejarlo bajar.
—Si te sientes mal...
—Le aviso —dijo Emilio, antes de que terminara.
No pensaba hacerlo.
Subió los tres pisos por las escaleras porque el elevador del edificio llevaba dos semanas descompuesto. Se quitó el saco, puso agua a calentar y dejó el blíster de estabilizadores junto al vaso, por costumbre.
A las tres y diecisiete de la mañana, despertó sin aire.
El dolor en la nuca era blanco.
No ardor leve. No pinchazo. Dolor. Como si alguien hubiera metido una aguja caliente justo bajo la glándula y la estuviera girando despacio.
Emilio cayó de lado, se llevó la mano al cuello y mordió la almohada para no hacer ruido.
La piel estaba caliente.
Demasiado caliente.
Arrastró el brazo hacia la mesita, tiró el vaso de agua y alcanzó los estabilizadores con dedos torpes. Una dosis. Esperó. El dolor no bajó.
Tomó otra.
Se quedó sentado en el suelo, la espalda contra la cama, respirando por la boca mientras el reloj cambiaba a las tres veintinueve.
La segunda dosis apenas alcanzó para que dejara de temblar.
Debajo de la piel, en el lugar exacto donde no debería haber nada despierto, la glándula seguía quemando.