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¿Alguna Vez Me Enamore?

¿Alguna Vez Me Enamore?

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Romance / Escuela / Completas
Popularitas:547
Nilai: 5
nombre de autor: JESSE_SDV

Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.

NovelToon tiene autorización de JESSE_SDV para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 9

Habían pasado tres meses desde que la familia de Mey se trasladó al pequeño pueblo. Los días comenzaban a seguir una rutina que ya no parecía tan extraña. Mey se levantaba temprano, se abrigaba con dos chompas porque el frío calaba hasta los huesos, tomaba desayuno y se iba al colegio. Su papá, sin embargo, ya no estaba todo el tiempo con ellas. Tuvo que regresar a la ciudad para trabajar, ya que allá era donde estaban sus oportunidades laborales. Viajaba los fines de semana para estar con ellas, y aunque su presencia era esperada con ansias por Mey, su madre se mostraba más cansada y tensa cada vez que él llegaba… y también cada vez que se iba.

—Mamá, ¿por qué no sonríes cuando papá viene? —preguntó Mey una noche, mientras ambas lavaban los platos.

Su madre se detuvo por un momento, bajó la mirada y murmuró:

—A veces es difícil sonreír, hija. Pero eso no significa que no esté feliz de que venga.

Mey no preguntó más. Sabía que su mamá evitaba ciertas conversaciones. Con el tiempo, había aprendido a interpretar las señales de su rostro, sus silencios, suspiros y esa mirada que se perdía entre las montañas del horizonte cuando pensaba demasiado.

La abuelita paterna de Mey, la madre de su papá, seguía enferma. Pero lo que más dolía a su mamá no era su enfermedad, sino su actitud. Aquella señora mayor, que se suponía debía unir a la familia, era la fuente constante de tensión. Nunca aceptó del todo a la madre de Mey, y ahora que estaban viviendo bajo el mismo techo, su desprecio era más evidente.

—No sirves para nada —le decía la abuela a su nuera con tono seco—. Si no fuera por mí, no tendrías ni qué comer.

Mentira. Porque aunque la señora tenía su propia chacra, no ofrecía ayuda. Al contrario, se negaba a compartir sus alimentos y criticaba cada esfuerzo que la madre de Mey hacía para ayudar.

Pero ella no se rendía. Con manos firmes y llenas de callos, había comenzado a trabajar una pequeña parte de la tierra tras la casa, donde sembró habas, papas, acelgas y unas cuantas hierbas medicinales. No ganaba dinero, pero lograba llevar algo de alimento a la mesa.

—Mamá, ¿quieres que te ayude con la tierra? —le ofrecía Mey cada sábado.

—Gracias, amor. Pero primero estudia. Yo me arreglo —respondía su madre con una sonrisa apagada pero amorosa.

A veces, al regresar del colegio, Mey la encontraba con la ropa sucia de barro, la espalda encorvada por el cansancio y una tristeza silenciosa en el rostro. En esos momentos, su madre le hablaba poco, pero se esforzaba por prepararles algo caliente y rico.

Mey no entendía completamente lo que sucedía. Sabía que algo iba mal, que su abuela trataba mal a su madre, pero su mamá se lo ocultaba. Quizá para no preocuparla, quizá porque no quería que Mey creciera con odio. Aun así, la niña escuchaba discusiones en la noche. A veces su abuela se quejaba en voz alta, otras veces lanzaba comentarios hirientes sin razón aparente.

—Todo lo que hacen es estorbar —decía la anciana—. ¡Encima tengo que aguantar a una inútil en mi casa!

Su madre, en lugar de gritar, se callaba. Seguía cocinando, limpiando o regando su chacra con los ojos húmedos.

Una tarde, cuando su papá llegó, Mey sintió esperanza. Quizá ahora las cosas mejorarían. Pero fue peor. La abuela sonrió ampliamente al verlo, como si nunca hubiese dicho una palabra ofensiva.

—Hijito, qué bueno que vienes. Acá, tu mujer no hace nada —dijo la señora.

El padre de Mey se quedó en silencio. No defendió a su esposa. Cambió de tema y se sentó a tomar su café, como si nada hubiera pasado. Mey lo notó. Y por primera vez, se sintió molesta con su papá.

Esa noche, Mey no pudo dormir. Se quedó mirando el techo de madera que crujía con el viento. Pensó en su madre, en todo lo que hacía, y en cómo nadie parecía valorarlo. Al día siguiente, mientras caminaban juntas al mercado, Mey le apretó la mano y le dijo:

—Mamá, yo te valoro. Gracias por todo.

Su madre no respondió de inmediato. Luego se agachó, la abrazó con fuerza y le susurró al oído:

—Con que tú me valores, es suficiente, hija mía.

El resto del trayecto lo hicieron en silencio, pero un silencio bonito, de esos que no hacen daño. De esos que se sienten como un refugio.

Durante esos meses, Mey comenzó a notar más cosas. Su madre intercambiaba verduras por arroz o leche con otras vecinas. A veces, ayudaba a una señora mayor del pueblo a cuidar sus gallinas a cambio de huevos frescos. Cada pequeño gesto sumaba.

También aprendió a hacer pan en una cocina a leña, y de vez en cuando, vendía algunos en la escuela. Con lo poco que ganaba, le compraba útiles a Mey, o una galleta como premio los viernes.

Una tarde, mientras Mey hacía la tarea, la vio llorar. Estaba de espaldas, limpiando unas ollas, pero los hombros le temblaban. Mey no dijo nada. Se acercó, la abrazó desde atrás y le acarició el brazo.

—Estoy aquí, mamá. No estás sola —le susurró.

La madre de Mey se giró y la abrazó fuerte. Sin palabras, como siempre. Pero ese día, Mey entendió algo: su mamá era la persona más fuerte que conocía, y también la más herida. A partir de entonces, cada vez que escuchaba una burla en el colegio, cada vez que sentía que no encajaba, pensaba en ella. En cómo seguía de pie, sembrando vida aunque le echaran tierra encima.

Y entonces sonreía. Porque sabía que en esa lucha silenciosa también se estaba construyendo algo más grande: un amor inquebrantable entre madre e hija, un vínculo hecho de miradas, ternura y resistencia.

Así, mientras el pueblo seguía su ritmo, y la escuela su rutina, Mey crecía. No solo en edad, sino en entendimiento. Aprendía, con cada gesto de su madre, lo que significaba ser fuerte sin perder la dulzura. Y aunque su entorno aún era duro, Mey ya no se sentía tan sola.

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