Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?
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Lo que Kael vio
Las carcajadas todavía resonaban por el refugio.
Incluso Arlen seguía riéndose mientras terminaba un plato de comida que parecía desaparecer a una velocidad imposible.
—¿Es el tercer plato?
Preguntó Dorian.
—Cuarto.
Corrigió Luna.
—¿Cuarto?
—Quinto.
Respondió Adrián.
Todos lo miraron.
—¿Qué?
Preguntó Arlen.
—Entrené mucho.
—Eso no explica nada.
Dijo Ailén.
—Yo también entrené.
Arlen señaló su plato vacío.
—Claramente no lo suficiente.
Luna casi se atragantó de la risa.
Hasta Kael terminó sonriendo.
Pero mientras observaba a Arlen, algo llamó su atención.
Algo que los demás no podían ver.
Una sensación.
Una presencia.
Una energía extraña.
Y eso hizo que la sonrisa desapareciera poco a poco de su rostro.
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Más tarde.
Cuando todos regresaron a sus actividades, Kael permaneció solo en la sala de entrenamiento.
Observando el lugar donde Arlen había aparecido frente a Ailén.
Exactamente ese punto.
Ni un centímetro más.
Ni un centímetro menos.
Entonces escuchó pasos.
—Sabía que te encontraría aquí.
Kael giró.
Era Adrián.
—Tú también lo notaste.
Dijo Kael.
No era una pregunta.
Adrián suspiró.
—Sí.
Silencio.
—Eso no fue velocidad.
Continuó Adrián.
—No completamente.
Kael asintió.
—Por un instante desapareció de mi percepción.
—La mía también.
Los dos intercambiaron una mirada.
Y ninguno parecía cómodo.
Porque ambos habían visto cosas imposibles.
Habían enfrentado monstruos.
Habían combatido seguidores de Azrakel.
Habían sobrevivido a guerras.
Pero aquello...
Aquello era diferente.
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Mientras tanto, Arlen caminaba por uno de los pasillos del refugio.
Todavía sentía la emoción de haber logrado tocar la frente de Ailén.
Era una sensación agradable.
Hasta que escuchó una voz detrás de él.
—Sigues pensando en el combate.
Arlen sonrió.
Ni siquiera necesitó girarse.
—Hola, Ailén.
Ella se colocó a su lado.
—¿Tan obvio es?
—Muchísimo.
Caminaron unos segundos.
En silencio.
Un silencio cómodo.
De esos que sólo existen entre personas que ya no necesitan llenar cada momento con palabras.
Finalmente Ailén habló.
—Cuando apareciste frente a mí...
Arlen la miró.
—¿Sí?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Me asusté.
Arlen se detuvo.
—¿Qué?
—Me asusté.
Repitió.
—Por un momento pensé que no podría detenerte.
Aquellas palabras sorprendieron más a Arlen que cualquier victoria.
Porque Ailén nunca había parecido tener miedo de nada.
Ella bajó la mirada.
—Y eso fue extraño.
—No iba a golpearte.
—Lo sé.
Respondió ella.
—Pero no fue eso lo que sentí.
Arlen frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué fue?
Ailén permaneció callada.
Como si intentara encontrar las palabras correctas.
—Sentí que estabas cambiando.
Y esa respuesta dejó a ambos pensando.
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Esa misma noche.
Muy lejos de Kilop.
En una fortaleza construida entre los restos de una ciudad destruida.
Un hombre abrió lentamente los ojos.
Su cuerpo estaba cubierto por una armadura oscura.
Y una cicatriz atravesaba todo el lado izquierdo de su rostro.
Frente a él se encontraba una esfera de energía negra.
Girando lentamente.
Como si estuviera viva.
El hombre apoyó una mano sobre ella.
Y entonces vio algo.
Un campo de entrenamiento.
Un refugio oculto.
Un joven de cabello oscuro.
Y unos ojos llenos de determinación.
Los ojos de Arlen.
La esfera explotó en sombras.
El hombre se puso de pie.
—Por fin.
Murmuró.
Una sonrisa apareció en su rostro.
No era una sonrisa amable.
Era la sonrisa de un cazador que acaba de encontrar el rastro de su presa.
—Así que tú eres el problema.
Las sombras comenzaron a moverse por toda la sala.
Como si reaccionaran a su voluntad.
—Azrakel querrá saber esto.
Y por primera vez...
Alguien realmente peligroso acababa de fijar su atención en Arlen.
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Muy lejos de allí, sin saberlo...
Arlen observaba las luces de Kilop desde una ventana.
Pensando en el futuro.
Ignorando que el futuro ya había comenzado a moverse hacia él.