Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.
Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.
Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.
Esta vez conserva todos sus recuerdos.
Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.
Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:
No perseguirá al príncipe.
Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.
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09
La victoria de Valeria en el banquete resonó por los pasillos del poder como una onda expansiva, cambiando el paisaje político de la noche a la mañana. Pero el triunfo tenía un sabor amargo, como el hierro fresco en la lengua. Durante los días siguientes, la mansión Montrose se convirtió en un centro de atención no deseado. Sirvientes con sobres lacrados llegaban a cada hora, mensajes de nobles que antes la habrían ignorado y que ahora buscaban su favor. Su madre, Lady Montrose, se movía por la casa con una sonrisa triunfal, ya planificando alianzas y matrimonios que Valeria no tenía intención de considerar.
—Es un momento histórico, Valeria—decía su madre durante el desayuno, agitando una carta con el sello de una duquesa del norte. —La duquesa Eleanor te invita a su finca de verano. ¡Piensa en las conexiones que podríamos hacer!
—No tengo interés en pasar el verano escuchando a la nobleza conspirar sobre quién tiene más tierra o quién tiene el vestido más elegante—respondió Valeria, su voz tan plana como el pan sin levadura. —Tengo asuntos más importantes que atender.
—¿Como qué?—exigió Lady Montrose, su sonrisa desvaneciéndose. —Ya has destrozado a Cassian. ¿Qué más quieres?
—Quiero entender—respondió Valeria, su mente regresando a la imagen de Alistair en el banquete, su sonrisa tranquila mientras los guardias se llevaban a Cassian. No había sorpresa en sus ojos, solo un interés calculador, como si estuviera observando un experimento que había llegado a su conclusión esperada.
Esa tarde, mientras intentaba concentrarse en los libros de Alaric, encontró una nota deslizada bajo su puerta. El papel era grueso y caro, con el sello de cera de un lobo dormido, un símbolo que no reconocía.
"La victoria de un jugador simplemente abre un espacio en el tablero para otro. Si quieres entender el juego, debes conocer a todos los jugadores. Encuéntrame en el puente del amanecer al anochecer. -A".
Alistair. La nota era tanto una amenaza como una promesa. Una parte de ella, la parte que aún recordaba el terror de su ejecución, le gritaba que no fuera. Pero la parte de ella que había sido renacida, la que tenía el conocimiento de dos vidas, sabía que no podía evitarlo. Si quería entender qué estaba pasando, qué buscaba Alistair, tenía que arriesgarse.
—Señorita Montrose—llamó Elena desde la puerta. —Hay un visitante para verla. Dice que es Lord Harrington.
Valeria frunció el ceño. ¿Por qué vendría Lord Harrington aquí, en lugar de reunirse en un lugar más neutral? A menos que... quisiera enviar un mensaje.
Bajó las escaleras para encontrarse con Lord Harrington de pie en el salón, observando el retrato de su bisabuelo con una expresión pensativa. Se giró cuando ella entró, y sus ojos cansados ahora brillaban con una inteligencia aguda.
—Lady Montrose. Gracias por recibirme—dijo con una formalidad que parecía fuera de lugar.
—Lord Harrington. No esperaba verlo aquí—respondió Valeria, su mente racing. —¿Le puedo ayudar en algo?
—Vengo a agradecerle—dijo él, su tono cambiando a algo más personal. —Y a advertirle. Lo que hizo en el banquete... fue valiente. Pero también fue peligroso. Cassian tenía aliados. Aliados que ahora buscan venganza.
—Lo sé—respondió Valeria, aunque en realidad no lo había considerado. Estaba tan concentrada en Cassian que no había pensado en los que lo apoyaban.
—No creo que lo sepa completamente—dijo Harrington, acercándose más. —No solo buscaba poder para sí mismo. Estaba construyendo una coalición. Una coalición de nobles descontentos que creen que el emperador es demasiado débil, demasiado compasivo. Nobles que creen que el imperio necesita un líder más... decidido.
Valeria sintió un escalofrío. ¿Era eso lo que Cassian estaba planeando? ¿No solo consolidar su propio poder, sino instigar un golpe de estado?
—¿Quiénes son estos nobles?—preguntó, su voz apenas un susurro.
—No puedo decirlo—respondió Harrington con firmeza. —No todavía. Pero puedo decirle esto: no todos ellos fueron expuestos con Cassian. Algunos permanecen en la sombra, esperando su momento. Y algunos... tienen conexiones con personas que usted no esperaría.
La advertencia era clara. La amenaza no había terminado con el arresto de Cassian. De hecho, podría haber empeorado.
—¿Por qué me dice esto?—preguntó Valeria, su sospecha creciendo. —¿Por qué confía en mí?
—Porque Aurelius confía en usted—respondió Harrington. —Y porque, aunque no lo crea, estamos en el mismo bando. Queremos un imperio fuerte, pero también uno justo. Un imperio que no se basa en el miedo o la opresión, sino en la ley y el equilibrio.
Mientras hablaba, Valeria notó algo en su dedo meñique. Un anillo simple de plata con el mismo símbolo que la medalla que llevaba alrededor del cuello. El emblema de los Guardianes del Tiempo.
—Usted es uno de ellos—dijo, no como pregunta, sino como afirmación.
Harrington asintió lentamente, su expresión seria. —Lo soy. Y llevo mucho tiempo esperando a alguien como usted. Alguien con el conocimiento del futuro pero también la sabidurura del pasado. Alguien que pueda ser el puente entre generaciones, entre lo que fue y lo que podría ser.
La revelación la dejó sin aliento. No solo era un renacida; estaba siendo reclutada activamente por una sociedad secreta que había estado protegiendo el imperio durante siglos.
—¿Y Alistair?—preguntó, cambiando de tema. —¿Qué sabe de él?
Harrington frunció el ceño, su expresión preocupada. —Es la variable desconocida. No está con Cassian, pero tampoco está con nosotros. Tiene sus propios planes, sus propias ambiciones. Y le teme a su influencia, a su capacidad para alterar lo que él considera el orden natural de las cosas.
—¿Y qué es ese orden natural?—exigió Valeria. —¿Qué busca realmente?
—No estamos seguros—admitió Harrington. —Pero hay rumores. Rumores sobre algo que se perdió durante la Guerra de Sucesión. Algo que podría cambiar fundamentalmente la naturaleza del imperio. Algo que podría darle a quien lo posea el poder absoluto.
Las palabras resonaron en su mente, idénticas a las que Aurelius le había dicho. ¿Qué podría ser tan poderoso? ¿Qué secreto guardaba el imperio que podría otorgar tal poder a quien lo descubriera?
Mientras Harrington se retiraba, Valeria se quedaba sola en el salón, las palabras de la advertencia resonando en su mente. Tenía una decisión que tomar. ¿Iba a la cita con Alistair? ¿O se mantenía alejada, confiando en la protección de los Guardianes?
Decidió que necesitaba aire. Necesitaba pensar sin las paredes de la mansión oprimiéndola. Se deslizó por el jardín, sus movimientos sigilosos como los de una cazadora, y se dirigió hacia el pequeño muelle que se adentraba en el lago detrás de la propiedad.
Mientras se sentaba en el borde del muelle, sus pies rozando el agua fresca, sintió una presencia a sus espaldas. Se giró bruscamente, su mano yendo instintivamente a la daga que llevaba oculta en su muslo.
—Tranquila, soy yo—dijo una voz suave, y Valeria relajó ligeramente al ver a Eleanor emergiendo de las sombras.
—Eleanor—dijo, su corazón todavía latiendo con fuerza. —¿Qué haces aquí?
—Estaba preocupada—respondió Eleanor, sentándose a su lado. —He oído rumores, Valeria. Rumores sobre lo que realmente pasó en el banquete. Rumores sobre... Guardianes del Tiempo.
Valeria sintió un escalofrío. ¿Cómo sabía Eleanor? ¿Quién se lo había dicho?
—No sé de qué me hablas—mintió, su mente racing.
—Oh, creo que sí—respondió Eleanor, su tono más serio de lo que Valeria la había oído nunca. —Mi padre fue uno de ellos. Un Guardián. Murió protegiendo sus secretos, protegiendo el futuro del imperio.
La revelación golpeó a Valeria con la fuerza de un golpe físico. El padre de Eleanor, un hombre que siempre había parecido tan ordinario, tan devoted a su familia y sus deberes cívicos, era en realidad un Guardián del Tiempo.
—¿Por qué no me lo dijiste?—exigió Valeria, su voz temblando.
—Porque no estaba segura de que pudieras confiar—respondió Eleanor con honestidad. —Y porque no estaba segura de que fueras una de ellas. Hasta ahora.
Valeria se quedó en silencio, procesando esta nueva información. ¿Eso explicaba la lealtad de Eleanor? ¿Su preocupación?
—¿Qué sabes de Alistair?—preguntó finalmente, decidiendo confiar en su amiga.
—No mucho, solo rumores—confesó Eleanor. —Rumores de que no es un renacido como los demás. Rumores de que viene de más lejos. Rumores de que busca algo más que poder. Busca... control.
Las palabras resonaron en su mente, idénticas a las que Harrington y Aurelius le habían dicho. ¿Qué era este control que buscaba Alistair? ¿Y por qué parecía que todos lo temían tanto?
—Tengo que verlo—dijo Valeria, su decisión tomada. —Esta noche. En el puente del amanecer.
—¿Estás loca?—exigió Eleanor, sus ojos widening con horror. —Eso es lo que él quiere. Quererte sola, vulnerable.
—Quizás—respondió Valeria con una calma que no sentía. —Pero también es mi única oportunidad de entender qué está planeando. Y si no lo entiendo, no podré detenerlo.
Mientras hablaban, el sol comenzó a ponerse, teñiendo el cielo de tonos naranja y púrpura. Era hora. Hora de enfrentarse al siguiente jugador en este juego mortal.
—Ten cuidado—dijo Eleanor, su voz temblando. —Por favor, ten cuidado.
—Siempre—respondió Valeria, aunque sabía que era una promesa que podría no poder cumplir.
Mientras se deslizaba por el jardín, dirigiéndose hacia el puente del amanecer, Valeria sentía el peso de las decisiones que había tomado. Había elegido un bando, pero la guerra estaba lejos de terminar. Había expuesto a Cassian, pero ahora enfrentaba a un enemigo quizás más peligroso, más impredecible.
El puente del amanecer era una estructura antigua de piedra que cruzaba el arroyo serpenteante en el borde de la propiedad Montrose. Estaba cubierto de hiedra y musgo, y parecía más un relicto de un tiempo olvidado que parte de la propiedad actual.
Valeria llegó antes que Alistair, su corazón martilleando contra sus costillas mientras esperaba en la penumbra. El aire estaba frío, carry el perfume de las flores nocturnas y la promesa de peligros inminentes.
—Llegaste antes de lo que esperaba—dijo una voz detrás de ella, y Valeria se giró para encontrarse con Alistair, emergiendo de las sombras como si fuera parte de ellas. —Impresionante. Muestra iniciativa.
—No vine a jugar juegos, Lord Alistair—respondió Valeria, su voz firme a pesar del miedo que sentía. —Vine a entender. ¿Qué quieres? ¿Qué buscas realmente?
Alistair sonrió, y por un instante, Valeria vio algo en sus ojos que la heló hasta los huesos. Una antigüedad, un conocimiento que parecía extenderse más allá de una sola vida.
—Creo que ya sabes la respuesta—dijo él, acercándose lentamente. —Busco lo mismo que tú: una segunda oportunidad. Pero mientras tú buscas redimir tus errores pasados, yo busco corregir los errores de toda una civilización.
La respuesta la desconcertó. ¿Errores de toda una civilización? ¿Qué significaba eso?
—No entiendo—dijo Valeria, aunque una parte de ella temía que sí lo entendiera.
—Oh, creo que sí—respondió Alistair, su voz ahora tan suave como seda venenosa. —Has visto el futuro, Valeria. Has visto lo que viene. La guerra, la destrucción, el colapso del imperio. Y quieres evitarlo, ¿verdad?
Valeria asintió, aunque la pregunta se sentía como una trampa.
—Pero yo no quiero evitarlo—continuó Alistair, y las palabras la golpearon con la fuerza de un puño. —Quiero acelerarlo. Quiero destruir este imperio corrupto y decadente desde sus cimientos, para construir algo nuevo. Algo mejor. Algo más fuerte.
La idea la heló hasta los huesos. Alistair no solo quería cambiar el futuro; quería destruir el presente. Quería llevar el imperio a las llamas para poder renacer de sus cenizas.
—Eso es locura—dijo Valeria, su voz apenas un susurro. —Millones morirían.
—El cambio siempre requiere sacrificios—respondió Alistair con una indiferencia que la horrorizaba. —Y a veces, para construir algo nuevo, primero debes destruir lo viejo. ¿No crees que el imperio necesita ser purgado? ¿No crees que la nobleza corrupta, los líderes ineptos, las instituciones podridas merecen ser arrasadas?
Valeria se quedó en silencio, su mente trabajando. Parte de ella, la parte que había sufrido bajo el yugo de una corte injusta, quería estar de acuerdo. Pero la parte de ella que había visto la destrucción, la parte que había experimentado el dolor y el terror de la guerra, sabía que no había justificación para el caos que Alistair proponía.
—No—dijo finalmente, su voz firme. —No hay justificación para la destrucción que propones. Hay formas de cambiar el imperio sin quemarlo hasta los cimientos.
—¿Hay?—preguntó Alistair, su tono desafiante. —¿Y cuántas has visto funcionar? ¿Cuántas veces la historia ha demostrado que los corruptos pueden cambiar sin ser forzados?
Mientras debatían, Valeria sentía cómo el mundo giraba a su alrededor. No estaba solo hablando con un renacido ambicioso. Estaba hablando con un fanático, alguien que creía que el fin justificaba los medios, sin importar cuán terribles fueran esos medios.
—No puedo dejarte hacer esto—dijo Valeria, su decisión tomada. —Haré todo lo posible para detenerte.
Alistair sonrió, y esta vez la sonrisa alcanzó sus ojos, revelando una profundidad de convicción que aterrorizaba. —Espero que lo intentes, Valeria. Realmente lo espero. Porque este juego necesita jugadores dignos. Y tú... tú eres la oponente más interesante que he tenido en mucho, mucho tiempo.
Con esas palabras, se retiró, desapareciendo en las sombras tan silenciosamente como había aparecido. Valeria se quedó sola en el puente, temblando ligeramente mientras el frío de la noche se apoderaba de ella.
Tenía un enemigo nuevo. Un enemigo que no buscaba poder o riqueza, sino destrucción y renacimiento. Un enemigo que veía el caos no como un subproducto del cambio, sino como una herramienta necesaria para lograrlo.
Mientras regresaba a la mansión, su mente racing, Valeria sentía el peso de su nueva misión sobre sus hombros. No solo tenía que proteger al imperio de los conspiradores como Cassian. Tenía que protegerlo de los idealistas como Alistair. De aquellos que creían que podían crear un mundo perfecto a través de la destrucción.
Pero mientras se deslizaba de nuevo por la jardinería, encontró otra nota esperándola en su mesita de noche, junto a la medalla de los Guardianes del Tiempo. Esta vez, el mensaje era breve y alarmante:
"Cassian ha escapado. Los Guardianes han sido traicionados. No confíes en nadie. -A".
La "A" esta vez era claramente de Aurelius. Pero ¿cómo había escapado Cassian? ¿Y quién había traicionado a los Guardianes?
Valeria sintió cómo el mundo giraba a su alrededor. La victoria en el banquete se sentía ahora lejana e insignificante. Cassian estaba libre, buscando venganza. Los Guardianes habían sido traicionados, su seguridad comprometida. Y Alistair estaba ahí fuera, planeando la destrucción de todo lo que ella estaba tratando de salvar.