En las heladas tierras de Rusia nació un hombre destinado a conocer el verdadero significado del sufrimiento. Desde su infancia fue arrojado a un mundo de violencia, traición y muerte, donde cada día era una batalla por sobrevivir. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran solo una pequeña muestra de las heridas que consumían su alma. Después de perder todo aquello que alguna vez amó, se convirtió en una sombra de sí mismo: un guerrero despiadado que caminaba entre cadáveres y campos de batalla sin sentir miedo, compasión o esperanza. Para él, el mundo era un infierno interminable, y él mismo era uno de sus demonios. Sin embargo, cuando el destino parecía haber sellado su condena, una mujer apareció en su vida. A diferencia de los demás, ella no vio al monstruo que todos temían, sino al hombre roto que se ocultaba tras años de dolor. Con paciencia, valentía y una determinación inquebrantable, comenzó a derribar los muros que protegían su corazón.
NovelToon tiene autorización de Black_Dragon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 9: La vida es cálida
Cuando abrí los ojos, el cielo ya estaba aclarando.
La tormenta había terminado.
O al menos eso parecía.
Permanecí unos segundos tumbado sobre la nieve.
Respirando.
Observando las nubes moverse lentamente sobre mí.
Todo mi cuerpo dolía.
Mis piernas.
Mis brazos.
Mi espalda.
Pero seguía vivo.
Después de todo...
Seguía vivo.
Me incorporé lentamente.
La nieve cayó de mi ropa.
Miré a mi alrededor.
No había rastro de la mansión.
No había guardias.
No había vehículos.
No había órdenes.
Solo árboles.
Bosque.
Y silencio.
Un silencio diferente.
Más tranquilo.
Menos amenazante.
Por primera vez en mi vida no sabía qué hacer.
Y aquello resultaba extraño.
Toda mi existencia había estado definida por órdenes.
Ahora no tenía ninguna.
Así que simplemente caminé.
---
Horas después los árboles comenzaron a desaparecer.
Y entonces lo vi.
Un pequeño pueblo.
Me detuve.
Observándolo.
Era diminuto comparado con cualquier ciudad.
Pero para mí parecía enorme.
Porque jamás había visto algo así.
Había casas por todas partes.
Pequeñas chimeneas expulsaban humo.
La gente caminaba por las calles.
Algunos hablaban.
Otros reían.
Niños jugaban cerca de una plaza.
Todo era... extraño.
Muy extraño.
Y hermoso.
No entendía cómo explicarlo.
Simplemente era diferente.
Diferente a todo lo que había conocido.
Di un paso.
Luego otro.
Y entré al pueblo.
---
Mientras caminaba, mis ojos no dejaban de moverse.
Todo llamaba mi atención.
Los colores.
Las tiendas.
Las ventanas iluminadas.
Las personas.
Parecía otro mundo.
Un mundo que jamás me habían permitido conocer.
Pasé frente a una panadería.
El aroma me hizo detenerme.
Nunca había olido algo así.
Era cálido.
Dulce.
Reconfortante.
Sentí mi estómago protestar.
No recordaba cuándo había sido la última vez que había comido adecuadamente.
Seguí caminando.
Lentamente.
Observando cada detalle.
Como un extranjero descubriendo otro planeta.
Y quizás eso era exactamente lo que era.
---
Entonces la vi.
Caminaba por una de las calles principales.
Llevaba un vestido sencillo.
Un abrigo grueso para protegerse del frío.
En una mano sostenía una pequeña cubeta con agua.
Su cabello era corto.
Oscuro.
Y se movía suavemente con el viento.
No parecía mucho mayor que yo.
Quizás algunos años más.
Quizás no.
No sabía calcular esas cosas.
Ella levantó la vista.
Y me vio.
Nuestros ojos se encontraron.
Por unos segundos ninguno habló.
Simplemente nos observamos.
Yo no sabía qué decir.
Ella tampoco parecía saberlo.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Ella sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Natural.
Como si fuera algo normal.
Como si sonreír fuera tan sencillo como respirar.
Aquello me desconcertó.
Porque nadie me había sonreído nunca.
No de aquella manera.
No sin esperar algo a cambio.
No sin miedo.
No sin interés.
Simplemente sonrió.
Y por alguna razón mi mente se quedó completamente en blanco.
---
Intenté dar otro paso.
Pero mi cuerpo tenía otros planes.
Todo comenzó a dar vueltas.
El cansancio acumulado.
El frío.
El hambre.
La falta de sueño.
Todo regresó al mismo tiempo.
Escuché una voz.
Lejana.
Preocupada.
Luego otra.
Y otra más.
Después llegó la oscuridad.
---
Cuando desperté sentí algo extraño.
Calor.
Mucho calor.
Parpadeé varias veces.
Confundido.
Desorientado.
Mi cuerpo estaba hundido en algo suave.
Una cama.
Era una cama.
Una cama de verdad.
No una tabla de madera.
No una litera militar.
Una cama.
Me incorporé de golpe.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
Miré alrededor.
Una habitación desconocida.
Paredes de madera.
Muebles sencillos.
Una ventana cubierta por cortinas.
Todo parecía acogedor.
Todo parecía demasiado tranquilo.
La puerta se abrió.
Instintivamente me preparé para reaccionar.
Pero entonces apareció ella.
La misma chica.
Llevaba una bandeja entre las manos.
Sobre ella había un recipiente con agua caliente y un pañuelo.
Al verme despierto sonrió ligeramente.
—Ya despertaste.
Su voz era suave.
Extrañamente suave.
Me quedé observándola.
Sin responder.
Ella pareció notar mi nerviosismo.
—Tranquilo.
—No estás en problemas.
Aquellas palabras me resultaron extrañas.
Porque durante toda mi vida despertar normalmente significaba problemas.
---
La chica dejó la bandeja sobre una mesa cercana.
Luego se acercó.
Yo observaba cada movimiento.
Por costumbre.
Por entrenamiento.
Pero ella parecía completamente relajada.
Tomó el pañuelo.
Lo sumergió en el agua tibia.
Y después lo colocó sobre mi frente.
Me quedé inmóvil.
Confundido.
—Tenías fiebre.
—Estabas congelado cuando te encontramos.
Seguía sin entender.
¿Por qué hacía aquello?
¿Por qué ayudaba a un desconocido?
¿Por qué se preocupaba?
Aquellas cosas no tenían sentido para mí.
—¿Por qué?
La pregunta escapó de mi boca.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué me ayudaste?
La chica pareció sorprendida.
Como si la respuesta fuera obvia.
—Porque lo necesitabas.
Guardé silencio.
No entendía.
Realmente no entendía.
---
Pasaron varios minutos hablando.
Bueno...
Ella hablaba.
Yo respondía con frases cortas.
A veces con una sola palabra.
No estaba acostumbrado a conversar.
Mucho menos de forma normal.
Cuando finalmente terminó de comprobar mi temperatura sonrió nuevamente.
Luego acomodó un pequeño mechón de cabello detrás de su oreja.
Un gesto simple.
Cotidiano.
Pero por alguna razón me quedé observándolo.
Y entonces noté algo.
Sus ojos.
Eran cálidos.
Amables.
No había miedo.
No había crueldad.
No había violencia.
Solo bondad.
Algo que jamás había visto tan de cerca.
Y por primera vez en mucho tiempo no supe qué pensar.
---
—Creo que ya estás mejor.
Asentí lentamente.
Ella pareció satisfecha.
—Perfecto.
—Entonces ven.
—La cena ya está lista.
Cena.
Otra palabra extraña.
En la mansión la comida era una necesidad.
Nada más.
Jamás había sido una reunión.
Jamás había sido algo especial.
Me levanté lentamente.
Y la seguí.
---
Bajamos las escaleras.
El aroma que llenaba la casa era increíble.
Caliente.
Reconfortante.
Acogedor.
Entramos en la sala principal.
Y entonces me detuve.
Porque allí estaba su familia.
Todos juntos.
Alrededor de una mesa.
Su padre.
Su madre.
Y dos hermanos gemelos que discutían por algo que ni siquiera entendí.
La escena parecía sacada de otro mundo.
Un mundo imposible.
El padre levantó la vista.
—Así que ya despertó.
La madre sonrió.
—Siéntate.
Debes tener hambre.
Los gemelos también me miraron.
Con curiosidad.
No con miedo.
No con desconfianza.
Solo curiosidad.
Aquello era completamente nuevo para mí.
Me senté lentamente.
Sin saber qué hacer.
Sin saber qué decir.
Sin saber cómo comportarme.
Porque jamás había estado en una mesa familiar.
Jamás.
---
Mientras los observaba hablar entre ellos, reír y compartir historias, sentí algo extraño dentro de mi pecho.
Una sensación cálida.
Dolorosa.
Hermosa.
Y triste al mismo tiempo.
Porque comprendí algo.
Aquello era una familia.
Una familia de verdad.
No una organización.
No una prisión.
No una mansión llena de monstruos.
Una familia.
Y mientras escuchaba sus voces mezclarse con el sonido de la chimenea, me di cuenta de algo que jamás había entendido hasta ese momento.
Durante toda mi vida había buscado a un padre.
Pero sentado en aquella mesa comprendí que una familia no se define por la sangre.
Se define por las personas que deciden cuidarte cuando no tienen ninguna obligación de hacerlo.
Y por primera vez desde que nací...
Sentí que quizás existía un lugar para mí en el mundo.