Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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Capítulo 8 - El hombre que observa
Mientras Dylan se movía entre los corredores con esa soltura que le daban los años de experiencia, Nathan se había convertido, sin quererlo, en el centro de atención de otro círculo.
No era para menos.
Apenas los invitados más observadores reconocieron el apellido Liu, las miradas comenzaron a dirigirse hacia él con un interés que iba más allá de la cortesía. Nathan Nathaniel Liu, dueño de Liu Motors, una de las empresas más innovadoras en el sector de autos de alto rendimiento. Su rostro había aparecido en portadas de revistas especializadas, en entrevistas donde hablaba de ingeniería con la pasión de un niño y la precisión de un estratega. Y aunque no era una figura pública del mismo calibre que los corredores, en este ambiente, su nombre pesaba.
—Señor Liu, qué sorpresa verlo por aquí —dijo un hombre de cabello cano, acercándose con una sonrisa amplia—. No sabía que asistiría a la gala.
—Solo acompañando —respondió Nathan, con una cortesía medida—. Mi novio corre mañana.
—Ah, claro, Dylan Lara. Un talento joven. —El hombre asintió, como si evaluara la información—. Vi el prototipo que presentaron hace dos años. El que tenía el sistema de refrigeración integrado en el chasis. Una locura de ingeniería.
Nathan levantó una ceja, sorprendido de que alguien recordara ese detalle.
—Trabajamos duro en ese proyecto.
—Se notó. Tuvo una recepción increíble en el mercado europeo. ¿Planean algo similar para este año?
—Digamos que estamos guardando algunas sorpresas.
El hombre rió, levantando su copa en señal de respeto.
—Me alegra saberlo. Estaremos atentos.
No fue el único. En cuestión de minutos, Nathan se vio rodeado por un pequeño grupo de ingenieros, patrocinadores y curiosos que querían saber más sobre los próximos lanzamientos de Liu Motors. Él respondía con la misma calma de siempre, midiendo cada palabra, sin revelar demasiado pero dejando suficiente para mantener el interés.
Mientras tanto, al otro lado del salón, Dylan estaba en su elemento.
Rodeado de un grupo de corredores con los que había compartido pista en más de una ocasión, las risas fluían con la misma facilidad que las copas. Había algo en el ambiente previo a una carrera que electrizaba las conversaciones, una mezcla de adrenalina contenida y camaradería fingida que solo existía entre competidores.
—No me digas que todavía usas esa configuración de suspensión —dijo uno de ellos, un brasileño de sonrisa fácil—. Eso quedó en el siglo pasado, hermano.
—Funciona —respondió Dylan, encogiéndose de hombros con una sonrisa—. Mientras funcione, no lo cambio.
—Claro, claro, y mientras tanto nosotros te comemos el polvo en las rectas.
—Eso no es culpa mía —rió Dylan—. Es culpa de ustedes por no entrenar lo suficiente.
Las risas se multiplicaron. Pero entre los comentarios casuales, siempre había espacio para las preguntas que todos querían hacer pero pocos se atrevían a formular en voz alta.
—Oye, Dylan —dijo el argentino, bajando la voz con complicidad—, ¿es cierto que conduciste uno de los prototipos de Liu motors?
Dylan levantó una ceja, divertido.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Nada, nada —respondió el otro, riendo—. Solo que es impresionante. Digo, Todos aquí quisiéramos domar una de esas vestías.
—Pues sí —dijo Dylan, con naturalidad—. Como si nada.
—No, si está bien —intervino el brasileño—. Lo que pasa es que no todos los días ves a uno de los nuestros en una portada de revista de negocios. Te has vuelto famoso en otro nivel, hermano.
Dylan rió, negando con la cabeza.
—Sigo siendo el mismo. Solo que ahora tengo un auto mejor y alguien que me espera en casa.
—Ay, el amor —dijo el argentino, llevándose una mano al pecho con dramatismo—. Qué bonito.
—Cállate, idiota —respondió Dylan, empujándolo con el hombro.
Dylan negó con la cabeza, pero sonreía. Sabía que las bromas eran inofensivas, parte del lenguaje entre competidores. Y aunque a veces sentía que lo reducían a "el novio de Nathan Liu", había aprendido a no dejar que eso le afectara. En la pista, el dinero no importaba. Solo importaba quién cruzaba primero la meta.
Después de un rato, Dylan se excusó del grupo. La conversación se estaba volviendo repetitiva y él necesitaba un momento de silencio, aunque fuera breve. Se dirigió hacia una de las mesas laterales donde habían dispuesto una variedad de bocadillos y canapés, con la intención de picar algo mientras se relajaba un poco.
Estaba concentrado eligiendo entre unas brochetas de pollo glaseado y unos mini rolls de salmón, cuando una voz sonó detrás de él.
—¿Recomiendas algo?
La voz era masculina, con un acento que Dylan no logró identificar de inmediato. Tenía un tono cálido, pero con un dejo de misterio que hizo que Dylan se girara con curiosidad.
Y entonces lo vio.
Un hombre alto, de piel clara, cabello castaño ligeramente despeinado, y unos ojos azules que parecían brillar bajo la luz tenue del salón. Pero lo que más llamó la atención de Dylan no fueron sus rasgos, sino el antifaz negro que cubría la parte superior de su rostro, como si estuviera en un baile de máscaras veneciano en lugar de una gala automovilística.
Dylan parpadeó, sorprendido.
—¿El antifaz? —preguntó, sin poder evitar la curiosidad—. ¿Es parte del uniforme o algo?
El hombre sonrió, una sonrisa lenta, medida, como si estuviera disfrutando de algún chiste privado.
—Digamos que me gusta mantener cierto aire de misterio. —Extendió su mano, con un gesto elegante—. Mucho gusto. Puedes llamarme... bueno, por ahora, solo un admirador.
Dylan dudó un segundo, pero terminó estrechando su mano. El apretón fue firme, pero no agresivo. Había algo en la forma en que el hombre lo miraba —a través de ese antifaz— que le resultaba intrigante, aunque no podía precisar por qué.
—Dylan —respondió, por cortesía.
—Lo sé —dijo el hombre, sin soltar su mano de inmediato—. Todos aquí saben quién eres. Pero es diferente escucharlo de ti, ¿no crees?
Dylan frunció el ceño, sin entender del todo.
—¿Eres corredor? —preguntó, escaneando mentalmente los rostros conocidos del circuito. No recordaba haberlo visto antes.
—Algo así —respondió el hombre, evasivo—. Digamos que tengo interés en el automovilismo. Y en las personas que lo hacen emocionante.
La respuesta era ambigua, calculada. Dylan sintió una mezcla de curiosidad y cautela. No sabía quién era ese tipo, ni por qué llevaba un antifaz en un evento donde todos mostraban el rostro. Pero algo en su presencia lo mantenía enganchado, como si hubiera una historia detrás de esa máscara que él aún no podía descifrar.
—¿Y por qué el misterio? —insistió Dylan, cruzando los brazos—. No es común ver a alguien con antifaz en una gala como esta.
El hombre inclinó la cabeza, como si considerara la pregunta.
—Tal vez porque algunas caras son más conocidas de lo que deberían. O tal vez porque me gusta que la gente se pregunte quién soy antes de descubrirlo.
Dylan soltó una risa corta, negando con la cabeza.
—Eres críptico, ¿lo sabías?
—Lo sé. —El hombre sonrió de nuevo, y por un instante, sus ojos azules brillaron con un destello que Dylan no supo interpretar—. Pero prometo que no soy tan complicado como parezco.
—Eso está por verse —respondió Dylan, con una sonrisa cautelosa.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de despedida.
—Disfruta la noche, Dylan. Y buena suerte mañana. La vas a necesitar.
Dijo eso, y antes de que Dylan pudiera responder, el hombre se dio la vuelta y se perdió entre la multitud con una fluidez que parecía ensayada.
Dylan se quedó quieto un momento, mirando hacia el lugar donde había desaparecido.
—Qué tipo tan raro —murmuró para sí mismo.
morí olvidada reviví intocable 🤭