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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 19 DIEGO DESAPARECE

Lucía había comenzado a desconfiar de los silencios.

Ya no confiaba en las mañanas demasiado tranquilas.

Ni en los automóviles que permanecían demasiado tiempo estacionados.

Ni en las llamadas que terminaban sin explicación.

Ni siquiera en las buenas noticias.

Había aprendido, a la fuerza, que detrás de cada aparente normalidad podía existir algo que todavía no comprendía.

Por eso, aquella mañana, cuando despertó y no escuchó a Diego discutir con Teresa desde la cocina, sintió inmediatamente que algo estaba mal.

No sabía explicar por qué.

Simplemente lo sintió.

Abrió los ojos.

Miró el reloj.

7:18.

La casa estaba extrañamente silenciosa.

Se levantó.

Abrió la puerta.

—¿Mamá?

No respondió nadie.

Caminó hacia la cocina.

Teresa estaba allí, preparando café.

—Buenos días —dijo.

Lucía respiró con alivio.

—Buenos días.

—¿Dormiste?

—Un poco.

Teresa sonrió.

—Hay café.

Lucía tomó la taza.

Miró alrededor.

—¿Y Diego?

Teresa se encogió de hombros.

—Todavía está durmiendo.

Lucía frunció el ceño.

—¿Seguro?

—Sí.

—Voy a despertarlo.

Subió las escaleras.

Golpeó la puerta.

—Diego.

Nada.

Volvió a golpear.

—Diego.

Silencio.

Abrió.

La cama estaba tendida.

La ventana estaba cerrada.

No había nadie.

Lucía sintió un vacío repentino en el pecho.

—Mamá.

Teresa apareció detrás.

—¿Qué pasó?

—No está.

Teresa entró.

Miró la habitación.

—Quizá salió temprano.

Lucía negó.

—No.

—¿Por qué?

—Su mochila está aquí.

Teresa se quedó quieta.

Lucía miró el escritorio.

El teléfono de Diego no estaba.

Pero tampoco estaba su cargador.

—¿Se llevó el teléfono?

—Supongo.

Lucía tomó el móvil.

Lo llamó.

El teléfono sonó.

Una vez.

Dos.

Tres.

Después entró el buzón de voz.

Lucía sintió una presión en el pecho.

—No responde.

Teresa intentó tranquilizarla.

—Tal vez salió con un amigo.

—¿A esta hora?

—Es joven.

—Mamá.

Teresa la miró.

Lucía tenía una expresión que ella ya conocía.

La expresión de alguien que acababa de detectar un peligro.

—Voy a buscarlo.

Diego no era un hombre de desaparecer.

Podía pasar horas fuera.

Podía ir al instituto.

Podía salir con sus amigos.

Podía jugar fútbol.

Pero siempre enviaba un mensaje.

“Ya llegué.”

“Estoy con Luis.”

“Voy tarde.”

“No me esperen.”

Era algo que Teresa le había enseñado desde adolescente.

No porque fueran controladores.

Sino porque en aquella familia siempre habían tenido la costumbre de avisarse.

Lucía llamó nuevamente.

Nada.

Abrió el chat.

El último mensaje era de la noche anterior.

“Mañana tengo que salir temprano.”

Lucía recordó la frase.

Le había parecido normal.

Ahora no.

Lo había dicho mientras cenaban.

—¿A dónde vas? —había preguntado ella.

—Tengo que entregar algo.

—¿Qué cosa?

—Unos documentos.

—¿A quién?

Diego se había encogido de hombros.

—A un amigo.

Lucía lo había dejado pasar.

Ahora aquella conversación regresó a su memoria.

—Mamá.

Teresa la miró.

—¿Qué?

—Ayer dijo que tenía que entregar unos documentos.

Teresa palideció.

—¿A quién?

—No lo sé.

Lucía comenzó a revisar la habitación.

El escritorio.

Los cajones.

La mochila.

Los libros.

Nada.

Entonces abrió el armario.

Encontró una chaqueta que Diego había usado la noche anterior.

Su billetera estaba allí.

También las llaves de casa.

Lucía sintió frío.

—No salió voluntariamente.

Teresa la miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque dejó sus cosas.

Roberto llegó pocos minutos después.

Había salido temprano para hacer un trámite.

Cuando Lucía le explicó, su rostro cambió.

—¿Llamaron a sus amigos?

—Sí.

—¿Qué dijeron?

—Nadie lo vio esta mañana.

Roberto sacó el teléfono.

—Voy a llamar a uno de sus profesores.

Lucía negó.

—Primero debemos saber cuándo salió.

—¿Cómo?

Lucía miró hacia la puerta.

—Cámaras.

La casa estaba ubicada cerca de una avenida con varios negocios.

Había cámaras en una farmacia, una tienda y un pequeño restaurante.

Lucía conocía a los propietarios.

Se dirigió primero a la tienda de la esquina.

—Necesito ver las cámaras de esta mañana.

El dueño, un hombre llamado Manuel, frunció el ceño.

—¿Pasó algo?

—Mi hermano desapareció.

Manuel inmediatamente cambió de expresión.

—¿Qué?

—Necesito saber si salió de la casa.

Revisaron las grabaciones.

7:01.

Nada.

7:15.

Nada.

7:27.

Un automóvil pasó.

7:31.

Un hombre caminó por la vereda.

7:36.

Nada.

Lucía comenzó a desesperarse.

—Siga.

7:42.

Entonces lo vieron.

Diego salía de la casa.

Llevaba una chaqueta oscura.

El teléfono en la mano.

Lucía se acercó a la pantalla.

—Ahí.

Diego caminó hacia la esquina.

Después se detuvo.

Miró su teléfono.

Alguien apareció detrás.

Un hombre.

La grabación no mostraba claramente su rostro.

Lucía sintió que la respiración se le detenía.

—¿Quién es?

Manuel amplió la imagen.

La calidad era mala.

Pero se distinguía un detalle.

El hombre llevaba una gorra oscura.

Lucía sintió un escalofrío.

—Sergio.

Roberto la miró.

—¿Estás segura?

—No.

—Entonces no podemos afirmar.

—Pero es la misma descripción.

Continuaron mirando.

El hombre habló con Diego.

Después apareció un automóvil.

Gris.

Lucía apretó los puños.

—Es el mismo.

Roberto permaneció callado.

El vehículo se detuvo.

Diego subió.

Lucía sintió que el corazón se le rompía.

—Se lo llevaron.

Regresaron a casa.

Lucía no lloró.

Todavía no.

Estaba demasiado concentrada.

Sacó su libreta.

Escribió:

7:42 — Diego sale de la casa.

7:43 — Hombre lo intercepta.

7:45 — Automóvil gris.

7:46 — Diego sube.

7:47 — Automóvil se retira.

Cerró la libreta.

—Tenemos una hora aproximada.

Roberto la miró.

—La policía ya viene.

—¿Y si ya se lo llevaron lejos?

—Lo encontraremos.

—¿Cómo?

—No sé.

Lucía observó la hoja.

No quería depender solamente del azar.

Necesitaba pensar.

La policía llegó.

Revisaron las grabaciones.

Tomaron fotografías.

Preguntaron por amenazas anteriores.

Uno de los agentes reconoció el nombre de Sergio Valdés.

—Ya lo tenemos identificado —dijo.

Lucía levantó la mirada.

—¿Y saben dónde está?

—No.

—Entonces ¿para qué sirve identificarlo?

El agente respiró.

—Estamos trabajando en eso.

Lucía sabía que no podía culparlo.

Pero la paciencia estaba desapareciendo.

—Mi hermano está en algún lugar.

—Lo sabemos.

—¿Y si le hacen daño?

—Estamos haciendo todo lo posible.

Lucía miró a Roberto.

Sabía que no bastaba.

A las once, el teléfono de Lucía vibró.

Era un número desconocido.

Contestó.

—¿Sí?

Una voz masculina.

—¿Buscas a tu hermano?

Lucía cerró los ojos.

—¿Dónde está?

—Vivo.

—Quiero hablar con él.

—No.

—Entonces dime dónde.

—No funciona así.

Lucía respiró.

—¿Qué quieres?

—La memoria.

—No la tengo.

La voz soltó una risa.

—Sabemos que sí.

—¿Entonces para qué secuestraron a mi hermano?

—Porque necesitábamos que entendieras.

—¿Qué?

—Que ya no puedes esconderte detrás de tu familia.

Lucía sintió rabia.

—No se trata de esconderme.

—Claro que sí.

—¿Dónde está Diego?

—Cuando tengas lo que queremos, volverá.

—¿Y si no?

Silencio.

—Entonces tendrás que aprender a vivir sin él.

La llamada terminó.

Lucía quedó paralizada.

Roberto se acercó.

—¿Qué dijeron?

Lucía no podía hablar.

Finalmente:

—Quieren la memoria.

Esa tarde, la casa se convirtió en un centro de operaciones.

La policía revisó cada llamada.

El abogado recomendó conservar todos los mensajes.

Irene llegó.

Escuchó lo ocurrido.

Su rostro cambió.

—Sergio.

Lucía asintió.

—Él fue.

—¿Estás segura?

—Hay cámaras.

Irene respiró profundamente.

—Entonces el problema es mayor de lo que pensé.

—¿Por qué?

—Porque Sergio no suele hacer movimientos personales.

—¿Qué significa eso?

—Que si tomó a Diego, alguien importante lo ordenó.

Lucía sintió un escalofrío.

—Esteban.

Irene no respondió.

—¿Fue él?

—Probablemente.

—¿Y si no?

—Entonces hay otra persona por encima de Sergio.

Lucía bajó la mirada.

La red parecía crecer cada vez que intentaba entenderla.

A las cinco de la tarde, llegó un mensaje.

Una fotografía.

Diego estaba sentado en una habitación.

Tenía las manos libres.

No parecía herido.

Pero estaba asustado.

Debajo decía:

“Está bien.”

Lucía tocó la pantalla.

—Déjame hablar con él.

Llegó otro mensaje.

“Todavía no.”

Y uno más:

“Queremos la memoria completa.”

Lucía respondió:

“No puedo entregarla sin saber si lo van a dejar libre.”

Pasaron varios minutos.

Finalmente:

“Entonces demuestra que confías en nosotros.”

Lucía sintió rabia.

“Ustedes no merecen confianza.”

La respuesta fue inmediata.

“Mateo tampoco.”

Lucía dejó el teléfono.

Aquella frase le dolió porque era cierta.

Mateo tampoco había merecido su confianza.

Pero eso no significaba que debiera rendirse.

Esa noche, Lucía se encerró en su habitación.

Sacó la memoria.

La sostuvo en la mano.

Pensó en abrirla.

Si contenía algo que sus perseguidores querían desesperadamente, quizá podía usarlo.

Pero necesitaba saber qué era.

Y, sobre todo, necesitaba proteger a Diego.

Conectó la memoria a una computadora vieja que no utilizaba para nada importante.

Pero antes de abrirla, desconectó Internet.

Apagó cualquier conexión.

Esperó.

Después conectó el dispositivo.

La computadora mostró una carpeta.

Solo una.

“MATEO.”

Lucía abrió.

Había ocho archivos.

Uno de texto.

Tres fotografías.

Dos hojas de cálculo.

Una carpeta protegida.

Y un audio.

Lucía sintió un escalofrío.

Abrió el documento de texto.

Solo había una frase:

“Si estás leyendo esto, significa que no pude protegerte.”

Lucía cerró los ojos.

Era la letra digital de Mateo.

Siguió leyendo.

“No confíes en nadie que te diga que puede solucionar todo. Yo tampoco pude.”

Otra frase.

“Lo que vas a encontrar aquí puede destruir a Esteban, pero también puede destruirte a ti si lo manejas mal.”

Lucía respiró lentamente.

Después:

“Hay una cuenta.”

Y debajo:

“No está a mi nombre.”

Lucía continuó.

“Está a nombre de Lucía Andrade.”

Se quedó inmóvil.

—No.

Leyó nuevamente.

Era su nombre.

La cuenta.

Todo estaba conectado.

Pero debajo había una aclaración.

“No la abrí yo.”

Lucía sintió que el corazón se aceleraba.

Había más.

“La cuenta fue abierta utilizando documentos falsificados meses antes de que yo supiera lo que estaban haciendo.”

Otra línea:

“El dinero no pertenece a Esteban.”

Lucía frunció el ceño.

Entonces ¿a quién pertenecía?

Continuó.

“La cuenta fue utilizada para mover dinero de una operación que nunca debía existir.”

La pantalla mostró una nueva línea.

“La última transferencia puede explicar por qué me quieren muerto.”

Lucía dejó de respirar durante unos segundos.

Tomó el audio.

Lo abrió.

La voz de Mateo llenó la habitación.

No parecía una conversación.

Parecía una grabación preparada.

—Lucía, si estás escuchando esto, ya pasó lo que más temía.

Ella cerró los ojos.

—No voy a pedirte que me perdones.

Su voz se quebró ligeramente.

—Te mentí.

Lucía sintió lágrimas.

—Te engañé.

Una pausa.

—Usé cosas que me confiaste.

Ella apoyó una mano sobre su pecho.

—No tengo derecho a pedirte comprensión.

La voz continuó.

—Pero hay algo que necesito que sepas.

Silencio.

—Nunca quise que utilizaran tu nombre.

Lucía empezó a llorar.

—Cuando descubrí lo que estaban haciendo, intenté detenerlo.

Pausa.

—Y cometí el peor error de todos.

La grabación continuó:

—Pensé que podía arreglarlo solo.

Lucía miró la pantalla.

—No pude.

Mateo respiró.

—Si todavía estoy vivo cuando escuches esto, probablemente estaré huyendo.

Una pausa.

—Si no estoy vivo, significa que fallé.

Lucía cerró los ojos.

La voz se volvió más baja.

—La última parte de los documentos está protegida.

Silencio.

—La contraseña no tiene relación con la empresa.

Lucía frunció el ceño.

—Tiene relación contigo.

La grabación continuó:

—Con algo que solo nosotros dos conocemos.

Lucía sintió un vacío.

Algo que solo ellos dos conocían.

Pensó.

Su primera cita.

El nombre de la cafetería.

La banca del parque.

La ventana de la casa que querían.

La frase que él le había dicho.

Nada.

—La contraseña está en nuestro primer recuerdo.

La grabación terminó.

Lucía quedó inmóvil.

Nuestro primer recuerdo.

¿Qué significaba?

No era necesariamente el primer día.

Podía ser una frase.

Una fecha.

Un lugar.

Algo íntimo.

Lucía comenzó a revisar los archivos.

Las fotografías eran antiguas.

Una mostraba la papelería.

Otra, la primera cafetería.

Otra, el parque.

No había nada evidente.

Entonces abrió la hoja de cálculo.

Aparecía una lista de fechas.

Lucía reconoció algunas.

La primera vez que salieron.

Su primer aniversario.

El día de la propuesta.

Pero una fecha estaba destacada.

17 de junio.

Lucía frunció el ceño.

Ese día.

La fecha de su primer encuentro.

La recordaba.

Junio.

La papelería.

Las tres copias.

La primera conversación.

Probó con la fecha como contraseña.

No funcionó.

Intentó el nombre del lugar.

Nada.

El nombre de la papelería.

Nada.

Se quedó mirando la pantalla.

Entonces recordó una frase.

Mateo le había dicho el día que se conocieron:

“Siempre encuentras una solución.”

Lucía intentó la palabra:

solución.

La carpeta se abrió.

Lucía quedó completamente inmóvil.

Dentro había un documento.

Solo uno.

Lo abrió.

Había nombres.

Cuentas.

Fechas.

Transferencias.

Y, al final, una lista de personas.

Una lista mucho más larga de lo que había imaginado.

Algunos nombres tenían una marca roja.

Otros estaban tachados.

Entre ellos aparecía:

Esteban Ferrer.

Darío Vela.

Sergio Valdés.

Valentina Ríos.

Y luego varios nombres que no conocía.

Pero había algo más.

Una columna llamada:

“Beneficiarios.”

Lucía comenzó a leer.

No todo el dinero terminaba en manos de Esteban.

Parte iba a otras personas.

Empresas.

Funcionarios.

Intermediarios.

Y una parte aparecía registrada bajo una organización que Lucía había visto antes.

No como empresa.

Como fundación.

Una organización aparentemente legal.

Lucía sintió un escalofrío.

Esto era mucho más grande.

No era solo una red de dinero.

Había otras personas involucradas.

Y Mateo había dejado evidencia.

Entonces vio una última línea.

Una cantidad.

Mucho mayor que todas las anteriores.

Y debajo:

“Transferencia final — Lucía Andrade.”

Lucía sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

No había hecho esa transferencia.

Pero ahora entendía por qué querían convertirla en culpable.

La operación estaba diseñada para aparecer bajo su nombre.

Y, según la fecha, esa transferencia se había realizado el mismo día en que Mateo murió.

Lucía se quedó inmóvil.

El asesinato.

La cuenta.

La falsificación.

Todo estaba conectado.

Pero algo más llamó su atención.

La transferencia no iba hacia Esteban.

Iba hacia otra cuenta.

Una cuenta desconocida.

Y en la descripción aparecía una sola palabra:

“Protección.”

Lucía abrió el documento adjunto.

Había una dirección.

No una empresa.

No una oficina.

Una casa.

Un lugar que reconoció.

Era el lugar donde Irene había vivido años atrás.

Lucía sintió un escalofrío.

Irene sabía más de lo que había dicho.

En ese momento, su teléfono vibró.

Mensaje.

“¿Encontraste lo que buscabas?”

Lucía sintió un frío intenso.

No había compartido lo que había encontrado.

Nadie debería saber que había abierto la memoria.

Llegó otro mensaje.

“Sabemos que la abriste.”

Lucía miró la computadora.

El mensaje siguiente apareció:

“Y sabemos qué archivo viste.”

Lucía sintió miedo.

¿Cómo podían saberlo?

Entonces vio algo.

En la esquina de la pantalla había aparecido una pequeña notificación.

Una conexión.

Alguien había intentado acceder.

Lucía desconectó inmediatamente la memoria.

Apagó la computadora.

Respiró.

Habían llegado hasta allí.

No físicamente.

Pero técnicamente.

Y eso significaba que incluso allí podían estar observándola.

Lucía salió de la habitación.

Roberto estaba en la sala.

—Papá.

Él levantó la mirada.

—¿Qué pasó?

—Necesito que escuches algo.

Le mostró el audio.

Roberto lo escuchó en silencio.

Cuando terminó, la miró.

—¿Qué encontraste?

Lucía respondió:

—Una cuenta.

—¿A tu nombre?

—Sí.

—¿Qué más?

—Una transferencia.

—¿De cuánto?

Lucía se lo dijo.

Roberto quedó inmóvil.

—Eso explica por qué están tan desesperados.

Lucía asintió.

—Pero no explica todo.

—¿Qué falta?

—Saber quién recibió el dinero.

Roberto la miró.

—¿Puedes descubrirlo?

—Tal vez.

Entonces un teléfono comenzó a sonar.

No era de Lucía.

Era el teléfono de Roberto.

Número desconocido.

Roberto contestó.

—¿Sí?

Silencio.

Después una voz.

—Tenemos a su hijo.

Roberto cerró los ojos.

—Si quieren volver a verlo, necesitan que Lucía entregue la memoria.

Lucía sintió que el corazón se le rompía.

—Déjame hablar con él —dijo.

La voz respondió:

—Todavía no.

—¿Qué quieren?

—La memoria completa.

Lucía miró a su padre.

—La tendrán.

Roberto la miró sorprendido.

La voz respondió:

—Mañana.

—¿Dónde?

El hombre dio una dirección.

Una dirección que Lucía reconoció.

Era la casa donde vivía Irene.

Lucía sintió que todo encajaba.

—¿Y si no voy?

La voz respondió:

—Tu hermano desaparecerá.

La llamada terminó.

Lucía dejó el teléfono sobre la mesa.

Su padre la miró.

—No vas a ir.

—Sí.

—Es una trampa.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué?

Lucía miró la memoria.

—Porque tienen a Diego.

—Podrían matarte.

—Lo sé.

—Podrían matar a los dos.

—También lo sé.

Roberto se llevó las manos al rostro.

—No quiero perderte.

Lucía se acercó.

—No me vas a perder.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Ella lo miró.

—Porque esta vez no voy a ir como antes.

—¿Qué significa eso?

Lucía sostuvo la memoria.

—Ya no soy la mujer que esperaba que alguien viniera a salvarme.

Roberto permaneció en silencio.

—Tengo que recuperar a Diego.

—Sí.

—Pero también necesito saber quién está detrás de todo esto.

Roberto la miró.

—¿Y si no puedes hacer las dos cosas?

Lucía respondió:

—Entonces encontraré la manera.

Esa noche, Lucía preparó una copia de los archivos.

Una para el abogado.

Otra para Irene.

Otra que ocultó en un lugar que nadie conocía.

No confiaba completamente en nadie.

Ni siquiera en la policía.

No porque creyera que todos fueran corruptos.

Sino porque sabía que no podía depender de una sola persona.

Había aprendido.

La información debía sobrevivir aunque ella no pudiera.

Antes de dormir, Lucía abrió el documento una última vez.

Leyó los nombres.

Las cuentas.

Las transferencias.

La organización.

La dirección.

Y finalmente la palabra:

“Protección.”

Se quedó pensando.

Quizá alguien había intentado proteger a alguien.

Quizá Mateo había transferido dinero para protegerla.

Quizá la cuenta no era para enriquecerse.

Quizá era una salida.

Pero si era así, ¿por qué había utilizado su nombre?

No había una respuesta simple.

Y esa era otra lección que comenzaba a aprender.

En su historia ya no existían personas completamente buenas o completamente malas.

Había personas asustadas.

Personas ambiciosas.

Personas culpables.

Personas manipuladas.

Personas que intentaban sobrevivir.

Y personas dispuestas a destruir a otras para conseguirlo.

Lucía cerró la computadora.

Miró la hora.

3:04 de la mañana.

En unas horas tendría que entregar la memoria.

Pero no iba a entregarla.

Todavía no.

Antes necesitaba entender algo.

La transferencia final.

La cuenta desconocida.

La palabra “protección”.

La dirección de Irene.

Y, sobre todo, por qué Mateo había decidido dejar aquella información justamente para ella.

Al amanecer recibió un último mensaje.

“Mañana será tu última oportunidad.”

Lucía lo leyó.

Después respondió por primera vez:

“No.”

La respuesta llegó inmediatamente.

“¿Qué dijiste?”

Lucía escribió:

“No será mi última oportunidad.”

Apagó el teléfono.

Y, por primera vez desde que comenzó la tragedia, sintió que sus enemigos no tenían todo el control.

Porque ahora ella tenía información.

Información que podía convertirse en una defensa.

O en un arma.

Todavía no sabía cuál de las dos.

Solo sabía que su hermano seguía vivo.

Y mientras existiera esa posibilidad, Lucía no se detendría.

Pero tampoco volvería a actuar sin pensar.

Ya no.

Había aprendido a observar.

A guardar copias.

A desconfiar.

A utilizar el tiempo.

A identificar a quienes la seguían.

A entender los documentos.

Y ahora estaba a punto de aprender algo todavía más importante:

cómo convertir una prueba en una estrategia.

El hombre del automóvil gris la había seguido.

Sergio había observado sus movimientos.

Esteban había construido una mentira alrededor de su nombre.

Y ahora todos querían la misma cosa.

La memoria.

Pero ninguno sabía que Lucía ya había hecho copias.

Ninguno sabía que había descubierto una cuenta secreta.

Y ninguno sabía que la palabra “protección” la llevaría a una verdad que cambiaría por completo la historia de Mateo.

Porque la próxima vez que Lucía se encontrara con sus perseguidores, ya no iría solamente para salvar a Diego.

Iría con una nueva pregunta:

¿A quién estaba intentando proteger realmente Mateo?

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