Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña
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capitulo 14
El amanecer en la suite de Sebastián no trajo la paz que Abigail esperaba, sino una claridad gélida y despiadada. Se despertó con el roce de la camisa de lino de él sobre su piel, un recordatorio de la vulnerabilidad de la noche anterior, pero su mente ya estaba a kilómetros de distancia, analizando cada conversación, cada documento y cada sonrisa condescendiente de Julián durante los últimos tres años.
Al encender su teléfono, un mensaje cifrado de su auditor externo, el único hombre en el departamento financiero que no le debía lealtad a Julián, hizo que el aire se atascara en sus pulmones.
“Abigail, revisa el anexo 4-B del contrato de fusión de 2023. Urgente.”
El Documento del Verdugo
Abigail regresó a su mansión mientras Julián estaba fuera, supuestamente en una "ronda de supervisión" con Mónica. Se dirigió al despacho principal, pero no a su mesa de dibujo, sino a la caja fuerte oculta en la biblioteca. Sus dedos, aún temblorosos, marcaron la combinación que Julián creía que ella había olvidado.
Allí, entre folios de términos técnicos y pólizas de seguros, encontró el papel que sellaba su destino. Era un documento que ella recordaba haber firmado durante su recuperación de una neumonía severa tres años atrás. Julián le había dicho que era un trámite para asegurar la continuidad de la empresa en caso de su fallecimiento.
No lo era. Era una Cláusula de Caducidad por Inactividad Creativa.
Abigail leyó las líneas con una náusea creciente. El texto era un laberinto legal diseñado para atraparla: si Sterling & Co. no presentaba una colección inédita de al menos treinta piezas en un evento oficial antes del 20 de abril —exactamente en 30 días—, el control total de la propiedad intelectual, el nombre de la marca y todos los activos pasarían automáticamente al Director de Finanzas.
Es decir, a Julián.
Peor aún, si la colección no alcanzaba un estándar de preventa del 40%, la empresa entraría en una liquidación forzosa donde la firma francesa L'Eclat tenía el derecho de compra preferencial por una cifra ridícula. Julián no solo quería robarle el presente; quería confiscar su futuro y su nombre para siempre.
El descubrimiento le provocó una sensación de vértigo existencial. No era solo la posibilidad de perder su dinero; era la posibilidad de que "Abigail Sterling" dejara de ser ella para convertirse en una etiqueta propiedad de su traidor.
Sintió un escalofrío que le recorrió la columna. Se dio cuenta de que Julián le había robado los diseños reales no solo por dinero, sino para asegurarse de que ella llegara a la fecha límite con las manos vacías. Él contaba con su parálisis emocional. Él contaba con que ella se hundiría en la depresión y dejaría pasar los días hasta que el mazo de la ley cayera sobre su cabeza.
—Me quieres borrar —susurró Abigail a las paredes vacías del despacho—. Me quieres convertir en un fantasma en mi propia casa.
30 Días para el Milagro
Abigail extendió un calendario sobre la mesa de caoba. Los números parecían burlarse de ella.
Semana 1: Concepción y patronaje de 30 piezas (normalmente toma 3 meses).
Semana 2: Corte y confección de prototipos.
Semana 3: Bordados, acabados y pruebas de ajuste.
Semana 4: Logística, prensa y el golpe final.
Era una misión suicida. La alta costura es un arte de paciencia, de milímetros y de horas de dedicación manual. Intentar hacer lo que Julián quería destruir en un mes era, físicamente, casi imposible. Pero Abigail sintió algo que no había sentido en años: una adrenalina pura y venenosa.
Si Julián quería una colección, le daría una que quemara los cimientos de su ambición.
Esa tarde, Abigail no fue a la sede principal de la empresa. En su lugar, se dirigió a un pequeño taller de costura en un barrio obrero, el lugar donde trabajaban las "manos viejas", las costureras que habían empezado con ella hace quince años y que Julián había intentado jubilar por "falta de modernidad".
—Necesito treinta piezas —les dijo Abigail, entrando en el taller con el cabello recogido y las mangas de la camisa de Sebastián aún dobladas—. No tengo telas de lujo aquí, no tengo el sistema digital de la oficina y no puedo pagarles horas extras oficialmente porque él controla las cuentas.
Las mujeres, con las cintas métricas al cuello y los ojos cansados, la miraron en silencio.
—Pero tengo mi talento, tengo el suyo, y tengo una rabia que no cabe en este edificio —continuó Abigail—. Si me ayudan a salvar la marca, les prometo que cuando esto termine, este taller será el corazón de la nueva Sterling.
Una de las costureras, una mujer de manos nudosas llamada Rosa, se levantó y tomó sus tijeras.
—Díganos por dónde empezamos, jefa.
El Factor Sebastián: El Escudo Legal
Al caer la noche, Sebastián apareció en el taller clandestino. No traía consuelo, traía soluciones.
—He analizado la cláusula con mis abogados —dijo, colocando varios fólderes sobre una mesa de corte—. Julián fue astuto, pero cometió un error de soberbia. No especificó que el evento debe ser en la sede oficial. Solo pide "prensa acreditada y registro de preventa".
Abigail levantó la vista de un boceto de un vestido de novia que parecía estar hecho de espinas y seda.
—¿Qué estás sugiriendo?
—Que si intentas hacer un desfile tradicional, él lo bloqueará legalmente o saboteará las modelos —respondió Sebastián con voz firme—. Tienes que ser invisible hasta el último segundo. Necesitas un evento relámpago, algo que la prensa no pueda ignorar y que a él no le dé tiempo de frenar.
Abigail tomó un trozo de tiza sastre y trazó una línea agresiva sobre un rollo de seda cruda. El tic-tac del reloj de la pared se sentía como un martillo en sus sienes, pero ya no la asustaba. Cada segundo que pasaba era un gramo de su legado que estaba recuperando.
Sintió miedo, sí, pero era un miedo útil. Era el miedo del soldado que sabe que solo tiene una bala y no puede fallar.
—Treinta días, Julián —murmuró, mientras el metal de las tijeras cortaba la tela con un sonido seco y definitivo—. Treinta días para que descubras que la única razón por la que tienes un imperio es porque yo decidí construirlo. Y ahora, voy a decidir cómo destruirte a ti.