Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capítulo 1: El mundo nuevo y yo, su reina indiscutible
Despertar nunca había sido mi actividad favorita. En mi vida anterior, solía levantarme cuando el sol ya estaba alto, cuando mis sirvientes habían preparado el baño con las esencias más caras y cuando el mundo entero ya estaba despierto esperando mis órdenes. Yo era Mariam, la Hechicera de la Luz Eterna, la dueña de todos los secretos arcanos, la mujer que había vivido mil años y que había logrado que hasta los reyes más orgullosos se arrodillaran ante mí. Mi belleza era legendaria, mi inteligencia incomparable y mi poder... bueno, digamos que nadie se atrevía a decirme que no.
Por eso, cuando abrí los ojos y me encontré mirando un techo blanco, liso y brillante, sin ninguna de las pinturas doradas ni las estatuas de marfil que adornaban mi alcoba, mi primera reacción fue el enfado.
—¿Dónde están mis cortinas de seda negra? —murmuré, o al menos intenté murmurar. Lo que salió de mi boca fue un sonido agudo, extraño y muy, muy infantil.
Intenté levantarme de golpe, como siempre hacía, dispuesta a lanzar un hechizo de fuego que quemara este techo tan aburrido y a quien fuera que me hubiera secuestrado. Pero mis brazos no respondieron. Miré hacia abajo y vi dos manitas regordetas, de dedos cortos y suaves, moviéndose en el aire frente a mí. Grité. Otra vez, salió ese sonido agudo y ridículo.
En segundos, unas puertas enormes y blancas se abrieron de golpe. Entraron dos personas: un hombre alto, de cabello oscuro y mirada amable, y una mujer hermosa, de piel suave y ojos brillantes, que corrió hacia donde yo estaba.
—¡Mi vida, mi cielo, mi princesa! —exclamó la mujer, levantándome con una suavidad que me hizo sentir flotar. Me abrazó con tanta fuerza y tanto cariño que, por un segundo, me olvidé de mi confusión—. ¿Qué le pasa a mi niña hermosa? ¿Tienes hambre? ¿Quieres que te cantemos?
El hombre se acercó también, sonriendo con una ternura absoluta. Acarició mi cabello, que ahora era suave y rubio, muy diferente al negro azabache de mi vida anterior.
—Es la niña más guapa del mundo, ¿verdad, amor? —dijo él, mirándome con una admiración absoluta, como si yo fuera el tesoro más grande que hubiera existido jamás.
Pasaron las horas, y luego los días, y poco a poco fui entendiendo lo que había pasado. No estaba muerta. Bueno, sí lo estaba, pero había vuelto. La gran Mariam, la hechicera que dominaba los elementos y había engañado a la muerte en docenas de ocasiones, había reencarnado. Y no en cualquier época, ni en cualquier lugar. Estaba en el siglo XXI, según lo llamaban mis nuevos padres, en una ciudad moderna, en un mundo donde la magia parecía haber desaparecido por completo, pero donde había cosas que a primera vista parecían hechizos: cajas que mostraban imágenes, aparatos que hablaban solos, carruajes que se movían sin animales y luces que se encendían con solo tocar un botón.
Y lo mejor de todo: había nacido en la familia De la Vega. Mis padres eran, sin duda, las personas más ricas, poderosas y generosas de todo el país. Vivíamos en una casa que parecía un palacio, llena de lujos, criados que atendían cada deseo y jardines más grandes que los que tenía mi propio templo en la antigüedad. Y ellos me adoraban. Me adoraban de una forma absoluta, incondicional y, honestamente, muy satisfactoria.
Al principio me costó mucho aceptar que tenía que volver a aprender todo: comer, caminar, hablar. Pasé mis primeros años observando todo con la superioridad de alguien que ya ha vivido mil años y sabe mucho más que cualquier ser humano vivo, aunque ahora tuviera el cuerpo de una niña pequeña. Cuando aprendí a hablar, lo hice con frases tan elaboradas y elegantes que mis padres se quedaban boquiabiertos y decían que yo era una niña prodigio, un genio enviado por el cielo. Yo simplemente pensaba: Por supuesto que lo soy. Soy yo.
Crecí sabiendo quién era realmente. Por fuera, era la pequeña Mariam De la Vega, la niña rica, mimada, inteligente y encantadora que todos querían tener cerca. Por dentro, seguía siendo la hechicera más poderosa de la historia, con un ego inmenso, una confianza absoluta en mí misma y la certeza de que merecía todo lo mejor que el universo pudiera ofrecer.
A los ocho años, ya había decidido cómo sería mi vida. —Mamá, papá —les dije un día mientras tomábamos el desayuno, yo sentada con la postura perfecta que había perfeccionado siglos atrás—, quiero que me traigan los mejores maestros. No solo de letras o números, aunque eso es básico y aburrido. Quiero aprender todo lo que este mundo tiene para ofrecer. Si ya no hay magia, entonces dominaré la ciencia, el arte, el dinero y todo lo demás. Porque, seamos sinceros, si no soy la mejor en todo, entonces ¿para qué existo?
Mis padres se miraron entre sí, rieron y me llenaron de besos. —¡Así se habla, mi reina! —dijo mi padre, orgulloso—. Tendrás todo lo que quieras. El mundo es tuyo.
Y vaya que lo era. Pasaron los años y me convertí en lo que estaba destinada a ser: una criatura impresionante. A los dieciséis años, mi cuerpo había florecido con la belleza que siempre había tenido, pero ahora mezclada con las modas y cuidados de este siglo. Era alta, con curvas que llamaban la atención de todos los que pasaban, una piel impecable y unos ojos azules que brillaban con inteligencia y diversión. Sabía que era hermosa. Me gustaba ser hermosa. Y me aseguraba de que todos lo supieran.
Mi autoestima no estaba por las nubes, estaba mucho más allá de ellas. Caminaba con la cabeza en alto, sonriendo con esa sonrisa que hacía que los chicos tropezaran con sus propios pies y las chicas me miraran con envidia y admiración. Yo era divertida, me encantaba reír, hacer bromas y decir lo que pensaba sin filtros. A veces la gente me llamaba egocéntrica, caprichosa o loca. Yo les decía que simplemente conocía mi propio valor, y que, si ellos no podían soportar mi brillo, el problema era de sus ojos, no mío.
Todo era perfecto. Tenía dinero, amor, belleza, inteligencia y una vida llena de comodidades que ni en mis mejores sueños de hechicera habría imaginado. Pero, como siempre pasa con las personas extraordinarias, el destino tenía que ponerme una prueba. Y esa prueba tenía nombre, apellido y una actitud que me sacaba de quicio.
Ocurrió un sábado por la tarde. Mis padres organizaban una cena en casa, como hacían a menudo, con amigos cercanos. Yo bajé las escaleras deslizándome con elegancia, vestida con un conjunto que había elegido cuidadosamente para resaltar cada parte de mi cuerpo, el cabello suelto y brillante, segura de que en cuanto entrara al salón, todas las miradas serían para mí. Y así fue, hasta que la puerta principal se abrió y entraron los Ferrer, los mejores amigos de mis padres.
Y entonces lo vi.
Él entró detrás de sus padres, con las manos en los bolsillos, caminando con una calma que parecía aburrida. Era alto, mucho más que la última vez que lo había visto, años atrás. Tenía el cabello oscuro, corto y despeinado de una forma que parecía intencional, y unos ojos negros, profundos y penetrantes que me recorrieron de arriba abajo, pero... sin emoción. Sin sorpresa. Sin admiración. Nada.
Se detuvo frente a mí, inclinó la cabeza apenas un centímetro y dijo con una voz grave, profunda y molesta: —Hola, Mariam. Sigues siendo... muy ruidosa.
Me quedé parada en medio de la escalera, con la sonrisa congelada en la cara. Yo, que había hecho que dioses y demonios cayeran de rodillas, que tenía a todo el mundo a mis pies, me acababa de encontrar con Alexandro Ferrer. Y lo peor de todo: tenía la sensación de que este chico, este ser tan molesto, misterioso y terriblemente atractivo, iba a ser el único capaz de poner mi mundo de cabeza. Y, secretamente, la antigua hechicera que vivía en mí sintió una emoción extraña, eléctrica y deliciosa que le decía que esta vida iba a ser mucho más interesante de lo que esperaba.
—Hola, Alexandro —respondí, enderezándome y devolviéndole una mirada tan intensa como la suya, mientras mi sonrisa se transformaba en una de desafío absoluto—. Y tú sigues siendo... tan aburrido como recuerdo. Pero no te preocupes, yo me encargaré de hacerte la vida mucho más divertida.
Él arqueó una ceja, contuvo una sonrisa que parecía saber demasiadas cosas, y se dio la vuelta para saludar a mis padres. Yo me quedé allí, sabiendo que la guerra estaba declarada, y que, por primera vez en siglos, tenía un reto digno de mí. Y, por supuesto, estaba totalmente segura de que yo ganaría. ¿Cómo no iba a hacerlo? Soy Mariam, la hechicera que reencarnó en el futuro, y este mundo entero, incluido ese chico tan guapo y molesto, me pertenece.