Celeste Marín fue abandonada frente a toda la manada el día de su ceremonia. Sin Alpha, sin voz y con su madre agonizando en una clínica privada, quedó marcada como la esposa muda que nadie quería proteger.
Dos años después, Damián Valcárcel regresa a Silver Crown decidido a cerrar un matrimonio político que nunca deseó. Pero en cuanto se acerca a Celeste, su lobo reconoce un aroma imposible: jazmín nocturno, lluvia fría y una promesa de luna que ningún contrato puede romper.
Celeste no quiere un dueño. Quiere recuperar la voz que le arrebataron, destruir a la familia que la usó y descubrir por qué su madre desapareció al despertar. Damián no quiere otra Luna. Quiere a la mujer que su lobo ya eligió, aunque los Ancianos, una falsa salvadora y una manada entera intenten separarlos.
Cuando la verdad del incendio salga a la luz, Celeste tendrá que decidir si acepta el vínculo que la consume o si rechaza al Alpha que una vez la dejó sola ante todos.
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Capítulo 9
Capítulo 9: Tarjeta negra, garras limpias
Mateo conducía como si la ciudad le debiera dinero.
—Tranquila —dijo al ver que Celeste sujetaba el cinturón con demasiada fuerza—. Solo he chocado dos veces.
Celeste lo miró.
—Tres si cuentas una fuente, pero esa fuente se movió primero.
Ella escribió:
Prefiero caminar.
Mateo soltó una carcajada.
—Damián me mataría antes de que llegaras a la esquina.
El nombre tensó el aire dentro de la camioneta.
Celeste miró por la ventana. Monterrey despertaba bajo un cielo brillante, con edificios de cristal, tráfico impaciente y montañas al fondo. En la superficie, era una ciudad humana. Nadie miraría a Mateo Cruz y pensaría Lobo de la línea Beta. Nadie vería en Celeste a una loba bloqueada que llevaba documentos de herencia y veneno en la sangre.
El mundo humano era extraño.
Más libre.
Más ciego.
La visita a Elena fue breve. Dr. Elías confirmó que no había nuevos rastros de acónito en la habitación. Elena no despertó, pero su pulso subió cuando Celeste apoyó la frente contra su mano.
Después, Mateo la llevó a una boutique de alta costura.
Celeste se negó desde la puerta.
No necesito ropa.
Mateo leyó la pantalla y señaló su uniforme negro.
—Necesitas que dejen de confundirte con alguien a quien pueden mandar a limpiar copas.
Ella entrecerró los ojos.
—No lo dije yo. Lo dijo la tarjeta.
Sacó una tarjeta negra con el crest de Silver Crown grabado en plata.
Celeste retrocedió.
No.
—Antes de que me mates con la mirada: Damián dijo que si no aceptabas, te recordará que no es regalo. Es reparación logística.
Celeste escribió:
Qué conveniente.
—También dijo que ibas a escribir eso.
Maldito Alpha.
Entró solo para no darle a Mateo el gusto de cargarla sobre el hombro, cosa que probablemente haría con una sonrisa.
La boutique olía a telas nuevas, café caro y perfumes humanos. Celeste se relajó apenas. No había wolfsbane. No había Red Thorn. Solo espejos, luces suaves y empleadas que evaluaron su ropa antes que su rostro.
—¿Tiene cita? —preguntó una mujer de labios rojos.
Mateo mostró la tarjeta.
La actitud cambió de inmediato.
—Por supuesto. Bienvenidos.
Celeste odiaba que el dinero funcionará tan rápido.
Odiaba más que necesitará funcionar.
Una hora después, tenía tres vestidos apartados para eventos humanos, dos trajes discretos y una chaqueta azul noche que Mateo insistió en llamar “armadura con buen corte”.
Entonces Bianca entró.
Porque la Diosa Luna, al parecer, tenía sentido del humor cruel.
Bianca venía con dos amigas de familias afiliadas. Se detuvo al ver a Celeste frente al espejo, con un vestido color marfil que dejaba libres sus hombros y hacía que su piel pareciera menos cansada.
—Vaya —dijo—. Ahora entiendo lo de la tarjeta. Algunas mujeres necesitan comprar lo que no pueden ganarse.
Mateo dejó de sonreír.
Celeste giró lentamente.
Las amigas de Bianca miraron a Mateo, luego la tarjeta, luego a Celeste.
—¿Damián sabe que estás usando su crédito? —preguntó Bianca.
Celeste tomó el teléfono.
No.
Bianca sonrió.
Pero Celeste no había terminado.
Lo autorizó por escrito. Si quieres, puedo pedirle que venga a explicártelo.
Mateo tosió para esconder una risa.
Bianca perdió un poco de color.
—No necesito hablar con él.
—Qué lástima —dijo Mateo—. Él sí pidió que le avisara si alguien la molestaba.
Una de las amigas dio un paso atrás. Los lobos de familias afiliadas entendían muy bien lo que significaba ser mencionada en un reporte directo al Heredero Alpha.
Bianca apretó los dientes.
—Solo me preocupa que Celeste confunda protección con posición. Un vestido no la vuelve Luna.
El probador quedó en silencio.
La empleada humana fingió ordenar perchas, sin entender por completo por qué el aire se había vuelto tan pesado.
Celeste miró su reflejo.
No veía una Luna.
Veía a una mujer con ojeras suaves, garganta marcada por una historia que nadie había pagado todavía, manos demasiado delgadas y ojos secos.
Pero también veía algo que Bianca no esperaba.
Calma.
Celeste escribió:
No necesito un vestido para ser más que tú.
Mateo leyó por encima de su hombro y sonrió como un hombre que acababa de encontrar su nuevo programa favorito.
Bianca dio un paso hacia ella.
—Tú no eres...
El teléfono de Mateo sonó.
Él contestó en altavoz.
—Alpha.
La palabra cortó a Bianca.
La voz de Damián llenó el pequeño salón con calma oscura.
—¿Está Celeste contigo?
Mateo miró a Bianca.
—Sí. En una boutique. Todo tranquilo, más o menos.
Silencio al otro lado.
—Define “más o menos”.
Celeste cerró los ojos.
Mateo disfrutó cada segundo.
—Bianca está explicando que un vestido no vuelve Luna a nadie.
El gruñido de Damián atravesó el altavoz.
La empleada humana dejó caer una percha.
Bianca se puso rígida.
—Ponme con Celeste —dijo Damián.
Mateo le ofreció el teléfono.
Celeste dudó. Luego escribió y Mateo leyó:
No necesito rescate. Estoy comprando ropa.
La respuesta de Damián llegó más baja.
—Compra la tienda si quieres.
Celeste abrió los ojos.
Mateo se llevó una mano al pecho.
—Qué romántico. Tóxico, pero romántico.
Celeste escribió otra línea, seca:
No quiero la tienda.
Damián tardó un segundo.
—Entonces compra lo que te haga sentir armada.
Esa frase sí la descolocó.
No bonita.
No presentable.
Armada.
Celeste miró de nuevo la chaqueta azul noche.
Bianca ya no sonreía.
—Y Mateo —añadió Damián—.
—¿Sí?
—Si alguien vuelve a mencionar su rango en una tienda humana, trae su nombre.
La llamada terminó.
Mateo guardó el teléfono.
—Bueno. ¿Dónde estábamos?
Celeste tomó la chaqueta.
No era una Luna.
No todavía.
Pero cuando salió del probador vestida de azul noche, con el cabello suelto y la garganta descubierta, Bianca la miró como si por primera vez hubiera entendido que una mujer silenciosa también podía entrar en una sala y quitarle el aire a todos.
Celeste pagó con la tarjeta negra.
No como regalo.
Como deuda cobrada.
En el auto de regreso, Celeste no se quitó la chaqueta azul.
Mateo la miró por el espejo.
—Buena elección.
Ella escribió: Armadura barata.
—Nada barato con esa tarjeta.
Celeste casi sonrió.
Por primera vez en años, una prenda no era disfraz elegido por otros.
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que víva los novios
vamos tu puedes
siempre
luchando
Que lindo
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