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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.
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Capítulo 18 — Regalos que traen sombras
Los días siguientes transcurrieron entre fiestas, banquetes y muestras de generosidad que parecían no tener fin. Los enviados de Qamar descargaban de sus doce barcos maravillas que nadie en el imperio había visto jamás: sedas que brillaban como el agua del mar al amanecer, especias que conservaban su aroma durante años y que servían tanto para dar sabor a los alimentos como para aliviar dolores, cristales tallados con figuras de lunas y estrellas que parecían contener luz propia, y maderas tan suaves y oscuras que parecían negras pero se tornaban doradas cuando les daba el sol. Repartían estos obsequios entre gobernadores, comandantes, los comerciantes más ricos y las familias más influyentes de cada provincia, ganándose poco a poco su simpatía, su gratitud y su admiración sin que nadie se detuviera a preguntarse: ¿por qué nos dan tanto sin pedir nada todavía?
Pero Zeynep no se dejaba engañar por el brillo ni por las palabras amables. Cada tarde, cuando terminaban las audiencias y las visitas, se quedaba con Selim en el gran balcón privado que daba al mar, revisando uno por uno los detalles de lo que ofrecían y lo que de forma sutil empezaban a solicitar. Sentada junto a él, mientras la luz del atardecer bañaba sus cabellos, su largo pelo blanco con reflejos dorados caía suelto sobre sus hombros, y su expresión, siempre serena, tenía ese rastro de prudencia que la caracterizaba:
—Todo esto es un manto para ocultar lo que realmente buscan —dijo suavemente, apoyando la mano sobre el brazo de Selim—. Nos dan cosas hermosas, cosas que nos asombran, para que bajemos la guardia, para que pensemos que son solo amigos generosos. Pero nadie navega tres meses atravesando mares tormentosos y zonas sin mapa solo para regalar tesoros. Hay un fin oculto, y cada día que pasa se nota más claro.
Selim asintió, mientras sostenía con inmensa ternura en sus brazos a Azat: el pequeño tenía el cabello oscuro y rizado igual que el suyo, pero al abrir los ojos mostraba esa claridad y dulzura que solo tenía Zeynep. Hürrem descansaba en una cesta forrada de lino blanco al lado de ellos, con sus mechones dorados sobre el cabello blanco idénticos a su madre, durmiendo tranquila mientras el viento movía suavemente las cortinas.
—He estado hablando con los capitanes de nuestros puertos —dijo él con voz seria—. Cada vez que alguno de ellos recorre la zona acompañando a los de Qamar, terminan preguntando por el mismo lugar: Puerto Blanco. Preguntan por su profundidad, cuántos barcos pueden atracar al mismo tiempo, cuántos soldados lo custodian, quiénes son los encargados, hasta qué tipo de tormentas suele resistir. Si solo vinieran a comerciar, cualquier puerto de la costa les serviría. Pero ese es el único que abre paso directo a todas las rutas comerciales hacia oriente y hacia el norte. Quieren apoderarse de la llave de nuestro mar.
Tres días después, la Princesa Layla pidió audiencia especial para pedir permiso de recorrer los jardines privados y conocer mejor a los pequeños herederos, “pues dicen que son tan maravillosos como sus padres”. Caminaban despacio entre los senderos de rosas blancas y naranjos floridos, el aire lleno de suaves aromas, y al llegar al claro donde solían jugar, encontraron a Ayşe: ya tenía siete años, y con mucha dedicación y paciencia sostenía las manitas de sus hermanos para ayudarles a mantenerse de pie y dar sus primeros pasos sostenidos. Azat daba pasitos decididos aunque inseguros, y Hürrem soltaba risitas cada vez que se tambaleaba, segura de que su hermana no la dejaría caer.
Layla se detuvo un momento observándolos, y luego dirigió su mirada hacia Zeynep con una sonrisa dulce que no llegaba del todo a sus ojos:
—Es impresionante cómo has logrado arraigarte tan profundamente aquí, siendo que no naciste en estas tierras —empezó a decir con tono suave, como si fuera un comentario inocente—. Pero en mi reino se tiene una creencia muy antigua: quien no vio la luz por primera vez bajo el mismo cielo que la tierra que gobierna, nunca termina de pertenecerle del todo. Muchos suelen temer que en el fondo siga conservando sus lealtades a su lugar de origen, y que tarde o temprano termine favoreciendo a los suyos antes que a quienes acogieron. ¿No sientes tú mismo que la gente de aquí pueda pensar así?
Zeynep no se inmutó ni un segundo, no bajó la mirada ni mostró enfado. Se quedó de pie con esa elegancia y firmeza que todos admiraban, y respondió con voz clara y pausada para que nadie pudiera malinterpretarla:
—El cielo es el mismo sobre todas las tierras, Princesa. El sol sale igual para mí que para ti que para cualquiera de mis súbditos. Y la pertenencia no depende del lugar donde uno abre los ojos por primera vez, sino del lugar al que uno entrega su corazón para siempre. Yo llegué aquí sin nada, y aquí encontré amor, familia, y una causa por la que darlo todo. He cuidado a este pueblo en la enfermedad, he caminado entre ellos en las sequías, he defendido su tierra y su paz con mi propia vida. Y la gente lo ha visto, lo ha sentido, y por eso saben que mi lealtad no está dividida: está toda puesta aquí, en Selim, en mis hijos y en este imperio entero. Las dudas solo las siembran quienes tienen miedo de que la verdad se sepa.
Layla soltó una pequeña risa y bajó la mirada como si se sintiera avergonzada:
—Claro, tienes toda la razón, no debí decirlo así. Solo son costumbres y miedos de mi tierra, nada más. Pero esas palabras ya habían sido dichas, lanzadas como una semilla que empieza a brotar en cuanto encuentra un poco de duda.
Al día siguiente, esas palabras ya habían recorrido cada rincón. En el mercado se oía a la gente comentar bajito: *“Dicen que cuando lleguen los acuerdos reales, ella cederá los puertos a los que son de su misma procedencia”*, *“Que toda esa generosidad de ellos es para comprar su favor”*, *“Al final solo protegerá a los que vienen de fuera”*. Los rumores crecían rápido, alimentados por sirvientes y comerciantes que habían recibido regalos, y que ahora repetían lo que les habían insinuado sin saber de dónde venía.
Esa tarde, Gül entró en los aposentos con el rostro serio y un pequeño pergamino en la mano:
—Sultana, he hablado con las lavanderas y los guardias que atienden el alojamiento de los huéspedes. Dicen que cada noche salen cartas selladas con el sello de media luna azul, enviadas hacia sus barcos. Y lo que me han contado los muchachos del puerto: han estado tomando medidas de la entrada de Puerto Blanco, preguntando por las mareas, los horarios de cambio de guardia, dónde están los cañones… cosas que nadie necesita saber para comerciar.
Zeynep tomó el pergamino que contenía todo lo recogido y se lo entregó a Selim, que lo leyó con atención mientras apretaba los labios:
—No podemos acusarlos sin pruebas claras, o dirán que somos injustos y hostiles con los extranjeros —dijo él—. Pero tampoco podemos quedarnos esperando a que nos ataquen por sorpresa. Reforzaremos los puertos, duplicaremos las rondas, y mañana mismo convocaremos a toda la población en la plaza principal para que escuchen la verdad directamente de nosotros. No dejaremos que las mentiras ganen terreno.
En ese momento, una pequeña mano tocó el borde de la mesa. Era Ayşe, que se había quedado escuchando todo desde el rincón donde estaba sentada. Se acercó con esa seriedad que ya empezaba a tener, y dijo mirando a sus padres a los ojos:
—Yo también he escuchado cosas. Cuando la gente habla mal de vosotros en los pasillos o en el jardín. Yo no les creo nada, y voy a seguir escuchando muy bien todo lo que dicen los huéspedes, todo lo que hacen. Si se les escapa alguna verdad, yo vendré corriendo a contároslo enseguida. Yo soy la hermana mayor, y mi deber es cuidar de todos vosotros igual que vosotros cuidáis de mí.
Selim se levantó, la tomó en brazos y la abrazó con todo el orgullo que sentía:
—Tienes razón, hija mía. Eres parte de esta guardia, parte de esta verdad. Juntos descubriremos qué es lo que planean, y juntos haremos que nada malo nos alcance.
Mientras tanto, en el ala de huéspedes del palacio, la Princesa Layla miraba hacia la ventana, observando cómo las luces de la familia real permanecían encendidas. Su embajador Jalil entró despacio:
—Los rumores van bien, la gente empieza a dudar de ella. Pero no caen tan fácil como pensábamos.
—Tienen razón en mantenerse alerta —respondió ella con una sonrisa fría—. Pero cuanto más intenten protegerse, más mostrarán lo mucho que les importa ese puerto. Seguiremos dando pasos pequeños, hasta que sea demasiado tarde para que puedan retroceder. Todo saldrá como hemos planeado.
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**FIN DEL CAPÍTULO 18**