Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 7
Cap 7: Sangre y apellido
Don Eduardo Valderrama bajó del carro con la parsimonia de quien no necesita apurarse para que el mundo lo espere.
Alto, ancho de hombros, pelo canoso al ras, bronceado de yate. Traía un traje gris oscuro sin corbata y un reloj de oro que atrapó la luz de las velas cuando se abrochó el botón del saco. Detrás de él bajó un asistente que Don Eduardo no miró. Nunca miraba a la gente que caminaba detrás de él.
Dante lo observó desde la mesa tres con la mandíbula trabada. A diferencia de Doña Eugenia, Don Eduardo nunca le había puesto una mano en el hombro. Nunca le había mandado dinero. Nunca lo había mirado a los ojos lo suficiente como para que valiera la pena recordar el color de los suyos.
Emilio fue el primero en llegar hasta él. Cruzó la carpa a paso rápido, con la sonrisa de hijo modelo ya puesta, y le tendió la mano.
—Papá, qué bueno que llegaste. ¿Cómo estuvo el vuelo?
Don Eduardo le estrechó la mano sin detenerse. Pasó la mirada por la carpa de cristal, las mesas, los arreglos florales, la orquesta de cuerdas, y frunció el ceño.
—¿Esto es todo?
Emilio parpadeó.
—¿Cómo?
—Trescientos cincuenta confirmaron y solo hay doscientos. ¿Dónde están las otras mesas? —Don Eduardo señaló la carpa—. La iluminación parece de primera comunión.
—Lo que aprobó el organizador...
—El organizador trabaja para ti, no al revés. Es tu compromiso. De un Valderrama. —La voz bajó pero el tono se afiló—. Esto parece la graduación de una secundaria particular.
Emilio tragó saliva.
—Hay algo más —dijo, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—. Dante está aquí.
Don Eduardo giró la cabeza medio centímetro. Lo suficiente para que Emilio supiera que había escuchado, no lo suficiente para que pareciera que le importaba.
—Es idea de tu abuela, déjala.
—Pero, papá...
—No pierdas la compostura por alguien que no importa.
La frase atravesó los quince metros que los separaban de la mesa tres. Dante la escuchó completa. "Alguien que no importa." Sostuvo el vaso de whisky contra los labios sin beber.
A su lado, Sebastián no se movió. Pero su mano izquierda se cerró en un puño lento sobre la mesa.
Entonces Don Eduardo preguntó:
—¿Vino Sebastián?
Dante giró la cabeza. El tono había cambiado. Ya no era la voz de acero. Había algo que Dante no tenía nombre para describir porque nunca lo había escuchado dirigido hacia él: interés genuino.
Emilio asintió, rígido.
—Está por allá. ¿Lo llamo?
—Tráelo.
Emilio caminó hacia la mesa tres. Al llegar, ignoró a Dante y se dirigió a Sebastián.
—Mi papá quiere verte. En la mesa principal.
Sebastián levantó el vaso de agua, le dio un trago corto y lo dejó sobre la mesa antes de contestar.
—Dile que en un momento voy. Estoy en medio de algo.
—¿En medio de qué?
—De una conversación.
Emilio miró a Dante por primera vez. Los ojos le ardían con algo más viejo que los celos.
—¿Conversación? ¿Con él?
—Conmigo —corrigió Dante.
Se puso de pie. Le puso la mano en el hombro a Sebastián y miró a Emilio desde los dos centímetros que le sacaba de estatura.
—¿No oyes? Dijo que quiere ponerse al día conmigo. Ve y dile a tu papá que Sebastián va en un rato.
Emilio miró a Sebastián buscando un desmentido. Sebastián no dijo nada. Emilio dio media vuelta y se fue.
Dante empezó a quitar la mano del hombro de Sebastián.
No llegó a hacerlo.
Los dedos de Sebastián le atraparon las yemas. No la mano entera, solo las puntas de los dedos —índice, medio, anular—, en un ángulo que quedaba oculto entre el respaldo de la silla y el mantel. Desde cualquier otra mesa, el gesto era invisible. Desde donde estaba Dante, era lo único que existía en la fiesta.
El pulgar de Sebastián le recorrió la palma. Un trazo lento, de la base de los dedos hasta el centro, con las mismas callosidades que le habían tocado la oreja minutos antes. El roce era mínimo y al mismo tiempo tan deliberado que no dejaba espacio para malinterpretarlo.
"Suéltame", pensó Dante. No lo dijo. Intentó retirar la mano y los dedos de Sebastián se cerraron un milímetro más, sin fuerza, con la certeza tranquila de quien sabe que el otro no se va a ir.
Tenía razón.
El pulgar completó otro trazo, desde la base del dedo medio hasta la muñeca. Dante sintió que la piel le hormigueaba como si le hubieran pasado un cerillo encendido sin quemarlo.
—Sebastián.
—¿Mm?
—Suéltame.
Sebastián le soltó los dedos. Cuando retiró la mano, sus dedos rozaron los de Dante una última vez, y esa vez no fue un accidente.
Dante se volvió a sentar. El corazón le latía en las muñecas.
···
Don Eduardo no esperó. Fue él quien cruzó la carpa hasta la mesa tres, ignoró a Dante con la naturalidad de quien ignora un mueble, y le puso ambas manos en los hombros a Sebastián.
—Muchacho. Mírate nada más.
La voz era otra. Esta tenía algo que a Dante le revolvió el estómago: afecto paternal.
Sebastián se puso de pie.
—Don Eduardo, bienvenido. ¿Cómo estuvo Madrid?
—Una pesadilla de juntas. Pero me traje un Rioja que te va a gustar. —Don Eduardo le apretó los hombros con la familiaridad de quien ha repetido ese gesto decenas de veces—. Quédate esta noche en la hacienda. Quiero que mañana desayunemos con calma, hay un par de cosas que me gustaría platicar contigo.
"Así habla un padre", pensó Dante. "Así se ve cuando alguien te quiere."
Don Eduardo lo había mirado a los ojos exactamente dos veces en veinticuatro años, y en ambas fue para decirle que se comportara. Ahora le ofrecía desayuno y vino importado al hijo de otro hombre.
Algo se le agrietó adentro. No se rompió, pero la grieta estaba ahí, fina y profunda como una fisura en un muro de concreto.
Sebastián aceptó con una sonrisa leve. Pero antes de que Don Eduardo se diera la vuelta, hizo algo que Dante no esperaba.
—Dante, ¿tú te quedas esta noche?
Don Eduardo giró la cabeza y, por primera vez en toda la noche, miró directamente a Dante. Los ojos del viejo eran oscuros, iguales a los de ambos hijos, y durante un segundo Dante vio algo que no supo descifrar: incomodidad, cálculo, o la molestia de quien se ve obligado a reconocer algo que preferiría olvidar.
No podía decir que no. No frente a Sebastián. Negarse ahora sería admitir lo que toda la familia sabía en privado: que Dante no contaba.
—Quédate —dijo Don Eduardo, con el tono de quien firma un cheque a regañadientes—. Tu abuela quiere hablar contigo de todas formas.
Y así, con una sola pregunta hecha por la persona correcta en el momento exacto, la puerta que había estado cerrada durante más de veinte años se abrió un centímetro.
Dante miró a Sebastián. Sebastián no lo estaba mirando a él. Tenía la vista fija en Don Eduardo con esa expresión cortés que usaba cuando sabía exactamente lo que estaba haciendo y no quería que nadie más lo supiera.
···
Dante entró al baño después de su tercer whisky. Empujó la puerta del último cubículo y se sentó sobre la tapa cerrada. No necesitaba usarlo. Necesitaba treinta segundos sin la cara de Don Eduardo detrás de los párpados.
La puerta principal del baño se abrió. Pasos múltiples. Risas contenidas.
—Güey, ya viste al bastardo del pelo verde.
Dante se quedó inmóvil.
—¿El hijo ilegítimo? Sí, lo vi. ¿Quién lo dejó entrar?
—La abuela. —La voz bajó, pero en el silencio de los azulejos cada palabra rebotaba—. Emilio está que se lo lleva la chingada. Dice que le arruinó las fotos.
—Se las arruinó nada más por existir, cabrón. Imagínate: sales en la portada de una revista junto al gemelo pobre que se pintó el pelo de verde. Es un chiste.
Las risas se multiplicaron. Tres voces, tal vez cuatro.
—¿Y qué va a hacer Emilio?
—Dice que le hable a seguridad para que lo saquen. Que invente cualquier pretexto: que está borracho, que amenazó a alguien, lo que sea. El punto es que se largue antes de que sirvan la cena.
—Mejor. Que lo corran. Ese tipo no tiene nada que hacer aquí.
—No tiene nada que hacer en ningún lado. Es un mantenido con apellido prestado.
Dante se puso de pie despacio. La rabia le subía por el pecho como mercurio en un termómetro, pero no le nubló la cabeza. Nunca lo hacía. La rabia de Dante Valderrama Solís era fría, el tipo de furia que mejora la puntería en lugar de arruinarla.
Empujó la puerta del cubículo. El golpe contra la pared de azulejo resonó como un disparo. Los cuatro tipos frente al espejo giraron al mismo tiempo. Amigos de Emilio. El tipo de hombres que nacen en tercera base y creen que batearon un triple.
—Sigan, sigan —dijo Dante, recargándose en el marco de la puerta con los brazos cruzados—. ¿Quién me iba a sacar? ¿Tú? —Señaló al más alto con la barbilla—. ¿O tú? —Al que tenía la corbata floja—. Porque les aviso: los puedo mandar desde este baño hasta la tarima de la orquesta de un solo putazo. Y ni siquiera me voy a despeinar.
Nadie habló. El más alto tragó saliva. El de la corbata floja dio medio paso hacia atrás.
—Es una fiesta familiar —completó Dante—. Y yo soy familia. El bastardo con apellido prestado, ¿no? —Avanzó un paso. Solo uno. Pero los cuatro retrocedieron como si hubiera avanzado tres—. Díganle a Emilio que si quiere correrme, que venga él.
Abrió la puerta del baño y la sostuvo.
—Después de ustedes.
Salieron sin mirarlo. Dante se lavó las manos despacio, se acomodó el cuello de la camisa, y salió.
···
La fiesta fue muriendo hacia la medianoche. Los meseros empezaron a recoger manteles.
El mayordomo apareció en el vestíbulo con una lista en la mano.
—Los cuartos de huéspedes están en el ala norte, planta alta. —Se dirigió a Sebastián—. Señor Montero, la primera habitación junto a la escalera. La número uno.
Sebastián asintió.
—Gracias.
El mayordomo consultó la lista.
—Señor Valderrama Solís, la habitación siete. Al fondo del pasillo.
La primera y la última. Lo más lejos posible el uno del otro. Dante no sabía si era coincidencia o diseño, pero tratándose de esta familia, apostaba por lo segundo.
Subió las escaleras detrás de Sebastián. El pasillo era largo, piso de madera oscura, cuadros coloniales. Sebastián se detuvo frente a la primera puerta. Sacó la llave y la giró en la cerradura. Antes de entrar, se volvió.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
La puerta se cerró.
Dante caminó hasta el final del pasillo. La habitación siete olía a madera vieja y lavanda. Sobre la mesita de noche, una botella de agua y un vaso. Ningún detalle de bienvenida. Lo mínimo necesario para que no se pudiera decir que no lo habían atendido.
Se quitó el saco, los zapatos, y se sirvió un whisky del minibar. Pensó en las manos de Don Eduardo sobre los hombros de Sebastián. En la palabra "bastardo" rebotando contra los azulejos. En el pulgar de Sebastián trazando una línea en su palma, como si estuviera escribiendo algo que solo la piel pudiera leer.
Se sirvió otro whisky. Y otro.
A la una y media de la mañana, Dante Valderrama Solís caminó por el pasillo del ala norte con la camisa desfajada, los primeros tres botones abiertos, el pelo verde despeinado y una botella medio vacía colgando de los dedos. Llegó a la puerta número uno y tocó tres veces con los nudillos.
La puerta se abrió.
Sebastián estaba en pants y camiseta blanca. Descalzo. El pelo suelto, sin gel, cayéndole sobre la frente.
Dante se recargó en el marco de la puerta. Lo miró de arriba abajo con la honestidad brutal que solo da el alcohol mezclado con algo que lleva demasiado tiempo guardado.
—Vamos a coger.