Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.
Hasta que choca con él.
Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.
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El asedio
El sonido de madera astillándose rompió el silencio.
La puerta principal del refugio tembló bajo un golpe brutal que hizo crujir todo el edificio. Lucy dio un salto hacia atrás, el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado. Wonho se interpuso entre ella y la entrada, con los puños cerrados y la mandíbula tan tensa que se le marcó en la sombra de su rostro.
—¡No se separen! —ordenó Elías con voz firme, sin gritar, pero cada palabra cortó el aire como un cuchillo—. No importa lo que vean, no se separen. Su fuerza está en estar juntos.
Otro golpe. Y luego otro, acompañado de un sonido que heló la sangre de Lucy: no eran voces humanas lo que se escuchaba afuera. Eran chasquidos, siseos, el crujido de ramas secas mezclado con algo que sonaba como huesos frotándose entre sí. Los Recolectores no eran solo personas. Eran algo más oscuro, algo deformado por la codicia y el poder que habían robado.
—¡Vienen por mí! —exclamó Lucy, dando un paso hacia la puerta con el impulso de entregarse y detener todo ese horror—. Si me entrego, se irán.
Wonho la sujetó por los brazos con fuerza, clavando sus ojos en los de ella con una intensidad que la obligó a quedarse quieta.
—¿Crees que vinieron solo por ti? —le dijo, bajando la voz pero con una firmeza que no admitía réplica—. Vinieron por todo. Por los libros, por el refugio, por borrar cada historia que no puedan controlar. Si te entregas, mueres tú y muere todo lo que amamos. No hay trato con ellos, Lucy. No hay rendición posible. Solo hay victoria… o nos extinguimos.
Antes de que pudiera responder, la puerta cedió.
No cayó de golpe. Estalló. Astillas volaron por toda la estancia y la niebla fría de la noche se coló como un espectro, trayendo consigo un olor a podrido, a hojas muertas y metal oxidado. Figuras altas y deformadas llenaron el vano de la entrada: cuerpos envueltos en túnicas negras que parecían absorber la luz, rostros sin ojos donde solo brillaban dos rendijas de luz grisácea, manos terminadas en garras largas y oscuras.
Lucy contuvo un grito. No eran como los hombres del pueblo. Eran algo mucho peor.
—¡Protejan el salón central! —gritó Elías, y al levantar la mano, una barrera de luz dorada estalló frente a la entrada, deteniendo a las primeras criaturas que intentaban avanzar. El aire vibró con un zumbido intenso y doloroso. Pero las sombras no retrocedieron. Empujaban contra la luz, y la barrera empezó a crujir, a agrietarse como si fuera de cristal—. ¡La resistencia no durará mucho! —advirtió el anciano, con sudor frío en la frente por el esfuerzo—. ¡Tienen más poder del que calculaba!
Wonho miró a Lucy, y en su mirada no había miedo: había una decisión tomada, dura y absoluta.
—Tienes que subir a la torre —le dijo, tomándola de las manos con desesperación—. Ahí está el Libro del Origen. Si rompen la barrera, tienes que llegar hasta él. Es tu sangre lo que lo activa, no la mía. Solo tú puedes usarlo.
—¡No voy a subir sola! —reclamó Lucy, aferrándose a él con todas sus fuerzas—. ¡No te quedes aquí! ¡Ven conmigo!
—Alguien tiene que detenerlos el tiempo suficiente —respondió él, y la besó rápidamente, con desesperación, como si fuera la última vez—. Corre, Lucy. No mires atrás. Te prometo que te alcanzaré. Pero ahora… ¡corre!
Lo soltó de golpe y empujó a Lucy hacia la escalera de caracol que subía a la torre. Ella dudó un segundo, con el alma hecha pedazos, pero vio cómo la barrera de Elías se agrietaba por completo y una de las criaturas lanzaba un grito agudo que partió el aire. No podía quedarse. No podía permitir que el sacrificio de ambos fuera en vano.
Corrió.
Subió los escalones de piedra a oscuras, tropezando, con las lágrimas cegándole la vista y el corazón destrozado en el piso de abajo. Detrás suyo escuchaba ruidos espantosos: golpes, el sonido de algo rompiéndose, la voz de Wonho gritando su nombre, el estruendo de poderes chocando. Cada paso hacia arriba se sentía como una traición. Cada segundo que se alejaba de él le dolía como una herida abierta.
Llegó a la cima de la torre sin aliento, temblando de pies a cabeza. Era una estancia circular, iluminada solo por la luz pálida de la luna que entraba por una gran ventana en el techo. Y en el centro, sobre un pedestal de piedra blanca, descansaba él.
El Libro del Origen.
No era de cuero ni de papel. Sus páginas parecían hechas de luz sólida, y su cubierta… su cubierta era de la misma sustancia que las estrellas. Lucy se acercó temblando, sin saber qué hacer. Wonho le había dicho que su sangre era la llave, pero no tenía cuchillo, no tenía nada. Solo tenía miedo.
—¡Ábrelo! —gritó hacia abajo, aunque sabía que nadie podía oírla—. ¡Por favor, ábrete!
El libro no se movió. Abajo, un grito desgarrador la hizo estremecer de pies a cabeza. Reconoció esa voz. Era Wonho.
El piso se le fue. Se dejó caer de rodillas junto al pedestal, llorando con desesperación, golpeando la piedra con los puños.
—¡Basta! —sollozó—. ¡Ya basta de perder! ¡No quiero que nadie más dé nada por mí! ¡Yo quiero luchar por ustedes!
Se abrazó al libro, con las manos deslizándose por su superficie fría, y en su desesperación, las uñas se le rompieron contra la piedra. Una gota de sangre roja y caliente cayó sobre la portada luminosa.
El libro vibró.
Una luz cegadora estalló desde su interior, tan intensa que Lucy tuvo que cubrirse los ojos. Pero no le quemó. La envolvió. La llenó. Y de pronto, no estaba en la torre. Estaba viendo todo: el salón de abajo, las criaturas avanzando, Elías caído en un rincón defendiendo la escalera con lo último que le quedaba… y Wonho rodeado por tres de las sombras, sosteniéndose de pie por pura voluntad, herido, sangrando, pero sin retroceder ni un centímetro.
—¡Wonho! —gritó ella con todo su ser.
La luz respondió a su voz. No era un arma que disparaba rayos. Era algo mucho más poderoso: era la verdad hecha visible.
Lucy extendió las manos y la luz descendió como un manto suave pero imparable. Al tocar a las criaturas, estas no explotaron ni se desintegraron. Se desvanecieron. Porque no estaban hechas de materia real: estaban hechas de mentiras, de miedo, de lo que la gente cree ver en la oscuridad. Y la luz de la verdad las deshacía como la niebla ante el sol.
Una por una, las sombras se desvanecieron con un gemido agudo, dejando tras de sí solo un rastro de humo grisáceo que se disipaba en el aire frío. Cuando la última desapareció, la luz se atenuó lentamente, y Lucy cayó de rodillas, agotada, sintiendo que le habían arrancado el alma del cuerpo.
Bajó las escaleras como pudo, tambaleándose, y lo primero que vio fue a Wonho en el suelo, apoyado contra una columna, con la respiración entrecortada y una herida oscura en el costado que manchaba su ropa de sangre. Corrió hacia él y se arrodilló a su lado, olvidando todo miedo, toda precaución.
—¡No! —sollozó, presionando sus manos contra la herida intentando detener la sangre—. ¡No te mueras! ¡Por favor, no te mueras! ¡Lo logramos! ¡Los detuvimos! ¡No te vayas ahora!
Wonho abrió los ojos lentamente, y una sonrisa débil apareció en sus labios pálidos. Levantó una mano temblorosa para acariciarle la mejilla.
—Lo sabía —susurró con dificultad—. Sabía que podías hacerlo. No necesitabas que te protegiera. Tú eras la luz que siempre estuve esperando.
—No digas eso —le suplicó Lucy, empapada en lágrimas—. No me dejes. Te lo ruego.
De pronto, una sombra se proyectó sobre ellos. Lucy levantó la vista de un salto, con el corazón en la garganta. Quedaba uno. El más alto, el más antiguo de todos, había permanecido oculto detrás de la puerta. Y ahora se acercaba despacio, con una calma aterradora, sabiendo que estaban agotados.
Pero entonces, una voz antigua y cansada resonó en la estancia:
—Detente. Ya has perdido.
Elías se puso de pie con dificultad, sosteniéndose de la pared, y levantó una mano. No lanzó luz ni fuego. Solo mostró algo que sostenía en la palma: un trozo de madera quemada, un fragmento de lo que una vez fue un libro.
—Todos llevamos una historia dentro —dijo el anciano—. Y la tuya terminó hace mucho tiempo. Solo te quedas porque tienes miedo de estar solo.
La figura oscura se detuvo. Y por un instante, la túnica se deslizó hacia abajo, revelando un rostro… no monstruoso. Solo humano. Pero consumido, vacío, ojos sin brillo.
—¿Solo? —susurró la criatura, con una voz que parecía raspar la garganta—. He estado solo más tiempo del que puedes imaginar.
—Entonces déjalo ir —dijo Lucy, y sin saber de dónde sacó fuerzas, se puso de pie delante de Wonho, enfrentándose a esa presencia inmensa—. El odio no llena el vacío. Solo lo hace más grande. Vete. No te queremos aquí. Pero tampoco te deseamos mal. Solo… vete.
Hubo un silencio eterno. La figura oscura los miró a todos: al anciano herido, a la chica temblorosa, al hombre que daba la vida por ella. Y entonces, lentamente, se giró. Caminó hacia la puerta rota y salió hacia la noche, perdiéndose en la oscuridad como si nunca hubiera existido.
Lucy cayó de nuevo junto a Wonho, tomándole la mano con desesperación. Elías se acercó lentamente y se arrodilló junto a ellos.
—La herida es profunda —dijo con voz pesada—. Pero no es mortal si actuamos rápido. Ayúdame a levantarlo. Tenemos que llevarlo arriba.
Mientras entre los dos lo levantaban con cuidado, Wonho apretó la mano de Lucy débilmente y le susurró al oído, con una sonrisa que no lograba ocultar el dolor:
—Te dije que te alcanzaría… —murmuró—. Solo… me tomó un poco más de tiempo.
Lucy soltó una risa entre lágrimas, aferrándose a él mientras subían.
—No vuelvas a hacerme esto —le respondió—. Jamás. ¿Me oyes? Jamás.
Y arriba, en la torre, bajo la luz de la luna y del libro que brillaba en silencio, empezaron la lucha más difícil de todas: no contra un enemigo externo, sino contra la muerte que venía a buscarlo.