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El Refugio Del Depredador

El Refugio Del Depredador

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
​Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
​En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.

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capitulo 9

​El gran comedor de la mansión Vancini estaba bañado en una penumbra calculada. Una hilera de candelabros de plata vieja sostenía velas de cera negra cuya luz mortecina apenas lograba arañar la superficie pulida de la inmensa mesa de caoba noble, tan oscura que parecía un espejo de agua estancada. Las paredes, cubiertas de tapices damasquinados en tonos carbón, absorbían el rumor de las conversaciones, transformándolas en un murmullo denso. No era una cena de celebración; era un teatro de operaciones.

​A los lados de la mesa se sentaban cuatro de los principales accionistas de Vancini Holdings y un juez de la corte de comercio, hombres de rostros curtidos por la codicia legal y trajes de sastre perfectos que observaban el entorno con la cautela de quien cena con un verdugo. Santiago no estaba presente; dormía en el piso superior, protegido por el blindaje de acero que Leonela le había exigido al lobo.

​Gael presidía la mesa desde la cabecera. Llevaba una chaqueta de esmoquin negra que acentuaba la envergadura de sus hombros y una camisa blanca de cuello rígido desprovista de corbata, un detalle de calculada informalidad que subrayaba su soberbia: él dictaba las normas, incluso las de etiqueta. Sus ojos grises, fijos y fúnebres, se movían con una fijeza devoradora, controlando cada copa de cristal de baccarat y cada gesto de sus comensales.

​Leonela estaba sentada frente a él, en el extremo opuesto. Para este banquete de sombras, había elegido un vestido de satén negro con un escote asimétrico que dejaba al descubierto su hombro izquierdo y la línea perfecta de su clavícula. El tejido se adhería a su silueta como una segunda piel líquida, delineando la curva de sus caderas con una elegancia que quitaba el aliento. Su palidez natural, acentuada por la iluminación de las velas, le daba un aire de madona trágica, pero la fijeza gélida de su mirada oscura desmentía cualquier fragilidad. La sensualidad de su presencia era un arma cargada; el aire acondicionado de la estancia hacía que el satén se pegara a su pecho, tensando sus pezones bajo la tela fina, una traición biológica provocada por la adrenalina que Gael registró con una dilatación imperceptible en sus pupilas.

​El camarero sirvió el segundo plato en un silencio sepulcral. Fue entonces cuando Gael decidió iniciar el asedio psicológico. Levantó su copa de vino tinto, dejando que el líquido oscuro reflejara la llama de una vela, y fijó su mirada en Leonela.

​—Nuestros invitados se preguntaban esta tarde, querida, cómo ha sido para ti la transición desde la quiebra textilera de tu familia a la estructura de nuestros muelles —dijo Gael. Su barítono profundo cruzó los metros de caoba con una lentitud tortuosa, una franqueza cortante diseñada para humillarla públicamente—. Les explicaba que la mentalidad de los deudores suele ser... errática. Se acostumbran a vivir del aplazamiento, a esconderse tras las leyes de bancarrota, olvidando que en el mundo real, los activos terminan regresando a quienes tienen la fuerza para gestionarlos.

​Los accionistas sonrieron con una crueldad corporativa ensayada, cruzando miradas de suficiencia. El juez asintió despacio, saboreando el corte de carne. El ataque era sutil pero letal: Gael estaba pintando a Leonela ante sus aliados como una refugiada, una mujer recogida por piedad contractual, despojándola del apellido que la aristocracia aún respetaba.

​Leonela sintió una oleada de calor violento que le subió por el cuello, una pulsación de rabia pura que amenazó con romper la máscara de granito de sus facciones. El pánico interno, la humillación de verse expuesta como un trofeo de caza frente a los hombres que habían firmado el desmantelamiento de la herencia de su padre, intentó asfixiarla. El aroma a sándalo y tabaco que emanaba de Gael parecía viajar por la mesa, asfixiando el olor a gardenias muertas del centro de mesa.

​Sin embargo, Leonela no bajó la cabeza. Dejó los cubiertos de plata sobre la mesa con un chasquido seco que cortó la risa contenida de los comensales. Apoyó los antebrazos sobre la madera oscura, inclinándose hacia adelante. El movimiento hizo que el satén negro de su vestido se deslizara, revelando la firmeza de su pecho y el pulso rápido que latía con fuerza en su garganta. Sostuvo la mirada de Gael con una fijeza mortal, obligando al titán a registrar que la leona no iba a dejarse arrastrar por el fango de su arrogancia.

​—La transición ha sido aclaratoria, Vancini —respondió ella. Su voz no se alzó, pero tuvo una nitidez tan afilada que el juez detuvo la copa a mitad de camino—. En la industria textil de mi padre, cuando una máquina fallaba, se reparaba. Había un entendimiento humano detrás de cada contrato, una noción de que el comercio se hace entre hombres, no entre carniceros. Aquí, en tu mesa, descubro que la gestión de tus muelles no es una ciencia financiera; es simplemente la sofisticación de la crueldad.

​El comedor se congeló. Uno de los accionistas carraspeó, incómodo, mientras la señora Ortega, que supervisaba el servicio desde la esquina, contenía el aliento. Nadie usaba la palabra "crueldad" en la misma frase que Gael Vancini, y mucho menos en su propia mesa, frente a los hombres que legalizaban sus despojos.

​—Leonela... —advirtió Gael, sus ojos grises estrechándose con una resolución mortal que habría hecho temblar a su junta directiva entera.

​—Déjame terminar, Gael —le interrumpió ella, usando su nombre de pila por primera vez ante los invitados con una franqueza cortante que sonó como un latigazo—. Tus invitados admiran tu imperio porque ven los barcos limpios y los balances en oro. Pero la realidad es que tu éxito se basa en el miedo. Usas el contrato que firmamos no para proteger una imagen pública, sino para demostrarle a tu entorno que puedes comprar la herencia de los que cayeron. Tu fuerza no es grandeza, es solo el aislamiento de un hombre que necesita encadenar a una mujer y amenazar la seguridad de un niño de cuatro años para sentirse el dueño de la ciudad. Eso no es poder, Gael. Eso es cobardía decorada con mármol.

​La verdad directa cayó sobre la caoba como un bloque de granito. El silencio que siguió fue asfixiante, humanizado únicamente por el crujido de una vela al consumirse. Los comensales miraban fijamente sus platos, temiendo cruzar la mirada con el lobo gris, cuya mandíbula se había tensado hasta el punto de que los músculos de su cuello parecían cuerdas de piano a punto de romperse.

​Gael Vancini, el hombre que no dejaba cabos sueltos, se quedó en silencio.

​La fijeza de las palabras de Leonela lo había desarmado frente a sus propios aliados, no porque fuera un insulto ordinario, sino porque era una radiografía exacta de su miseria psicológica. Ella había puesto al desnudo la barbarie que escondía tras la lencería cara y los esmoquin a medida. La fascinación oscura que sentía por ella se mezcló con una furia fría, una corriente eléctrica de deseo absoluto y hostilidad que cruzó el espacio entre sus cuerpos, encendiendo la estática del comedor.

​Gael dejó la copa sobre la mesa. Su mirada devoradora recorrió el rostro pálido de Leonela, deteniéndose en sus labios oscuros y en la fijeza inquebrantable de sus ojos. Lentamente, se puso de pie, recuperando su estatura de gigante corporativo. Los accionistas se tensaron, esperando la orden de desalojo o un estallido de la violencia perimetral que solía caracterizarlo.

​—Caballeros —dijo Gael, su barítono bajo y calmado, lo que resultaba aún más aterrador—. La cena ha terminado. Mi esposa necesita descansar. Los detalles del fideicomiso del muelle 14 los cerraremos en mi oficina de la torre mañana a primera hora. Retírense.

​Los hombres se levantaron de inmediato, asintiendo con una prisa militar, ansiosos por abandonar el territorio hostil en el que se había convertido el comedor. El sonido de sus pasos alejándose por el granito del vestíbulo fue lo único que llenó la estancia hasta que las pesadas puertas de doble hoja se cerraron, dejándolos a solas en la penumbra de las velas negras.

​Gael rodeó la inmensa mesa de caoba con su zancada lenta y depredadora. Cada impacto de sus zapatos contra el suelo era una cuenta atrás para Leonela. Ella permaneció sentada, con la espalda recta y el mentón alzado, aunque por dentro el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza salvaje.

​Cuando Gael llegó a su lado, se inclinó, apoyando ambas manos en los brazos de la silla de ella, acorralándola en su propio asiento. El calor abrasador de su cuerpo la envolvió por completo; el olor a sándalo y tabaco caro se volvió una presión física en sus pulmones. Sus rostros quedaron a escasos centímetros, tanto que Leonela pudo ver la pequeña cicatriz de su labio superior temblar sutilmente.

​—Tienes una lengua muy afilada para alguien que duerme bajo mi techo por la gracia de mi firma, leona —susurró Gael, su aliento rozando los labios de ella con una intensidad que le erizó la piel.

​—Mi lengua solo dice lo que tus hombres temen pensar, Vancini —replicó ella, su franqueza cortante manteniéndose firme a pesar de la proximidad física que entorpecía su juicio—. Me pediste legitimidad ante tus socios. Hoy les demostré que no soy un maniquí sumiso. Si querías una esposa real, ahí la tienes. Una que conoce el monstruo con el que se casó.

​Gael extendió una mano larga y curtida, y deslizó sus dedos fuertes por la línea descubierta de su hombro izquierdo, bajando por la seda del vestido hasta presionar con suavidad la base de su cuello, allí donde el pulso de Leonela delataba su agitación biológica. El contacto provocó un estremecimiento profundo en el vientre de la mujer, una pulsación líquida de deseo absoluto que odiaba sentir, pero que la unía al lobo en una atracción trágica.

​—Me humillaste frente a la junta —siseó él, aunque sus ojos grises brillaban con una fascinación salvaje, una devoción oscura que demostraba que su resistencia lo encendía más que cualquier sumisión—. Nadie sobrevive a una verdad así en esta casa.

​—Tú sobrevivirás, Gael —respondió ella, inclinando la cabeza apenas un milímetro, obligándolo a sentir la fijeza de su respiración contra su piel—. Porque en el fondo, sabes que cada palabra era cierta. Y porque prefieres una leona que te muerda a una mujer gris que muera de frío en tu jaula de cristal.

​Gael la soltó con una lentitud tortuosa, sus dedos dejando un rastro de calor en su piel pálida antes de enderezarse. La miró una última vez en la penumbra del comedor desierto, donde las velas negras empezaban a apagarse una a una, dejando el banquete de sombras en la oscuridad definitiva.

Leonela levantándose de la mesa, con el satén negro de su vestido fluyendo a su alrededor, sabiendo que había ganado la batalla psicológica de la noche, pero que el precio de haber desarmado al monstruo sería un asedio aún más íntimo y peligroso en los días por venir.

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Celina Espinoza
sgddyf HH cfffnfdgñhcefghXfdsjxdhvcczdg.vccfbmbcfssgmvxfdhojcdtlnvzxfhvnx
neumidia ruiz
listo Gael el niño ya toco tu corazón no te hagas el duro
neumidia ruiz
esta muy interesante 👍 pinta buena
Celina Espinoza
super buena 🙏🥰
valeska garay campos
se lee interesante 👀
celimar
exelente capitulo 🥰👏👏
Joanny Millán
me encanta 😍
Fernanda
👍👍 excelente
Celina Espinoza
exelente capitulo 🥰🥰
Fernanda
es increíble el nene con cada pregunta 👍👏y Gael siempre queda 🤭
Fernanda
👍👍👏
Celina Espinoza
me encanta cada episodio 👏🥰y cada interacción de el niño me muero
Fernanda
me encanta santiago siempre tiene una nueva curiosidad 👍🥰
celimar
me encanta como Santiago entra como dueño de su casa 🤭🥰y pone a Gael nervioso con cada pregunta 🥰
celimar
exelente 👏🥰me gusta
Fernanda
👍👍❤️
celimar
me gusta tu historia gracias por compartirla 👏🥰
Fernanda
👍👍🥰
Fernanda
el niño es muy curioso 🥰☺️🤭le da el toque de humanidad al prota
Celina Espinoza
👏🥰gracia me gusta tu historia
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