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El Año En Que Dejamos De Respirar

El Año En Que Dejamos De Respirar

Status: Terminada
Genre:Romance / Maldición / Romance paranormal / Completas
Popularitas:565
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.

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Capítulo 17: La decisión

Los días en la casa de Nicolás se convirtieron en una burbuja de tiempo suspendido.

Cada mañana despertaba junto a él, en su cama de hierro forjado, con su brazo alrededor de mi cintura y su respiración cálida contra mi nuca. Desayunábamos con sus padres, que ya me trataban como a una hija, y pasábamos las horas leyendo, dibujando mandalas, hablando de todo y de nada.

Era perfecto.

Demasiado perfecto.

Y por eso, cuando la crisis llegó, no me cogió por sorpresa. Llevaba días viendo cómo su energía se desvanecía, cómo sus manos temblaban más, cómo su respiración se volvía más entrecortada. Sabía que el final estaba cerca. Pero no quería aceptarlo.

Ocurrió una tarde, mientras le leía un poema de Benedetti.

"No te rindas, que la vida es eso,

continuar el viaje,

seguir los sueños,

desatar el tiempo,

correr los escombros,

y destapar el cielo..."

De repente, su mano soltó la mía. Su cuerpo se tensó. Y su respiración se convirtió en un jadeo corto y desesperado.

—Nicolás —dije, dejando el libro—. ¿Qué pasa?

—No... no puedo... —Su mano se llevó al pecho, y sus dedos se aferraron a la tela de su camiseta. —El pecho... no entra aire...

—¡Elena! —grité, levantándome de un salto. —¡Javier! ¡Por favor, ayuden!

Los padres de Nicolás entraron corriendo. Elena se arrodilló junto al sofá, tomando la mano de su hijo, mientras Javier llamaba a urgencias. Yo me quedé al lado, sin saber qué hacer, con el corazón latiéndome tan fuerte que creí que iba a estallar.

—Nicolás, respira —decía Elena, con la voz rota—. Respira, hijo. Por favor.

—No... puedo... —su voz era apenas un susurro—. Mamá... duele...

Llegó la ambulancia en diez minutos. Pero para mí, esos diez minutos fueron una eternidad. Verlo retorcerse en el sofá, ver cómo su piel se volvía gris, cómo sus labios se ponían morados. Sentir su mano aferrada a la mía con una fuerza que no sabía que le quedaba.

—No te vayas —susurré, inclinándome sobre él. —No te vayas, Nicolás. Por favor. No te vayas.

—Valeria... —su voz era débil, casi inaudible—. Te quiero...

—Yo también te quiero. —Apreté su mano con todas mis fuerzas. —Pero no te vayas. Todavía no. No puedo vivir sin ti.

—Lo sé... —sonrió, débilmente—. Pero... tengo que irme...

—No.

—Sí. —Su mano temblorosa subió hasta mi mejilla. —Pero no... no es una despedida. Es un... hasta luego.

—Nicolás, no digas eso.

—Escúchame... —su voz era tan baja que tuve que acercar mi oído a sus labios—. Prométeme... que vas a ser feliz. Que... vas a vivir. Que vas a amar.

—Te lo prometo —dije, con las lágrimas rodando por mis mejillas.

—Eso es todo... lo que necesito...

Y entonces, sus ojos se cerraron.

Llegaron los paramédicos. Lo subieron a la camilla, lo conectaron a las máquinas, lo llevaron a la ambulancia. Yo quise subir con ellos, pero Elena me detuvo.

—Tranquila —dijo, con los ojos enrojecidos—. Iremos detrás. Pero ahora, él necesita espacio.

—¿Y si no vuelve?

—Volverá. —Me abrazó con fuerza. —Nicolás es un luchador. Siempre lo ha sido. Y esta vez, también va a luchar.

Llegamos al hospital una hora después. Elena y Javier entraron en la sala de urgencias mientras yo me quedaba en la sala de espera, con las manos temblorosas y el corazón en un puño.

Pasaron las horas. Las enfermeras entraban y salían, pero nadie me decía nada. Solo me sentaba en la silla, mirando la puerta, esperando que alguien saliera con buenas noticias.

Pero las buenas noticias no llegaban.

Cuando finalmente apareció el médico, su rostro era serio. Demasiado serio.

—Familia de Nicolás Martínez —dijo.

Elena y Javier se levantaron. Yo también.

—Está estable —dijo el médico. —Pero su estado es crítico. Los pulmones están fallando. Necesita un trasplante urgente.

—¿Y hay donante? —preguntó Elena, con la voz temblorosa.

—No. —El médico negó con la cabeza. —No hay donante compatible. Y con su estado... no le queda mucho tiempo.

El mundo se derrumbó.

Elena se desplomó en los brazos de Javier, sollozando sin control. Yo me quedé de pie, con las piernas temblorosas y la mente en blanco.

—¿Cuánto? —pregunté, con la voz apenas un susurro.

—Unos días. —El médico me miró con compasión. —Tal vez una semana. No más.

—¿Puedo verlo?

—Sí. —Se apartó para dejarme pasar. —Pero solo unos minutos. Está muy débil.

Entré en su habitación.

Nicolás estaba en la cama, con el rostro pálido y las máquinas pitando a su alrededor. Tenía los ojos cerrados, y su pecho subía y bajaba con una lentitud que me rompía el alma.

—Nicolás —susurré, sentándome junto a la cama. —Estoy aquí.

Abrió los ojos lentamente. Su mirada estaba perdida, pero cuando me vio, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

—Valeria... —su voz era apenas un suspiro.

—Estoy aquí. —Apreté su mano. —No me he ido. Nunca me iré.

—Lo sé. —Su sonrisa se ensanchó un poco. —Eres... mi ángel.

—Tú eres mi vida.

—Valeria... —su mano temblorosa subió hasta mi mejilla—. Necesito... que hagas algo.

—Lo que sea.

—Dile a mi madre... que la quiero. —Su voz se quebró. —Que siempre... la he querido.

—Se lo diré.

—Y a mi padre...

—También.

—Y a ti... —sus ojos se llenaron de lágrimas—. A ti te quiero... más que a nada... en el mundo.

—Yo también te quiero.

—Pero necesito... que tomes una decisión.

—¿Qué decisión?

—Tengo que irme, Valeria. —Su voz era débil, pero firme. —No puedo... seguir luchando. Duele demasiado. Pero no quiero... irme sin saber que tú... vas a estar bien.

—No voy a estar bien. —Las lágrimas rodaron por mis mejillas. —No sin ti.

—Sí... vas a estar bien. —Su mano apretó la mía con la poca fuerza que le quedaba. —Porque me lo has prometido. Porque vas a vivir. Porque vas a amar. ¿Lo recuerdas?

—Lo recuerdo.

—Entonces... déjame ir.

—No puedo.

—Tienes que poder. —Su sonrisa era tan frágil como una hoja de otoño. —Porque yo... ya estoy cansado. Y quiero descansar. Pero quiero... que tú sigas adelante. ¿Puedes hacerlo por mí?

—No sé si podré.

—Lo sé. —Su mano acarició mi mejilla. —Eres la persona más fuerte... que he conocido. Y yo... te lo he visto. Eres capaz de todo.

—Nicolás...

—Déjame ir, Valeria. —Su voz era apenas un susurro—. Déjame ir... sabiendo que tú vas a estar bien.

Me quedé en silencio durante un largo momento. El peso de su petición me aplastaba el pecho, y las lágrimas no dejaban de caer.

Pero entonces, recordé su diario. Recordé sus palabras. Recordé la promesa que le había hecho junto al mar.

Y supe lo que tenía que hacer.

—Te dejo ir —susurré, inclinándome para besar su frente—. Te dejo ir, mi amor. Pero prométeme que me esperarás.

—Siempre. —Sonrió, y en sus ojos vi una paz que no había visto antes. —Te esperaré... toda la eternidad.

Y entonces, con mi mano en la suya y mi corazón en sus manos, lo dejé ir.

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