Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.
NovelToon tiene autorización de Maria Luisa Soto Rios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Las Reglas
Elena tardó 47 minutos en bajar.
No porque no supiera qué ponerse. El vestido rojo estaba ahí, colgado como una amenaza de seda. Lo había mirado como si fuera a morderla. Se lo había probado. Se lo había quitado. Se había puesto su suéter viejo. Se lo había quitado otra vez. Se había mirado al espejo y había visto a la misma chica de siempre, solo que con un anillo que no era suyo y con los ojos de alguien que acababa de firmar su vida.
A las 7:59, se miró por última vez. Pelo suelto, negro, largo hasta la mitad de la espalda, como le gustaba a su madre. Nada de joyas. Solo el anillo que le quedaba grande y que tuvo que apretar con el dedo para que no se cayera. Y el vestido rojo. El rojo que Lorenzo había elegido con solo mirarlo.
"Por armadura", se dijo a sí misma, repitiendo su palabra. "Es solo armadura".
Bajó. Descalza al principio, con los zapatos en la mano, porque no sabía caminar con la alfombra tan gruesa y el miedo tan grande. Se los puso en el último escalón. Tacón medio, negros, su único par decente. Cada paso sonaba demasiado fuerte en esa casa que parecía una iglesia de mármol.
Lorenzo la esperaba en la cocina, no en la sala. Eso la descolocó. No estaba con su gente. Estaba solo, apoyado contra la isla de granito negro, con una copa de whisky en una mano y el teléfono en la otra, hablando en ruso, bajo, rápido, con esa voz que no era la que usaba con ella. Era la voz del jefe. La voz que hacía que hombres grandes se callaran.
Llevaba traje negro, camisa blanca, sin corbata, los dos primeros botones desabrochados. El pelo todavía húmedo de la ducha. Cuando oyó el clic de sus tacones, dejó de hablar a media frase.
Colgó sin despedirse.
Y la miró.
Fueron 5 segundos de silencio absoluto. Elena sintió que el aire acondicionado se había vuelto demasiado frío y demasiado caliente al mismo tiempo. La mano de Lorenzo apretó la copa de whisky hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
"¿Así?", preguntó Elena, porque no aguantó el silencio. Se cruzó de brazos, tapándose el escote sin querer. Se sentía desnuda. El vestido tenía la espalda completamente descubierta, solo sujeto por un lazo fino de seda que ella había atado mal.
Lorenzo dejó la copa con un golpe seco sobre el mármol. Caminó hacia ella. No rápido. Lento. Como si la estuviera cazando y no quisiera asustarla antes de tiempo.
Se detuvo a un palmo. Olía a jabón caro, a whisky y a madera. Su perfume. Ese que ya empezaba a reconocer en las almohadas.
"Gírate", dijo. Su voz era ronca. Mucho más ronca que hace una hora.
"¿Qué?"
"Gírate. Quiero verte. Toda. La espalda de ese vestido no la vi en la percha."
Elena dudó. Pero algo en su tono, que no era una orden de jefe, sino una súplica disfrazada de orden, la hizo obedecer. Se giró despacio.
Sintió su aliento en la nuca. No la tocó. Pero estaba tan cerca que cada vello de su espalda se erizó.
"¿Quién te ató esto?", preguntó, tocando apenas el nudo mal hecho del lazo con la punta de un dedo. Su dedo estaba caliente.
"Yo. No... no llegaba bien."
Lorenzo deshizo el nudo con dedos expertos, de hombre que sabe desatar cosas. Y lo volvió a atar. Lento. Perfecto. Ajustado pero no apretado. Sus nudillos rozaron su piel desnuda cada vez. Una, dos, tres veces. Elena contuvo la respiración.
"Ahora sí", susurró él contra su pelo. "Ahora sí estás perfecta. Absolutamente jodidamente perfecta. Me vas a matar esta noche, Elena Moretti."
Ella se giró de nuevo, con las mejillas ardiendo.
"No me llames Moretti. Ya soy Volkov, ¿no? Según tu contrato."
"Según mi contrato y según mi cama, sí. Eres Volkov. Mi Volkov."
La tomó de la cintura. Por fin la tocó. Una mano grande, firme, posesiva, justo donde el vestido se pegaba a su cadera. La otra mano le levantó la barbilla.
"Regla número uno", dijo, mirándola a los ojos, tan cerca que ella podía ver el gris exacto de sus ojos, con motas más oscuras. "A partir de hoy, nunca te tapes cuando yo te miro. Nunca te cruces de brazos, nunca te escondas. Si te pones algo para mí, lo luces. ¿Entendido?"
"No es para ti. Es armadura, dijiste."
"Todo lo que te pones estando a mi lado es para mí. Incluso la armadura. Y me gusta. Me gusta mucho."
Antes de que ella pudiera contestar, la puerta del comedor se abrió y Agata apareció.
"Señor, su madre ya llegó."
Lorenzo cerró los ojos un segundo, como si rezara. Luego apretó la mano en la cintura de Elena.
"Vamos. Y no te sueltes. Pase lo que pase ahí dentro, no me sueltes la mano. Es la regla número dos."
"¿Cuál es la regla número dos?", preguntó Elena mientras caminaban por el pasillo que llevaba al comedor, un pasillo que parecía interminable y que tenía fotos de hombres muertos que la miraban juzgándola.
"Si alguien te hace sentir pequeña, apriétame la mano. Yo me encargo de hacerlos sentir insignificantes."
Abrió la puerta del comedor.
Doce personas giraron la cabeza al mismo tiempo. Doce trajes oscuros, doce caras serias, doce copas de vino a medio tomar. Y en la cabecera, ella.
Irina Volkov no era una mujer. Era un invierno con diamantes. Pelo rubio platinado cortado perfecto, traje Chanel blanco impoluto, collar de perlas que Elena supo que eran reales porque brillaban distinto, y unos ojos del mismo gris que los de Lorenzo pero sin nada cálido dentro. Solo cálculo.
A su lado, Dmitri. El hermano. 29 años, igual de alto que Lorenzo pero más delgado, con una sonrisa que Elena supo al instante que era falsa. La miró como se mira un coche nuevo que sabes que no podrás pagar.
"Por fin", dijo Irina en inglés con acento ruso. "Llegan los recién casados. Teníamos miedo de que se hubieran arrepentido en la luna de miel. Que por lo que veo, fue corta."
Risas bajas. De esas que duelen.
Lorenzo no se rio. Llevó a Elena hasta la mesa. Había dos sitios vacíos al final, lejos de Irina. No los tomó. Llevó a Elena hasta la cabecera, al lado de Irina, y movió una silla que no era la de ellos, quitando a un primo con solo mirarlo. El primo se levantó sin chistar.
"Te sientas aquí. A mi lado", dijo Lorenzo, sentándola. Su mano nunca dejó su espalda.
Irina la miró de arriba abajo. Del vestido rojo, a los zapatos baratos, al anillo grande.
"Rojo", dijo Irina. "Color de... ¿cómo lo dicen ustedes? ¿De mujer fácil?"
Silencio total. Un tenedor se cayó.
Elena sintió que toda la sangre se le iba a la cara. Quiso levantarse y correr. Pero sintió la mano de Lorenzo en su rodilla, debajo de la mesa, apretando. Recordó la regla dos.
Apretó la mano de Lorenzo. Fuerte.
Y contestó.
"Rojo es el color de mi librería cuando pagué la luz por primera vez yo sola, señora Volkov. Es el color de la primera edición de El Principito que mi madre me regaló. Y es el color que su hijo eligió para mí esta tarde. Si a usted le parece de mujer fácil, quizá deberíamos revisar su carta de colores, porque a mí me parece de mujer que no tiene miedo."
Se hizo un silencio tan grande que se oyó la chimenea.
Dmitri se atragantó con el vino. Un tío viejo sonrió escondido.
Irina, por un segundo, se quedó sin palabras. Luego, lentamente, una sonrisa real, pequeña, apareció en su cara pintada.
"Con carácter", dijo. "Lorenzo, tu esposa tiene carácter. No me dijiste que tenía carácter. Me dijiste que era... ¿cómo dijiste? ¿Tranquila y agradecida?"
"No dije eso", dijo Lorenzo, con la voz tensa pero con orgullo en los ojos, mirando a Elena como si acabara de verla ganar una pelea.
"Siéntate, Elena", dijo Irina, y esta vez no sonó como una orden, sino como una invitación. "Cuéntanos, ¿qué se siente ser de la nada y de repente ser una Volkov? ¿Qué se siente no tener apellido y de repente tener el que todos temen?"
"Se siente como si me hubiera puesto un vestido rojo que me queda un poco grande, pero que me gusta", dijo Elena, tomando agua porque su mano temblaba. "Y se siente como si todavía no supiera si estoy en una cena o en un interrogatorio, pero tengo hambre en los dos casos."
Irina se rio. Una risa corta, seca, pero risa.
"Que sirvan la cena. La chica tiene hambre."
La cena duró una hora y media. Preguntas con veneno, pero ya sin tanta sangre. Elena contestó a todo. Que sí, que su padre no la reconoció. Que sí, que su madre murió de cáncer. Que sí, que su librería debía medio millón. Que sí, que se casó por contrato.
"¿Por contrato?", preguntó Dmitri, brillándole los ojos. "¿Cuánto te pagó mi hermano? ¿Un millón? ¿Dos? ¿Cuánto vale una Moretti?"
Elena miró a Lorenzo. Él iba a levantarse, a golpearlo, lo vio en su mandíbula apretada. Pero ella le apretó la mano de nuevo. Ella podía.
"Mi librería valía 487,320 dólares, Dmitri. Yo no tengo precio. Si lo tuviera, tu hermano no podría pagarme. Porque no le alcanzaría todo su dinero."
Dmitri se quedó callado.
Debajo de la mesa, Lorenzo le entrelazó los dedos con los suyos. Y no se los soltó en toda la cena.
Cuando terminó, cuando se fueron todos, cuando Irina se fue besando a Lorenzo en la mejilla y mirando a Elena con un "nos veremos, querida" que sonó a amenaza y promesa a la vez, Elena se dejó caer contra la pared del recibidor.
Estaba agotada. Sudada. Viva.
Lorenzo se puso frente a ella, le quitó los zapatos con sus propias manos, uno por uno, y masajeó sus pies descalzos.
"Lo hiciste increíble", dijo.
"Me temblaban las piernas."
"No se notó. Les diste miedo. A mi madre le diste miedo. Nadie le contesta a mi madre."
"¿Y la regla número tres? Dijiste que había tres reglas."
Lorenzo la levantó en brazos, como si no pesara nada, con el vestido rojo arrugado y los pies descalzos.
"La regla número tres es que después de una noche como esta, te llevo en brazos a la cama, te quito ese vestido que me está volviendo loco desde las 8 de la noche, te pongo mi camiseta y duermo contigo abrazado aunque me hayas dicho que no me acerque. Porque hoy te ganaste el derecho a que te cuide."
Elena escondió la cara en su cuello, oliendo su perfume, sintiendo por primera vez que quizá, solo quizá, esa cárcel de mármol no era tan cárcel si él la llevaba así.
"Está bien", susurró. "Pero solo hoy."
"Solo hoy", mintió él, subiendo las escaleras con su esposa en brazos, con su vestido rojo, con su guerra ganada.