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El Trono De Sangre Y Espinas

El Trono De Sangre Y Espinas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía
Popularitas:740
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

¡Que escuchen los hombres, que escuchen los reyes y que escuchen los cielos! ¡Si la moralidad del mundo exige que renuncie a ti, destruiré el mundo! ¡Y si el cielo mismo intenta separarnos, le declararé la guerra a los mismos dioses! ¡Mi único reino es tu corazón, Elysian!

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LA PETICIÓN DEL COMANDANTE

Las pesadas puertas de roble y hierro de la Sala del Trono se cerraron con un retumbo sordo que resonó en la vasta cúpula de piedra. En el interior, la luz del atardecer se filtraba por las vitrales superiores, tiñendo el mármol de tonos violetas y carmesíes.

​El Rey Kaelen Draven estaba de pie junto a la gran mesa de mapas, con la túnica de lino negro abierta en el cuello y el torso cruzado por la empuñadura de su espada. A su lado, sentado en un sillón de roble tallado, Elysian hojeaba unos pergaminos de botánica, disfrutando del silencio de la tarde.

​El Comandante Rhaed Valerius avanzó diez pasos hacia el centro del salón. Vestía su túnica de gala sin la coraza de combate, dejando al descubierto su complexión imponente, sus hombros anchos y las cicatrices que marcaban su cuello y pómulo. A pesar de haber comandado ejércitos en el norte helado y de haber degollado a decenas de enemigos sin pestañear, sus manos temblaban ligeramente bajo los pliegues de su capa.

​Rhaed se detuvo, desabrochó su tahalí y colocó su espada corta sobre el suelo de piedra. Luego, se hincó sobre una rodilla, inclinando la cabeza frente a ambos reyes.

​—Mi Rey. Rey Sanador —su voz, habitualmente áspera y retumbante, sonó cargada de una solemnidad absoluta.

​Kaelen levantó la mirada de los mapas, frunciendo el ceño con extrañeza. Rhaed nunca desarmaba su persona dentro de la Ciudadela, ni siquiera en presencia de los soberanos.

​—Ponte de pie, Rhaed —ordenó Kaelen con tranquilidad—. ¿Qué informe traes de las patrullas del sur?

​—No vengo a entregar un informe militar, Majestad —respondió Rhaed, permaneciendo de rodillas—. Vengo a pedirles permiso para algo que involucra mi vida, mi honor y el futuro de su casa. Vengo a pedirles su bendición para cortejar a Lady Lyra e iniciar formalmente una relación con ella... si ella así lo desea.

​El silencio que siguió a sus palabras fue tan denso que pareció congelar el aire del salón.

​Kaelen se quedó completamente inmóvil. La serenidad de su rostro se desintegró en un segundo. Sus ojos plateados, que solían oscurecerse ante la amenaza, se tornaron pozos de sombra pura. La marea de su magia oscura emergió instintivamente de su espalda, haciendo que las antorchas de las paredes parpadearan con chispas violetas.

​—¿Qué dijiste? —siseó Kaelen. Su voz descendió una octava, convirtiéndose en un murmullo peligroso y cavernoso.

​—Amo a Lady Lyra —repitió Rhaed sin alterar la postura, mirando fijamente a los ojos del rey—. La amo desde la primera vez que la vi. La he amado en silencio mientras la veía sanar al pueblo y la he amado mientras vigilaba sus pasos en la penumbra. No es un impulso pasajero ni una búsqueda de posición. Mi alma le pertenece.

​Kaelen rodeó la mesa de mapas a pasos agigantados. En un movimiento violento, sujetó a Rhaed por las solapas de la túnica y lo levantó de golpe, estampando al imponente comandante contra una de las columnas de mármol. El impacto hizo temblar la piedra.

​—¡Te di la orden de protegerla! —rugió Kaelen a milímetros de su rostro, con las venas del cuello marcadas por la rabia—. ¡Te confié su seguridad después de que esos malditos nobles intentaran destrozarla! ¡¿Y te atreves a poner tus ojos de soldado en mi hermana?! ¡Es una joven que apenas empieza a respirar sin miedo, y tú eres un veterano manchado de sangre!

​Rhaed no intentó zafarse ni llevó la mano a su daga. Se limitó a recibir el peso de la furia del rey, manteniendo la mirada firme.

​—Sé lo que soy, Kaelen —contestó Rhaed con la respiración entrecortada por la presión en su pecho—. Sé que soy mayor, que tengo las manos manchadas de la peor violencia y que no merezco su pureza. Por eso he callado durante todo este tiempo. Pero no puedo seguir mintiéndote a ti ni a mí mismo. Si crees que mi afecto la ensucia o que traicioné tu confianza al enamorarme de ella... saca tu daga y atraviesa mi corazón ahora mismo. Preferiría morir por tu mano que vivir viéndola de lejos como si fuera un fantasma.

​Kaelen apretó los dientes, apretando el agarre en la túnica de Rhaed. La empuñadura de su espada crujió bajo la presión de su guantelete.

​—Kaelen. Suéltalo.

​La voz de Elysian resonó suave, pero cargada de una autoridad serena que hizo que la marea de sombras del rey se detuviera.

​Elysian se levantó de su sillón y caminó hacia ellos. Con movimientos pausados, posó su mano cálida sobre el brazo rígido de Kaelen, deslizando sus dedos hasta la muñeca que sujetaba al comandante.

​—Kaelen, mi vida... mírame —pidió Elysian con ternura.

​Kaelen volvió la cabeza hacia su esposo, con la respiración agitada y los ojos plateados ardiendo en celos fraternales.

​—Es solo una niña, Elysian... —protestó Kaelen, aunque su tono perdió parte de su agresividad ante el contacto del sanador.

​—Ya no es una niña, mi amor —respondió Elysian con una sonrisa melancólica, acariciando la mejilla del rey—. Ha sufrido, ha luchado y ha crecido. ¿Acaso no has visto cómo cambia su rostro cuando Rhaed entra en la habitación? ¿No has notado cómo busca su sombra cada vez que camina por los jardines?

​Kaelen aflojó el agarre, pero no soltó del todo a su comandante.

​—Es un soldado, Elysian. Su vida es la guerra.

​—Es el hombre que esperó afuera de su puerta todas las noches durante meses para asegurarse de que no tuviera pesadillas —recordó Elysian, mirando a Rhaed con profunda gratitud—. Es el hombre que sale al amanecer a juntar flores silvestres para dejárselas en secreto. Kaelen... Rhaed la ama con la misma devoción ciega con la que tú me amas a mí. ¿Le vas a negar a nuestra hermana la oportunidad de ser cuidada por alguien que daría la vida por ella?

​Las palabras de Elysian calaron en lo más profundo del corazón del Rey de Hierro. Kaelen cerró los ojos un instante, recordando el dolor de su propio exilio y cómo el amor de Elysian lo había salvado de la monstruosidad.

​Lentamente, Kaelen soltó a Rhaed. El comandante dio un paso atrás, ajustándose la túnica y respirando hondo.

​Kaelen se dio la vuelta, dándole la espalda mientras caminaba hacia el ventanal del salón.

​—Ponte de pie, Rhaed —ordenó el rey con voz áspera.

​Rhaed se incorporó, manteniendo la postura erguida.

​—Si le pides que esté contigo —dijo Kaelen sin girarse, mirando hacia la ciudad abajo—, debe ser por su propia voluntad. No la presionarás. No la apresurarás. Y si un solo día me entero de que provocaste una lágrima de tristeza en su rostro... olvidaré nuestra amistad, olvidaré que eres mi comandante y te daré la muerte más lenta que la magia de sombras pueda crear. ¿Entendido?

​Rhaed se inclinó con el pecho lleno de una emoción sofocante.

​—Entendido, Mi Rey. Preferiría cortarme las manos antes que causarle dolor.

​Elysian sonrió y se acercó a Rhaed, posando una mano afectuosa sobre el hombro del gigante.

​—Ve a buscarla, Rhaed. Está en la galería de las rosas. Y sé sincero... ella ha estado esperando este momento tanto como tú.

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