Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.
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Capítulo 7: Una mentira necesaria
El reloj marcaba las nueve de la noche cuando Nica cerró la puerta de su pequeña habitación.
Se dejó caer sobre la cama completamente agotada.
Jamás imaginó que trabajar pudiera cansarla tanto.
Sin embargo, aquella fatiga era diferente.
Era una sensación agradable.
Era el cansancio de alguien que había luchado por su propio día.
Mientras acomodaba la mochila, un pequeño sobre blanco cayó al suelo.
Era el dinero de su primer sueldo.
Lo tomó entre sus manos y sonrió.
—Mi primer sueldo... —susurró con orgullo.
No era una fortuna.
Pero era el primer dinero que había ganado sin la ayuda de su familia.
Abrió un viejo cuaderno y comenzó a escribir.
Alquiler.
Comida.
Ahorros.
Nunca antes había hecho un presupuesto.
En la Mansión Beaumont jamás tuvo que preocuparse por cuánto costaban las cosas.
Ahora cada moneda tenía un valor especial.
Después de guardar el dinero, tomó el collar que siempre llevaba escondido bajo la ropa.
Era el único recuerdo que conservaba de su abuela.
—Ojalá pudieras verme ahora...
Una lágrima escapó de sus ojos.
La secó rápidamente.
No quería llorar.
Había prometido que sería fuerte.
A la mañana siguiente, el Café del Puerto abrió sus puertas como de costumbre.
Los clientes habituales comenzaron a llegar uno tras otro.
—Buen día, Nica.
—Buen día, don Ernesto.
—¿Hoy tampoco rompiste ninguna taza?
Ella sonrió divertida.
—Voy mejorando.
Las risas llenaron el lugar.
Marta observaba la escena desde la cocina.
Era increíble lo rápido que aquella joven se había ganado el cariño de todos.
Cerca del mediodía, la puerta volvió a abrirse.
El mismo hombre de los últimos días entró con tranquilidad.
Esta vez saludó con un leve movimiento de cabeza.
—Buenos días.
—Buenos días.
Nica sonrió sin darse cuenta.
—¿El café de siempre?
Él levantó una ceja.
—¿Ya tenés mi pedido de memoria?
—Supongo que sí.
—Eso es bueno.
Mientras preparaba la orden, Marta se acercó discretamente.
—Parece que ya tenés un cliente favorito.
Nica casi deja caer la taza.
—¡No! Solo... ya sé qué le gusta tomar.
Marta soltó una risa.
—Claro...
Nica sintió cómo sus mejillas se calentaban.
No entendía por qué aquel hombre la ponía tan nerviosa.
Ni siquiera sabía su nombre.
Cuando llevó el café a la mesa, él cerró la computadora.
—Gracias.
—De nada.
Nica se dio la vuelta para regresar al mostrador.
—Esperá.
Ella volvió a mirarlo.
—¿Sí?
Él señaló la silla frente a él.
—¿Tenés cinco minutos?
Nica dudó.
Marta hizo un gesto desde la barra.
Podía sentarse.
Se acomodó frente a él.
Era la primera vez que hablaban sin prisas.
—Todavía no sé mucho de vos —dijo él.
Nica sintió un pequeño sobresalto.
—No hay mucho para contar.
—¿Siempre viviste en Puerto Azul?
Aquella pregunta la obligó a mentir.
—No.
—¿De dónde sos?
Pensó unos segundos.
No podía decir la verdad.
—De un pueblo pequeño.
—¿Y tu familia?
Bajó la mirada.
—Está lejos.
Él notó la tristeza en su voz.
No insistió.
—Perdón. No quise incomodarte.
Ella levantó una pequeña sonrisa.
—No pasa nada.
Por un instante, ambos permanecieron en silencio.
Era un silencio extraño.
No resultaba incómodo.
Al contrario.
Se sentía natural.
Cuando el hombre terminó su café, se puso de pie.
—Gracias por la compañía.
—Gracias por el café... digo... por venir.
Los dos rieron.
—Nos vemos pronto, Nica.
Ella asintió.
—Hasta pronto.
Lo vio salir del local sin imaginar que, desde la vereda de enfrente, alguien acababa de fotografiar el café.
El hombre guardó la cámara dentro de su mochila.
Sacó el teléfono.
—La encontré.
Del otro lado de la llamada nadie respondió durante varios segundos.
Finalmente, una voz seria preguntó:
—¿Estás completamente seguro?
—Sí.
El investigador volvió a mirar hacia la cafetería.
—La heredera Beaumont está en Puerto Azul.
Sin saberlo, la tranquilidad que Nica había encontrado estaba a punto de comenzar a desmoronarse.
Continuará...