Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 5
A la mañana siguiente, los rayos del sol se colaban con dificultad por las ventanas del apartamento. Ogur llegó temprano y, al entrar a la habitación de Borans, se dio cuenta de que la pequeña Zerimar no estaba por ningún lado. Borans seguía profundamente dormido, roncando sin ninguna preocupación. Completamente asustado por no encontrar a la niña, Ogur empezó a sacudir a su amigo con desesperación para despertarlo.
—¡Borans, despierta! —le gritó alterado—. ¡La niña no está! ¿Dónde está la niña? ¡Vamos a buscarla!
Borans, entre dormido y fastidiado, se dio la vuelta en la cama.
—Déjame dormir... A mí no me importa esa niña —refunfuñó, tapándose la cara.
—¡Recuerda que por ella estás libre! Si le pasa algo, vuelves a prisión —le advirtió Ogur, tirando de la cobija.
Esas palabras hicieron reaccionar a Borans, quien se iba a parar de golpe cuando, ¡ZAS!, sonó la puerta principal. Al asomarse, vieron que era la pequeña Zerimar, quien regresaba de la calle cargando unas bolsas con comida.
En ese momento, Borans miró a su amigo de reojo.
—¿Viste? No pasa nada, ya déjame dormir —le dijo, volviendo a la cama.
—Bueno, está bien —asintió Ogur, un poco más aliviado, y se marchó.
Zerimar, demostrando que tenía un corazón de oro, se acercó a Borans y le entregó uno de los panes que había comprado con sus ahorros para desayunar. Ella también se sentó a comer el suyo en silencio. Pasado un ratico, al ver el desorden que había dejado la fiesta de la noche anterior, la niña decidió organizar un poco el desastre de la sala mientras su papá se acomodaba en el sillón a ver un partido de fútbol en la televisión.
Mientras limpiaba con esmero, Zerimar se colocó justo delante de la pantalla sin darse cuenta, tapándole la visión. Borans, concentrado en el juego, soltó sin pensar:
—¿Qué haces, hija?
La niña se quedó en shock al escuchar esa palabra. Sus ojitos brillaron de emoción y, con una enorme sonrisa alegre, le preguntó:
—¿Cómo me dijiste? Me dijiste "hija"...
Al darse cuenta de lo que había dicho, Borans recuperó su semblante serio y cortante.
—Quítate de ahí —le ordenó con frialdad.
—Estoy limpiando todo esto —respondió ella, tratando de mantener la sonrisa.
—Yo no te dije que lo hicieras —sentenció él.
Desanimada, la pequeña dejó las cosas y se fue a su cuarto. Sin embargo, al cabo de un instante, volvió a salir justo cuando Borans y Ogur, que acababa de regresar, hablaban en voz baja sobre los planes para su próximo robo. Zerimar los escuchó de repente, abrió los ojos de par en par y los confrontó:
—¿Ustedes roban? ¿Son ladrones?
—¡Cállate, niña! No digas eso —la interrumpió Ogur de inmediato, poniéndose nervioso.
Para desviar el tema, Borans la miró de arriba abajo y le preguntó con brusquedad:
—¿Por qué estás vestida así?
—Porque voy a la escuela —respondió ella con naturalidad.
Ogur, que mientras tanto había caminado hacia la cocina, regresó con un plato en la mano devorando la comida que Zerimar había preparado temprano.
—¿Y quién cocinó esto que está tan rico? —preguntó Ogur con la boca llena.
—La superdotada —respondió Borans, señalando a la niña con desdén.
—Hermano, yo no había comido algo así en años —admitió Ogur entre risas—. Perdóname, amigo, pero es la verdad, tú no sabes cocinar.
Al escuchar el comentario, la niña se rió con ganas y se fue a su cuarto a peinarse para irse. Los dos hombres aprovecharon el momento para volver a sus planes delictivos y, poco después, salieron de la casa para llevar a la niña a la escuela.
Al llegar al colegio, justo antes de bajarse del carro, la pequeña miró a Borans.
—Papá, dame dinero para comprar algo allá adentro. Mi tía siempre lo hacía.
Borans suspiró, metió la mano en sus bolsillos y le dio lo único que tenía encima, que no era mucho, pero bastó para que la niña se bajara contenta.