Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
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Capítulo 13
Adalia avanzaba por los pasillos con paso tranquilo y elegante, como si no estuviera haciendo nada fuera de lo normal.
Cada vez que algún sirviente pasaba cerca, ella inclinaba ligeramente la cabeza.
—Buenos días.
—Señorita.
La saludaban con respeto.
Después de todo, ella era la prometida del príncipe. Nadie sospecharía que estaba allí para otra cosa.
Perfecto… todo normal…
Cuando finalmente llegó al ala del príncipe, notó algo que la hizo relajarse un poco.
Casi no había nadie.
Bien… mejor así.
Miró a ambos lados del pasillo y, al no ver guardias cercanos, abrió la primera habitación que encontró.
Entró rápidamente.
Nada.
Solo muebles, algunos libros y un escritorio vacío.
Salió otra vez y siguió buscando hasta encontrar lo que parecía ser un despacho.
Entró con rapidez y cerró la puerta con cuidado.
El lugar estaba desordenado.
Papeles regados por el escritorio, algunos documentos mal acomodados y otros incluso tirados en el suelo.
Adalia frunció ligeramente el ceño.
Qué descuidado…
Se acercó al escritorio y empezó a revisar.
Pasaba las hojas con rapidez, leyendo lo más importante.
Entonces encontró algo que llamó su atención.
Cartas.
Las abrió rápidamente.
Sus ojos se movieron de línea en línea.
¿Armas?
En varias de las cartas se mencionaban envíos, cantidades y rutas.
El corazón le dio un pequeño salto.
Esto definitivamente es sospechoso.
Sin perder tiempo, dobló una de las cartas y la guardó rápidamente entre su vestido.
Siguió revisando con más urgencia.
Fue entonces cuando vio una hoja arrugada dentro del bote de basura.
La sacó.
La alisó con cuidado.
Sus ojos se detuvieron en la parte inferior.
Había una firma.
Una sola letra.
G
El mismo símbolo que había visto en los documentos del despacho del marquesado.
Lo sabía…
Adalia estaba por seguir buscando cuando escuchó algo.
Pasos.
Varios.
Cada vez más cerca.
¡Rayos!
Miró alrededor desesperadamente buscando dónde esconderse.
El despacho no tenía muchos lugares.
Un escritorio… estanterías… y un sofá.
Sin tiempo para pensar más, se agachó rápidamente detrás del sofá.
Justo cuando la puerta se abrió.
Adalia contuvo la respiración.
Entraron dos personas.
—¿Crees que por fin se fue Adalia? —preguntó Morgana con tono molesto.
Godric resopló.
—Eso espero. Ojalá no esté rondando el palacio buscándome.
Se dejó caer sobre el sofá.
—Es insoportable tener que aguantarla.
Adalia apretó los dientes detrás del mueble.
Imbécil…
Godric continuó.
—Si no fuera por… en fin.
No terminó la frase.
Morgana sonrió de forma insinuante.
—¿En qué estábamos?
Adalia escuchó el sonido de pasos acercándose… y luego silencio.
Luego…
besos.
Godric besaba el cuello de Morgana mientras ella reía suavemente.
Adalia cerró los ojos con fuerza.
Oh por todos los cielos…
¿En serio?
¿Aquí?
Sentía que iba a vomitar.
Por favor… por favor no…
Pero entonces Morgana habló.
—Mejor vayamos a la habitación.
Su tono era juguetón.
—Ahí estaremos más cómodos.
Adalia casi quiso llorar de alivio.
Godric soltó una risa y la levantó en brazos.
—Como ordene mi bella Morgana.
Los pasos se alejaron.
La puerta se cerró.
Silencio.
Adalia se quedó quieta unos segundos más.
Luego soltó el aire lentamente.
—Por fin…
Salió de detrás del sofá rápidamente.
Miró a ambos lados del despacho.
Nada.
Caminó hacia la puerta, la abrió con cuidado y asomó la cabeza al pasillo.
Vacío.
Perfecto.
Sin perder tiempo, se alejó del ala del príncipe lo más rápido posible.
Con una carta escondida en su vestido…
y una nueva prueba de que algo muy turbio estaba ocurriendo.
Y que el príncipe definitivamente estaba involucrado.
En la mansión, Adalia finalmente pudo respirar con calma.
En cuanto llegó a su habitación cerró la puerta con cuidado y caminó directo hacia su escritorio. Sacó la carta que había escondido en su vestido y la extendió sobre la mesa.
La observó con atención.
A primera vista parecía una carta normal, pero cuando empezó a leerla con más detenimiento se dio cuenta de algo.
Había frases que no tenían sentido… a menos que estuvieran escritas en código.
Adalia frunció el ceño mientras seguía leyendo.
—“**Cuando la luna alcance su plenitud, las herramientas llegarán a su destino. El nido estará preparado para el nuevo dueño. La unión sellará el derecho sobre la casa del sur y las montañas negras proveerán lo necesario para la caída del más alto**.”
Adalia se llevó una mano a la boca, sorprendida.
—Por dios…
Se inclinó un poco más sobre la mesa, repasando cada línea lentamente.
Si se leía con cuidado… el significado era claro.
“Luna llena” significaba el día del encuentro.
“Las herramientas” claramente eran armas.
“La unión” debía referirse al matrimonio con ella.
“La casa del sur”… el marquesado.
“Las montañas negras”… probablemente las minas.
Y la última parte…
“La caída del más alto.”
Adalia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—El emperador…
Aquello no era solo una conspiración.
Era un plan para derrocarlo.
Se recostó en la silla, tratando de ordenar sus pensamientos.
Definitivamente había que leer con cuidado para entender todo el mensaje. Si alguien lo leía sin pensar demasiado, parecería una simple correspondencia entre nobles.
Pero en realidad era algo mucho más peligroso.
Adalia dobló la carta con cuidado.
Se levantó, caminó hacia su tocador y abrió uno de los cajones más profundos. Guardó la carta allí, debajo de algunas telas y pequeños cofres.
—Esto será evidencia —murmuró para sí misma.
Cerró el cajón con firmeza.
Luego suspiró.
—Necesito un baño…
Tocó una pequeña campana.
No pasó mucho tiempo antes de que Nina apareciera.
—¿Sí, señorita?
—Prepárame el baño.
—Enseguida.
Minutos después, el baño estaba listo. El vapor llenaba la habitación y el aroma de hierbas relajantes flotaba en el aire.
Adalia se hundió lentamente en el agua caliente, dejando escapar un pequeño suspiro.
—Ah… esto sí lo necesitaba.
Nina se colocó detrás de ella y comenzó a masajearle suavemente los hombros.
Adalia cerró los ojos.
El calor del agua y el masaje hicieron que la tensión del día empezara a desaparecer.
Pero entonces…
Un rostro apareció en su mente.
Cabello rojo.
Mirada dorada.
Adalia frunció un poco el ceño.
—Ese emperador inoportuno…
Recordó el momento en el jardín.
La forma en que la había mirado.
Ese gesto cuando besó su mano.
Adalia sintió que su rostro se calentaba un poco.
—Tsk…
Abrió un ojo y miró el agua.
—Esa mirada…
Cerró los ojos otra vez.
Si hubiera sido en otras circunstancias…
Tal vez…
Adalia sonrió ligeramente para sí misma.
—Me habría tirado encima…
Nina, que estaba detrás de ella, alcanzó a ver la pequeña sonrisa que apareció en el rostro de su señorita.
La criada levantó una ceja.
Negó con la cabeza lentamente.
—¿Qué estará pensando ahora mi señorita…?
Pero decidió no preguntar.
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