Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
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Capítulo 9
Capítulo 9
Me voy a casar
Diego Castillo vio la publicación de Sebastián Montero tres minutos después de que apareció.
No porque siguiera a Sebastián.
Lo vio porque Andrés Rojas entró a su oficina sin tocar, con el celular en la mano y la cara de alguien que preferiría estar en cualquier otro lugar.
—Diego.
—Ahora no.
—Tienes que ver esto.
Diego estaba revisando por quinta vez el chat de Valentina. Sus mensajes seguían sin doble paloma azul. Sus llamadas de la mañana, perdidas. Las últimas palabras que le había escrito eran:
"Vale, deja de hacer berrinches. Tenemos que hablar."
En otro momento, ella habría contestado.
Valentina siempre contestaba.
Aunque estuviera molesta. Aunque él tardara horas en responderle. Aunque le pidiera cosas a último minuto. Siempre aparecía, con esa forma suya de fingir que no esperaba nada cuando en realidad lo esperaba todo.
—Si es sobre Rodrigo León, mándaselo a legal —dijo Diego.
Andrés tragó saliva.
El escándalo de Rodrigo León ya tenía a Grupo Castillo ardiendo. Un video viral, contratos de obra cuestionados, el nombre de Grupo León salpicando una licitación compartida y Roberto Castillo exigiendo explicaciones como si gritar pudiera limpiar documentos. Diego llevaba toda la mañana apagando incendios.
No necesitaba otro.
Andrés puso el celular sobre su escritorio.
La foto era simple: dos manos, un acta civil, un anillo de esmeralda y un reloj.
Una sola palabra.
Casado.
Diego soltó una risa.
—¿Y?
—Es Sebastián Montero.
—Ya sé leer.
—Diego, mira la mano.
No quiso.
La miró.
El anillo no le dijo nada. La esmeralda, menos. Pero la muñeca, la forma de los dedos, la cicatriz pequeña cerca del pulgar por una quemadura de aceite que Valentina se hizo en la universidad...
El aire cambió de densidad.
—No —dijo.
Andrés no respondió.
Diego tomó el celular, amplió la imagen, volvió a ampliarla hasta que los pixeles se rompieron.
—No.
—Hay comentarios diciendo que la esposa es Valentina.
—La gente inventa.
—Lucía Montero le dio like. Gabriel comentó un emoji de anillo. Emilio acaba de escribir en el grupo de San Patricio: "¿Alguien sabía esto?"
Diego arrojó el celular sobre el escritorio.
—Es un montaje.
—Es la cuenta verificada de Sebastián.
—Dije que es un montaje.
Andrés cerró la boca.
El teléfono de oficina sonó. Diego lo ignoró. Luego sonó el celular. Roberto Castillo. Lo ignoró también.
Lo único que importaba era el chat de Valentina.
Roberto no aceptaba ser ignorado.
El siguiente mensaje llegó en mayúsculas:
"SUBE A CONSEJO. AHORA. RODRIGO LEÓN NOS ESTÁ HUNDIENDO Y TÚ SALES EN CHISMES DE MONTERO."
Diego apretó el teléfono hasta que le dolieron los dedos. Su padre no preguntaba si estaba bien, nunca lo hacía. Para Roberto Castillo, un hijo era útil mientras no manchara el apellido ni el negocio.
Y esa mañana Diego estaba fallando en ambas cosas.
La llamó.
Una vez.
Dos.
Tres.
La cuarta llamada entró directo a buzón.
Diego sintió un pinchazo de irritación, no de miedo. Valentina estaba exagerando. Se había sentido humillada, sí. Había escuchado una frase desafortunada, también. Pero casarse con Sebastián Montero para castigarlo era absurdo.
Valentina no era así.
Valentina no hacía cosas definitivas.
La puerta se abrió de nuevo.
Laura, del departamento legal, entró con una carpeta.
—Licenciado Castillo, disculpe. La señorita Valentina Lozano dejó esto en recepción.
Diego levantó la vista.
—¿Está aquí?
—No. Lo trajo un mensajero.
La carpeta cayó sobre el escritorio con un peso pequeño.
Diego la abrió.
Una carta de renuncia.
Formal. Clara. Sin adornos.
"Por medio de la presente, comunico mi renuncia irrevocable al puesto de asistente ejecutiva en Grupo Castillo, efectiva a partir de hoy."
Irrevocable.
Valentina había subrayado esa palabra con su ausencia.
Debajo de la carta había una identificación de empleado, una tarjeta de acceso, las llaves del archivo ejecutivo y un sobre con recibos pendientes organizados por fecha.
Hasta para irse era eficiente.
—¿Quiere que la procese recursos humanos? —preguntó Laura.
—Déjala.
—Señor...
—Dije que la dejes.
Laura salió casi corriendo.
Andrés seguía ahí, incómodo.
—Diego, tal vez deberías darle espacio.
—No te pedí opinión.
—Le dijiste "solo la adoptada" delante de medio bar.
Diego se puso de pie.
—No fue así.
—Yo estaba ahí.
—No lo dije con esa intención.
—Eso no cambia cómo sonó.
Diego golpeó el escritorio con la palma.
—¡Cállate!
El silencio cayó sobre la oficina.
Andrés bajó la mirada primero.
Diego respiró por la nariz, intentando recuperar control. Sobre su escritorio, junto a la renuncia, estaba la pluma de obsidiana que Valentina le había regalado dos cumpleaños atrás.
La había comprado en una tienda de diseño mexicano, según dijo. No era la más cara. No era de una marca importante. Pero a ella le brillaban los ojos cuando se la entregó.
"Es de obsidiana. Dijeron que ayuda a cortar lo que sobra."
Él se había reído.
"Entonces me sirve para juntas con mi papá."
La usaba desde entonces, no porque le importara tanto, sino porque escribía bien.
La tomó.
La carta de renuncia seguía frente a él.
Valentina Lozano.
Sebastián Montero.
Casado.
La presión en su mano aumentó antes de que pudiera detenerse.
La pluma se partió con un crujido seco.
Tinta negra le manchó los dedos.
Andrés abrió los ojos.
—Diego...
Él miró la pluma rota como si no entendiera cómo había llegado ahí.
Luego tomó las llaves del coche.
—Voy a su departamento.
—No creo que sea buena idea.
—Nadie te preguntó.
La Torre Ámbar estaba a veinte minutos sin tráfico. Diego llegó en doce.
El guardia de recepción lo reconoció y se puso de pie con nerviosismo.
—Buenas tardes, licenciado Castillo.
—Valentina Lozano. Departamento 1101.
El guardia dudó.
—La señorita Lozano ya no vive aquí.
Diego sintió que algo se movía mal dentro de su pecho.
—¿Cómo que no vive aquí?
—Hoy por la mañana mandaron a recoger sus cosas.
—¿Quién?
—Una empresa de mudanzas. Traían autorización firmada.
—Deme la llave.
—No puedo...
Diego dejó su tarjeta sobre el mostrador con un golpe.
—Deme la llave.
El guardia la dio.
El departamento 1101 olía a vacío.
No a limpio. A vacío.
Las paredes tenían rectángulos pálidos donde antes hubo cuadros. El perchero junto a la entrada estaba desnudo. En la cocina ya no estaba la taza naranja que Valentina usaba todas las mañanas. Tampoco la caja de leche de fresa que él recordaba haber visto alguna vez y nunca preguntó por qué siempre compraba.
Diego caminó hasta la recámara.
El clóset estaba abierto.
Vacío.
Sobre el piso solo quedaba una liga de cabello.
La levantó como un idiota.
En la sala, junto a la puerta, había varias cajas negras de basura. Alguien las había dejado listas para bajar.
Diego abrió una.
Adentro estaba el collar de plata con dije de conejito que él le regaló cuando cumplió veinte años. Un portarretratos de una cena con amigos. Boletos de cine. Cajas vacías de regalos. Tarjetas con su letra descuidada.
Todo lo que él le había dado.
Todo lo que ella había guardado durante años.
En basura.
Diego se quedó de rodillas frente a la caja, con la pluma rota manchándole todavía la mano.
La habitación no le devolvió ninguna respuesta.
Por primera vez desde que vio la publicación de Sebastián, no pudo decir "no".