Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 14 El susto de la fiebre y el nombre del pasado
Había sido una tarde tranquila, y nos habíamos acostado un poco temprano, abrazados como hacíamos todas las noches desde que volvimos a casa.
Yo me sentía bien, relajada, escuchando los latidos del corazón de Damián contra mi oído, segura por fin de que el mal momento había pasado.
Pero de repente, sin aviso ni razón aparente, todo se volvió oscuro y confuso.
Sentí que un frío que calaba los huesos me recorría todo el cuerpo, mientras por dentro me quemaba como si estuviera al lado de un fuego.
Mis dientes empezaron a castañetear con fuerza, golpeándose unos contra otros sin que yo pudiera controlarlo.
Me acurruqué buscando calor, pero no pude decir ni una palabra coherente:
solo me quedé ahí, temblando sin parar, con los ojos cerrados y la mente perdida en un sueño febril.
Él se dio cuenta al instante.
Notó cómo mi cuerpo se sacudía entre sus brazos, cómo me estremecía con espasmos que le helaron la sangre.
—¿Eluney? ¿Me escuchas? —
llamó con voz temblorosa, encendiendo la luz de golpe.
Al poner su mano sobre mi frente, la retiró de inmediato por el calor abrasador.
—¡Dios mío! —susurró aterrado—.
Estás ardiendo.
Intentó hablarme, preguntarme qué me pasaba, pero yo no respondí.
Solo seguía temblando, con la mirada perdida, sumergida en ese delirio que me llevaba años atrás.
Y entonces, entre mis labios secos y entreabiertos, salió el nombre que guardaba en lo más profundo de mi alma:
—Cristian...
Lo dije suavemente, casi como un suspiro, como una súplica a quien yo sabía que se había ido para siempre.
—Cristian... —repetí con voz quebrada—.
No te vayas... por favor... no me dejes sola...
Damián se quedó sin aire.
Sintió como si el pecho se le partiera en dos.
Su alma reconoció ese nombre al instante, lo sintió como propio, aunque sabía que no podía decirlo.
Sabía que yo llamaba a quien amé y creí perdido, sin imaginar que esa misma alma estaba justo ahí, sosteniéndome ahora en otro cuerpo, con otro nombre.
No podía revelar nada todavía.
Solo pudo apretar mi mano con fuerza y quedarse ahí, sufriendo en silencio, escuchando cómo rogabas por él sin saber que lo tenías al lado.
Pasaron las horas y la fiebre no bajaba.
Al contrario, cada vez estaba más alta.
Él cambió los paños fríos una y otra vez, me dio agua, probó todo lo que sabía, pero el calor no desaparecía.
Desesperado, miró el reloj:
eran las tres de la mañana. Sin dudarlo ni un segundo, tomó el teléfono y llamó al médico, rogando que fuera a casa de inmediato.
Cuando el doctor llegó y me revisó con calma, tomó mis signos y suspiró con seriedad.
—Es una recaída fuerte —dijo—.
La fiebre es alta, pero por ahora no hay nada más que hacer.
Reposo absoluto.
Debe permanecer acostada todo el tiempo.
Solamente podrá levantarse para ir al baño, pero siempre acompañada, No debe hacer ningún esfuerzo por sí misma, ni caminar sola ni un paso.
El médico se fue, y Damián se quedó mirándome, asintiendo con la cabeza como si se estuviera grabando esa orden a fuego en la mente.
—Nada de esfuerzos —repitió bajito—.
Solo irás al baño conmigo.
Y yo no te soltaré ni un segundo.
Se quedó toda la noche despierto, cambiando los paños fríos en mi frente, sosteniendo mi mano que no dejaba de temblar, escuchando cómo una y otra vez yo llamaba a ese nombre que su alma llevaba grabado desde siempre.
Prometiéndole a sí mismo que mientras estuviera ahí, nadie me haría daño, y que cuidaría de mí con todo el amor que ese muchacho de quince años no pudo darle el tiempo suficiente.