"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.
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CAPÍTULO 7: "La maleta del olvido"
—Hay que preparar la maleta del hospital —dijo Ana, una semana después del curso de parto.
Yo estaba en su cocina, intentando arreglar el grifo que goteaba desde hacía tres días. No sabía nada de fontanería, pero Ana insistía en que "un hombre debe saber estas cosas", así que estaba allí, con una llave inglesa en una mano y un manual de instrucciones que no entendía en la otra.
—¿La maleta del hospital? —pregunté, sin dejar de mirar el grifo.
—Sí. Para cuando llegue el momento. Hay que tenerlo todo listo.
—¿Y qué se mete en una maleta del hospital?
—Ropa para el bebé. Ropa para mí. Cosas para el parto. Documentos. Snacks. —Hizo una pausa—. También cosas para ti.
—¿Yo necesito una maleta?
—No, pero necesitas estar preparado. Por si hay que quedarse varias noches.
Lo dije sin pensar, porque mi cabeza seguía en el grifo: —Vale, lo preparo.
Ana me miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
—¿Tú? ¿Vas a preparar la maleta?
—Sí. ¿Por qué?
—Porque no sé si sabes lo que hay que meter.
—Buscaré en internet. Hay guías. Siempre hay guías.
Ana se rió y sacudió la cabeza.
—Vale. Esta noche te mando la lista. Pero no compres nada sin consultarme.
—No voy a comprar nada. Ya tengo cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas.
No le dije más, porque no quería que supiera que mi idea de "maleta del hospital" incluía un whisky mini, un cargador de móvil y mi libreta de notas. Lo demás, pensaba, lo compraría sobre la marcha.
Esa noche, Ana me envió la lista por WhatsApp. Era larga. Muy larga. Tenía más de treinta puntos, entre ellos:
· Ropa interior cómoda (tallas grandes)
· Braguitas desechables
· Toallas higiénicas extra grandes
· Almohada de lactancia
· Pijama con botones delanteros
· Zapatillas de andar por casa
· Calzoncillos para el padre (por si el parto se alarga)
Cuando llegué a ese último punto, me quedé mirando la pantalla. Calzoncillos para el padre. ¿Quién pensaba en eso? ¿Quién, en medio del caos de un parto, recordaba empacar calzoncillos para el padre?
Ana, evidentemente. Ana pensaba en todo. Ana pensaba en cosas que yo ni siquiera sabía que existían.
Al día siguiente, fui a comprar la maleta. No una maleta cualquiera, sino una bolsa de deporte grande, negra, con varios compartimentos. La compré en una tienda de artículos de viaje, y el dependiente, al verme tan serio, me preguntó si iba a hacer una expedición al Himalaya.
—Algo parecido —respondí—. Voy a un hospital.
—¿Cirugía?
—Parto.
El dependiente me felicitó y me ofreció una maleta más cara, con ruedas y asa telescópica. La compré porque no sabía decir que no.
Esa noche, en mi departamento, abrí la maleta y empecé a llenarla. Primero, lo que Ana había pedido: la ropa interior, las toallas, las zapatillas, la almohada de lactancia (que tuve que comprar en una tienda especializada, donde la dependienta me miró con una sonrisa que decía "pobre hombre, no sabe lo que le espera"). Luego, lo que yo pensaba que necesitaba.
Metí mi cargador de móvil, mi power bank, mis auriculares con cancelación de ruido. Metí mi libreta de notas —la que usaba para escribir mis pensamientos sobre la paternidad, aunque nunca los compartía con nadie— y un bolígrafo que no se me escapara. Metí un libro. Metí mi neceser con cepillo de dientes, pasta, desodorante y colonia. Metí un paquete de galletas y una botella de agua.
Y luego, cuando ya creía que había terminado, metí el whisky mini.
No sé por qué lo hice. Quizás porque pensé que lo necesitaría. Quizás porque, en el fondo, seguía siendo el mismo hombre que prefería adormecer el miedo antes que enfrentarlo. El whisky era un viejo amigo, un compañero de batallas en noches de insomnio y de dudas.
Pero mientras lo metía en el bolsillo lateral de la maleta, algo en mi interior se revolvió. No era culpa exactamente. Era una sensación de que aquella botellita de cinco centímetros era un símbolo de todo lo que no estaba dispuesto a soltar. De mi vida anterior. De mis escapes. De mi forma de no estar presente.
La dejé ahí. Pero esa noche, mientras cenaba solo, no pude dejar de mirar la maleta. Estaba abierta en el suelo, esperando. Y yo, que había metido casi todo lo que Ana había pedido y casi todo lo que yo había querido, sentí que me olvidaba de algo importante.
No era un objeto. Era una actitud.
A la mañana siguiente, llevé la maleta a casa de Ana. La abrí delante de ella, como quien muestra un tesoro, y esperé su aprobación.
Ana fue revisando cada compartimento. Cuando llegó al whisky, se quedó callada. Sus dedos tocaron la botellita, la sacaron y la sostuvieron en el aire como si fuera una prueba de un crimen.
—¿Esto qué es? —preguntó.
—Un whisky.
—Lo veo. ¿Por qué está en la maleta del hospital?
—Por si... no sé. Por si hay que celebrar.
—¿Celebrar? ¿Vas a celebrar el parto con un whisky?
—Es un mini. No me voy a emborrachar.
Ana se quedó mirándome con una expresión que no supe descifrar. No era enfado, no era tristeza. Era algo más parecido a la decepción.
—¿Sabes lo que me dice esto? —dijo, agitando la botellita.
—Dime.
—Que no confías en que esto va a salir bien.
—No es eso...
—Es exactamente eso. —Dejó el whisky sobre la mesa y me miró fijamente—. En lugar de meter algo que te ayude a estar presente, has metido algo que te ayuda a escapar.
No supe qué decir. Porque tenía razón. Todo lo que había metido en la maleta era para sobrevivir. Para distraerme. Para desconectar. No había metido nada para conectar. Nada para estar.
—Pablo —dijo Ana, con una voz que era suave pero firme, como una mano que te guía sin empujar—. En el parto no voy a estar sola. Vas a estar tú. Y necesito que estés. De verdad. Sin escapes. Sin distracciones. Sin mini whiskies.
—Lo siento —dije.
—No me pidas perdón. Sácale el whisky.
Cogí la botellita y la metí en mi bolsillo. Luego, sin saber bien por qué, añadí:
—¿Qué más debería meter? Algo que me ayude a estar.
Ana sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero genuina.
—Mete tus manos. Mete tu voz. Mete tu presencia. —Hizo una pausa—. Mete algo que te recuerde que esto es real. Una foto. Una carta. Una canción. Algo que te ancle al momento.
Esa noche, cuando volví a mi departamento, saqué la libreta de notas y escribí:
"Hoy saqué el whisky de la maleta. No porque ella me lo pidiera. Porque supe que tenía razón. No puedo estar presente si llevo un escape en el bolsillo."
Luego debajo:
"Meto mis manos. Meto mi voz. Meto una foto de la ecografía. Meto la canción que sonaba cuando supimos que era niño. Meto todo lo que soy, aunque sea poco, aunque sea torpe, aunque no sea suficiente. Pero lo meto."
Cerré el bloc y lo guardé dentro de la maleta. No en el bolsillo lateral, sino en el compartimento principal, junto a la ropa de Ana y la almohada de lactancia.
La maleta ya no era una bolsa de supervivencia. Era un pacto. Un compromiso. Un recordatorio de que, aunque no estuviera adaptado, al menos iba a intentar estar.
Dos semanas después, cuando Ana empezó con las contracciones y nos fuimos al hospital, la maleta estaba lista. No faltaba nada. Ni sobraba nada.
Y yo, que había dejado el whisky en casa, me di cuenta de que no lo necesitaba. Porque el verdadero escape no está en una botella. Está en la decisión de quedarse.