Hay personas que llegan a tu vida haciendo ruido, otras que lo cambian todo en el silencio.
Libra nunca imaginó que una conversación sobre Saturno pudiera convertirse en el comienzo de la historia más importante de su vida. Entre recreos, paseos después de clase, chocolates calientes, bancos de madera y amaneceres compartidos, conocerá a Acuario, un chico que tiene la extraña habilidad de encontrar belleza en los pequeños detalles y de hacer sentir especiales a quienes lo rodean.
Mientras el tiempo avanza y el final del curso se acerca, ambos descubrirán que crecer significa aprender a convivir con los cambios, con el miedo a perder lo que amas y con las palabras que, a veces, nunca llegan a decirse.
Porque algunas historias de amor no nacen con un beso.
Nacen con una conversación que parecía insignificante.
Con una fotografía tomada sin avisar.
Con una promesa hecha entre risas.
Con dos personas que, sin darse cuenta, empiezan a convertirse en el hogar del otro.
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Capítulo 1 - El Comienzo
Hay días que parecen destinados a cambiarte la vida.
Lo curioso es que nunca son los días importantes.
No ocurre en un cumpleaños, ni en una fiesta, ni cuando todo parece perfecto.
Sucede un martes cualquiera.
Con el despertador sonando demasiado pronto.
Con las mismas calles de siempre.
Con el mismo instituto al que llevas años entrando sin esperar nada nuevo.
Y, sin embargo, todo cambia.
Libra odiaba empezar de cero.
No porque le costara conocer gente. Siempre había sido amable con todo el mundo. El problema era otro.
Repetía tercero de ESO.
Mientras sus amigos avanzaban de curso, ella se había quedado atrás.
Aquella idea llevaba meses clavándosele en la cabeza como una espina imposible de sacar.
Sentía que había decepcionado a todos.
A sus profesores.
A su familia.
Y, sobre todo, a sí misma.
Cada mañana cruzaba la puerta del instituto con la sensación de que aquel lugar ya no le pertenecía.
Las risas seguían sonando igual en los pasillos.
Los profesores seguían llegando tarde a clase.
El olor del comedor seguía siendo el mismo.
Pero nada era igual.
Sus antiguos compañeros ya no estaban.
Ahora caminaban por otros pasillos, con otras clases y otras preocupaciones.
Ella, en cambio, había vuelto al punto de partida.
—Vaya año me espera... —murmuró mientras cerraba la taquilla.
No esperaba hacer amigos.
Mucho menos enamorarse.
Ni siquiera imaginaba que aquel curso acabaría marcando el resto de su vida.
Porque hay veces en las que el destino espera justo cuando tú has dejado de esperar.
A varios edificios de distancia, otro alumno vivía ese mismo martes de una forma completamente distinta.
Acuario apenas pensaba en el futuro.
Tenía quince años, estudiaba segundo de ESO y llevaba una energía imposible de agotar.
Era de esas personas que llegaban haciendo ruido sin proponérselo.
Siempre tenía una historia que contar.
Un dato curioso sobre el universo.
Una broma preparada.
Una ocurrencia capaz de hacer reír incluso al profesor más serio.
Le fascinaba el espacio.
Podía pasarse horas hablando de galaxias, agujeros negros o estrellas como si hubiera estado allí.
Sus amigos bromeaban diciendo que algún día terminaría viviendo en Marte.
Él respondía que, si existía una forma de llegar, la encontraría.
Le gustaba correr.
Saltar.
Moverse.
Era incapaz de quedarse quieto demasiado tiempo.
Parecía vivir con el acelerador pisado.
Y, aunque pocos lo supieran, también escondía silencios que nunca enseñaba.
Porque algunas personas aprenden muy pronto que es más fácil hacer reír que explicar lo que sienten.
Aquella mañana transcurrió con absoluta normalidad.
O, al menos, eso parecía.
Las clases pasaban lentas.
El reloj parecía haberse detenido.
Cuando llegó la tercera hora, el profesor de Historia no apareció.
Después de unos minutos de espera, un docente abrió la puerta.
—Como vuestro profesor no ha venido, bajáis al patio. Pero nada de líos, ¿entendido?
Un murmullo de celebración recorrió el aula.
Libra sonrió por primera vez en toda la mañana.
Salieron casi corriendo.
El aire fresco de octubre recibió al grupo con una ligera brisa.
No hacía frío.
Tampoco calor.
Era uno de esos días en los que el otoño parecía no decidirse.
Ella y varias amigas se acomodaron en un rincón desde donde podían verse las pistas deportivas.
Hablaron de profesores.
De exámenes.
De música.
De cualquier cosa que sirviera para matar el tiempo.
Poco a poco el grupo fue reduciéndose.
Unas se marcharon a jugar.
Otras volvieron al edificio.
Al final solo quedaron Libra y uno de sus amigos.
Poco después apareció Géminis.
Siempre llegaba sonriendo.
Llevaba tiempo sintiendo algo por Libra.
Ella lo sabía.
Nunca quiso hacerle daño.
Simplemente no podía corresponderle.
Aun así, seguían siendo amigos.
Conversaban con naturalidad, como cualquier otro día.
Hasta que ocurrió.
Fue un instante tan pequeño que cualquiera lo habría pasado por alto.
Un movimiento.
Una carrera.
Un chico atravesando la pista de baloncesto a toda velocidad.
Libra dejó de escuchar la conversación.
Sus ojos viajaron solos hacia las canchas.
Había varios chicos jugando.
Uno botaba el balón.
Otro defendía.
Otro reía después de fallar un tiro imposible.
Pero hubo uno que captó toda su atención.
Corría con una facilidad casi absurda.
No parecía esforzarse.
Simplemente...
Volaba.
No era el más alto.
Ni el más fuerte.
Ni siquiera el que más hablaba.
Pero tenía algo imposible de explicar.
Libra lo observó durante varios segundos.
Luego durante un minuto.
Después dejó de contar el tiempo.
No sabía por qué seguía mirándolo.
Ni siquiera le veía la cara con claridad desde aquella distancia.
Solo sabía que había algo en él que la obligaba a no apartar la vista.
Como si una parte de ella intentara memorizar aquel instante antes incluso de comprenderlo.
—¿Me estás escuchando? —preguntó Géminis riendo.
Ella reaccionó de golpe.
—¿Qué?
—Llevo un rato hablando solo.
—Perdón... estaba pensando.
Mentía.
No estaba pensando.
Estaba mirando.
Y ni siquiera entendía el motivo.
Entonces sonó el timbre.
El ruido metálico rompió el momento.
Los alumnos comenzaron a recoger sus mochilas.
Las pistas se vaciaron.
El chico desapareció entre la gente antes de que Libra pudiera reaccionar.
Durante unos segundos buscó su rostro entre decenas de estudiantes.
Nada.
Había desaparecido.
Sintió una extraña sensación de oportunidad perdida.
No sabía quién era.
No conocía su nombre.
Ni su curso.
Ni siquiera sabía si volvería a verlo.
Cuando salieron del instituto aquella tarde, la duda seguía acompañándola.
A mitad de camino decidió preguntarle a una de sus amigas.
—Oye... el chico que estaba jugando al baloncesto esta mañana...
Su amiga levantó una ceja.
—¿Cuál de todos?
Libra sonrió con cierta vergüenza.
—El que corría muchísimo.
La respuesta llegó sin darle importancia.
—Ah... Acuario.
Libra repitió aquel nombre mentalmente.
Acuario.
Era la primera vez que lo escuchaba.
Y, sin saberlo, también la primera vez que ese nombre empezaba a ocupar un rincón de su cabeza.
Aquella noche, mientras intentaba dormir, recordó una y otra vez la imagen de aquel chico cruzando la pista.
No entendía por qué.
Solo había sido un instante.
Ni una palabra.
Ni una mirada.
Ni una presentación.
Solo un desconocido corriendo bajo el cielo de octubre.
Pero había algo dentro de ella que le decía, muy bajito, casi en un susurro, que aquello no había terminado.
Acababa de empezar.