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¿ESTE ES MI FINAL?

¿ESTE ES MI FINAL?

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Romance / Padre soltero
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Cintya Flores

Reencarné dentro de la novela que más amaba, pero no como la heroína. Soy la hija del duque más temido y odiado del imperio — un personaje que ni siquiera debería existir. No conozco mi final, pero sí sé una cosa: protegeré a mi familia aunque el mundo entero se ponga en mi contra.

NovelToon tiene autorización de Cintya Flores para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Rescate

El camino de vuelta a la mansión fue silencioso.

Nazaria caminaba delante con Crista. Kein iba al lado del niño sin mirarlo directamente, con esa habilidad particular que tenía para estar completamente atento a algo sin que pareciera que lo estaba. El niño caminaba en el centro del grupo con la cabeza levemente inclinada, como alguien que está evaluando constantemente las salidas posibles de cualquier espacio en el que se encuentre.

«No confía en nosotros.»

«Tiene todo el sentido del mundo. Acaba de conocernos hace diez minutos y lo estamos llevando a un lugar que no conoce.»

«Yo haría lo mismo.»

Nazaria resistió el impulso de voltearse a mirarlo cada dos pasos, que era lo que quería hacer, y en cambio mantuvo el paso tranquilo y la vista al frente.

«Dale espacio. No lo asustes más de lo que ya está.»

Cuando llegaron a la mansión y cruzaron el patio trasero hacia el ala donde Rusto tenía su consulta, uno de los caballeros que había estado siguiéndolos en el mercado apareció junto a Kein y le murmuró algo al oído. Kein asintió sin cambiar la expresión.

El niño lo notó. Sus ojos se movieron hacia el caballero recién llegado y luego hacia las puertas de la mansión y luego hacia el camino por el que habían venido, calculando.

—No vamos a encerrarte —dijo Nazaria, sin voltearse.

El niño no respondió.

—Solo vamos a curar las heridas. Después tú decides.

Silencio.

Pero sus pasos no se detuvieron.

......................

Rusto estaba en su consulta cuando entraron, inclinado sobre una mesa llena de frascos y notas escritas en papel fino, con esa expresión de concentración absoluta de alguien que ha encontrado exactamente el problema que quería resolver. Levantó la vista al escuchar la puerta.

Miró a Nazaria. Miró a Crista. Miró a Kein.

Luego miró al niño.

—¿Qué pasó? —preguntó, ya moviéndose hacia ellos antes de terminar la pregunta.

—Lo encontramos en el mercado —dijo Nazaria—. Tres hombres adultos. Lo golpearon.

Rusto no hizo más preguntas. Se agachó frente al niño con la naturalidad práctica de alguien acostumbrado a evaluar heridas, y el niño se tensó como un resorte pero no retrocedió.

—¿Puedo revisarte? —preguntó Rusto directamente.

El niño lo miró.

Asintió. Un movimiento mínimo, casi invisible.

«Lo mismo que hizo conmigo en el callejón. Solo el movimiento necesario. Nada extra.»

Rusto trabajó en silencio durante varios minutos. Una herida en el labio, un golpe en las costillas que hizo que el niño apretara la mandíbula cuando Rusto palpó el área, raspones en las manos. Nada roto, pero el estado general del niño le preocupaba más que las heridas específicas — demasiado delgado, demasiados moretones viejos mezclados con los nuevos, ese tipo de cansancio que no viene de un día sino de meses.

—Ya está —dijo Rusto finalmente, sellando el último vendaje—. Las costillas no están rotas, solo golpeadas. Descansa unos días y come. —Hizo una pausa—. Si puedes.

El niño lo miró sin decir nada.

Nazaria, que había estado esperando sentada en la silla del rincón con la paciencia de alguien que ha decidido que no va a apurar nada, se puso de pie.

—¿Tienes hambre?

Una pausa larga. El tipo de pausa que viene de alguien que ha aprendido que contestar preguntas directas a veces tiene consecuencias.

Luego, muy despacio, el niño asintió.

......................

Lo sentaron en la cocina.

Crista puso pan, queso, fruta y un tazón de sopa ante él con la eficiencia silenciosa de alguien que considera que la comida es la respuesta a la mayoría de los problemas del mundo. El niño miró el tazón. Luego miró a Nazaria, que estaba sentada al otro lado de la mesa con su propio vaso de jugo, mirando hacia la ventana con toda la apariencia de alguien que no está prestando atención.

«Come. No te voy a mirar. Como si estuvieras solo.»

El niño comió.

Al principio despacio, con esa cautela de quien no está seguro de que la comida vaya a seguir estando ahí si baja la guardia. Luego más rápido, cuando algo en él decidió que la amenaza inmediata era baja y el hambre ganó la discusión.

Nazaria siguió mirando la ventana.

«Tres días sin comer mínimo. Tal vez más.»

«¿Cuánto tiempo lleva solo?»

Cuando el silencio se volvió cómodo — o tan cercano a cómodo como podía estar con un desconocido en una cocina ajena —, Nazaria giró la cabeza hacia él.

—¿Cómo te llamas?

El niño levantó la vista del tazón.

La miró durante un momento largo.

—No tengo nombre —dijo. Su voz era ronca, como alguien que no habla mucho. Baja para su edad—. O sea, no tengo uno que importe.

«Eso no es lo mismo que no tener nombre.»

—¿Cómo te llamaba la gente? —preguntó Nazaria.

Otro silencio.

—Chico. Huérfano. —Una pausa breve—. Cosas peores.

Nazaria asintió como si eso fuera información perfectamente normal y procesable.

—¿Cuántos años tienes?

—No sé exactamente. —Miró la mesa—. Creo que ocho. O siete. No estoy seguro.

«Más o menos mi edad, entonces. Pero con una vida completamente diferente.»

—¿Tienes a dónde ir cuando salgas de aquí?

La pregunta fue directa. Sin rodeos. El niño la miró con una expresión que decía que apreciaba que no le estuvieran endulzando la situación.

—No.

Nazaria tomó un sorbo de su jugo.

—Entonces quédate.

El niño frunció el ceño.

—¿Por qué?

«Buena pregunta. La persona promedio no recoge a un desconocido del mercado y lo invita a vivir en la mansión del duque más temido del imperio.»

—Porque no tienes a dónde ir y aquí hay espacio —dijo Nazaria—. Y porque Rusto dice que necesitas descansar y comer, y eso es difícil de hacer en la calle.

—No necesito que me cuiden.

—No te estoy ofreciendo que te cuiden. Te estoy ofreciendo un lugar.

El niño la miró fijamente durante varios segundos.

«No me crees», pensó Nazaria. «No confías. Y eso está bien. No tienes ninguna razón para hacerlo todavía.»

—El duque vive aquí —dijo el niño finalmente, con un tono que lo decía todo.

—Sí.

—El duque diabólico.

—Le llaman así.

—¿Y tú eres su hija.

—Sí.

El niño procesó eso.

—¿No te da miedo?

Nazaria consideró la pregunta con honestidad.

—No —dijo—. ¿A ti te da miedo quedarte?

Una pausa muy larga.

—Un poco —admitió el niño, con esa honestidad abrupta de alguien que no ve el punto de mentir cuando ya no tiene nada que perder.

—Eso es razonable —dijo Nazaria—. Si decides irte, nadie te va a detener. Pero si decides quedarte, también está bien.

Lo dejó con eso.

Se bajó de la silla, recogió su vaso y se dirigió a la puerta.

—Crista —llamó—, ¿puedes mostrarle una habitación?

—Por supuesto, señorita —respondió Crista desde el pasillo, con el tono de alguien que había escuchado toda la conversación y había tomado sus propias decisiones al respecto.

Nazaria salió de la cocina.

En el pasillo, Kein la esperaba con la espalda contra la pared y los brazos cruzados.

—El duque va a querer saber —dijo.

—Lo sé.

—¿Quiere que lo informe yo o lo hace usted?

«Definitivamente lo hago yo. Si Kein le dice primero, va a haber una expresión de "explícame exactamente qué pasó" y yo prefiero controlar esa conversación.»

—Lo hago yo —dijo Nazaria—. Esta noche en la cena.

Kein asintió.

«Va a ser una cena interesante», pensó el caballero, mirando hacia la cocina donde el niño seguía sentado solo frente a un tazón vacío y una decisión sin tomar.

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Lorena Itriago
hay otra versión de esta Novela?
Carmen Otero
me encanta tu novela escritora. en espera de más capítulos
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