Para salvar a su clan de la ruina, Zaira acepta un matrimonio forzado con Tariq Al-Rashid, el despiadado Alfa de la mafia vampírica de Dubái. Obligada a renunciar a su libertad, se adentra en un palacio de lujo y misterio que parece salido de Las mil y una noches. Pero el peligro real la espera al cruzar el umbral: el hombre con el que debe casarse no es su prometido inicial, sino el implacable y magnético padre de este, un inmortal de mirada abrasadora que esconde el secreto de un viaje en el tiempo. Entre sedas, dunas plateadas y miradas que queman, Zaira descubrirá que la línea entre el odio y la pasión más ardiente es tan fina como un suspiro.
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Capítulo 4: La Furia del Alfa
La pesada puerta de caoba saltó en mil pedazos, enviando astillas de madera volando por toda la estancia. Tres hombres vestidos con táctico negro y armas de alto calibre irrumpieron en la suite con la ferocidad de una jauría hambrienta.
Zaira ahogó un grito y se replegó instintivamente contra el cabezal de la cama, sujetando la seda de su vestido sobre el pecho. Pero antes de que el primer mercenario pudiera alzar el cañón de su arma, Tariq ya no estaba frente a ella.
Se movió como una sombra letal, invisible para los ojos mortales.
Un chasquido seco resonó en el aire cuando Tariq sujetó al primer atacante por el cuello, estampándolo contra el suelo de mármol con una fuerza devastadora que hizo retumbar la habitación. Los otros dos hombres abrieron fuego, pero el Alfa esquivó las balas con una gracia felina e inhumana, deslizándose entre las ráfagas hasta posicionarse detrás de ellos.
Un gruñido profundo, de pura dominancia ancestral, vibró en el pecho de Tariq. Con un par de movimientos precisos y desprovistos de piedad, desarmó y neutralizó a los intrusos, dejándolos inconscientes a sus pies. El silencio volvió a caer sobre la suite de manera repentina, sofocante y helada.
Entre la humareda de los disparos, una figura alta emergió del pasillo. Era Samir.
El joven heredero vestía con la arrogancia propia de la juventud rebelde, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa amarga que denotaba desesperación. Sostenía una daga bañada en plata antigua, un arma capaz de herir mortalmente a los de su propia especie.
—Llegas tarde para la fiesta de bodas, padre —protestó Samir, escupiendo al suelo mientras avanzaba unos pasos—. Pensaste que huiría como un perro, pero solo estaba reuniendo la fuerza necesaria para tomar lo que me pertenece. Ese trono es mío, y esa mujer también lo era.
Tariq caminó despacio hacia él. La palidez de su rostro esculpido se había acentuado, y sus ojos ámbar ahora ardían con un matiz rojo sangre que infundía un terror primario. La energía del Alfa envolvía la habitación como una presión atmosférica aplastante.
—Cometiste un error al volver, Samir —dijo Tariq, su voz tan grave y amenazante como un trueno subterráneo—. Rompiste el pacto con el clan, traicionaste a tu sangre y pusiste en riesgo a la mujer que ahora lleva mi marca. No eres más que un cobarde impulsado por la codicia.
—¡Ella era mi prometida! —gritó Samir, arremetiéndose con la daga en un ataque desesperado hacia el pecho de su padre.
Tariq ni siquiera pestañeó. Atrapó la muñeca de Samir en el aire con la facilidad de quien detiene una brisa ligera. El hueso del joven crujió bajo la presión inmensa del Alfa, haciendo que la daga de plata cayera al suelo resonando con un eco metálico.
Con una rapidez pasmosa, Tariq tomó a Samir del cuello y lo levantó varios centímetros del suelo, acorralándolo contra la pared. La miraba de Tariq era pura sentencia.
—Renunciaste a ella cuando huiste en la noche —susurró Tariq a escasos centímetros del rostro aterrorizado de su hijo—. Ella no es un trofeo de guerra. Es mi esposa. Y si vuelves a poner un pie en este palacio, no habrá lugar en la tierra ni en el tiempo donde puedas esconderte de mi furia.
Tariq arrojó a Samir hacia el pasillo, donde la guardia personal del Alfa, ya alertada, lo sometió de inmediato y lo encadenó con grilletes de hierro antiguo.
El peligro inmediato había pasado, pero la adrenalina aún quemaba en el aire. Tariq se giró lentamente hacia Zaira. Sus ojos rojos comenzaron a recuperar su tono ámbar cálido a medida que regulaba su respiración. La ferocidad implacable del líder de la mafia dio paso a una ternura contenida al ver a su joven esposa temblando ligeramente sobre las sábanas.
Se acercó a la cama con pasos suaves y se arrodilló a su lado. Con manos sorprendentemente delicadas, Tariq tomó el rostro de Zaira entre sus palmas, obligándola a mirarlo a los ojos.
—¿Estás bien, pajarillo? —preguntó él en un susurro cargado de preocupación genuina—. ¿Te han hecho daño?
Zaira buscó aire en sus pulmones, sintiendo cómo el calor de las manos de Tariq dispersaba el frío del miedo. La ferocidad con la que la había protegido no la aterrorizaba; en el fondo de su ser, despertaba una sensación de seguridad y pertenencia que jamás había experimentado.
—Estoy bien... gracias a ti —respondió ella, deslizando voluntariamente sus dedos sobre las manos del Alfa.
Tariq sonrió con una dulzura sombría e inclinó su frente hasta apoyarla contra la de ella.
—Nadie te tocará mientras yo respire, Zaira. Este es solo el comienzo de la batalla por nuestro imperio, pero esta noche... esta noche solo me perteneces a mí.