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Desprecié al ciego que hoy es millonario

Desprecié al ciego que hoy es millonario

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Doctor / Maltrato Emocional / Malentendidos / Reencuentro / Enfermizo / Completas
Popularitas:36.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.

Seis años después, todo se invirtió.

Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.

—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.

Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.

Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.

Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?

Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9: Familiar de la paciente

En urgencias, la luz blanca le devolvió a Renata algo de claridad y todo el dolor.

El médico de guardia le limpió la herida de la muñeca, profunda pero limpia, y empezó a coser. Renata, médica al fin, le iba indicando entre dientes:

—Lavado abundante… profilaxis antirrábica, no sé si el animal estaba vacunado… y antitetánica, no tengo el refuerzo al día.

—Tranquila, doctora, yo me encargo. —El joven sonrió—. Déjeme a mí el bisturí por hoy. —Levantó la vista hacia Max, que no se había movido de la puerta, con la camisa manchada de sangre y la mandíbula de piedra—. ¿El señor es familiar de la paciente? Necesito que alguien firme el consentimiento para las vacunas.

Renata abrió la boca para aclarar que no, que solo era su jefe, que no eran nada.

—Soy yo —dijo Max, antes de que ella pudiera hablar. Se acercó, tomó la tabla con la hoja y firmó sin titubear—. Lo que necesite. Lo que sea.

El médico asintió, satisfecho, y se fue a preparar las inyecciones. Renata se quedó mirando a Max.

—¿Por qué dijiste eso?

—Porque si decía la verdad, te dejaban esperando dos horas a un familiar que no iba a venir. —Su voz era seca, pero los ojos no—. ¿Quién iba a venir por ti, Rena? ¿Tu padre? ¿Bracamonte? Dime un nombre.

Ella no tuvo ninguno que darle. Y ese silencio, otra vez, dijo todo.

El médico volvió con la charola de inyecciones. La vacuna antirrábica dolía; Renata lo sabía de memoria, se la había aplicado a decenas de pacientes mordidos, pero una cosa era saberlo y otra sentir la aguja entrarle en el músculo después de la noche que llevaba. Apretó los dientes y la mandíbula, y sin pensarlo buscó algo donde sostenerse.

Encontró la mano de Max.

Él no la había ofrecido; simplemente estaba ahí, cerca, y cuando los dedos de ella se cerraron sobre los suyos, no la apartó. Al contrario, le devolvió el apretón, firme, callado, y se quedó así, dejándola clavarle las uñas en la palma a cada pinchazo, sin decir una sola palabra. Cuando terminaron, Renata lo soltó de golpe, avergonzada, como si acabara de hacer algo prohibido. Max guardó la mano en el bolsillo, pero no antes de que ella alcanzara a ver las medias lunas que le había dejado marcadas en la piel.

En el coche, de regreso, la ciudad pasaba mojada por la ventanilla. Renata llevaba el brazo vendado contra el pecho y una manta sobre los hombros, la de Max, que olía a él.

Lo vio sacar el teléfono.

—Ortega. —La voz se le había vuelto de hielo otra vez, pero un hielo distinto, afilado—. El video de seguridad del jardín. Quién soltó al perro. Lo quiero en una hora. —Una pausa—. Ya sé que es de madrugada. Por eso te pago lo que te pago.

Colgó. Veinte minutos después, el teléfono vibró con un mensaje. Max lo leyó, y Renata vio cómo se le tensaba cada músculo de la cara.

—Fue ella —dijo—. Ariadna. Le pagó al mesero.

—Max, no…

Pero él ya estaba marcando otro número.

—Don Heriberto. —Cortés, glacial—. Perdone la hora. Le hablo por su hija. —Escuchó un momento—. No, no es nada que se arregle con disculpas. Ariadna mandó soltar a un perro de guardia contra una persona esta noche. Hay video. Hay una mujer en el hospital con la muñeca destrozada. —Otro silencio—. Le voy a ser muy claro, don Heriberto. El contrato de distribución que su empresa lleva tres años queriendo firmar con Grupo Montenegro: a partir de esta noche, está en revisión. Y va a seguir en revisión hasta que usted me garantice que su hija no vuelve a acercarse a la doctora Salas. ¿Me entendió bien? —Una última pausa—. Buenas noches.

Colgó. El silencio en el coche era denso.

Renata lo miraba sin saber qué decir. Nadie, en seis años, nadie había movido un dedo por ella sin cobrárselo después. Y ese hombre acababa de poner en pausa un negocio de millones, sin pestañear, por una herida en su muñeca.

—No tenías que hacer eso —murmuró—. Tu contrato…

—Mi contrato me importa un carajo. —Lo dijo sin levantar la voz, mirando al frente—. Pudo haberte matado, Rena. Un poco más arriba y te agarra el cuello.

A Renata se le llenaron los ojos y parpadeó rápido para que él no lo viera. Pero esa misma gratitud, esa ternura que se le subía por el pecho, era exactamente lo que no podía permitirse. Porque cada favor de Max era un hilo más que la ataba a él. Y ella necesitaba cortarlos todos, antes de que fuera imposible.

El coche se detuvo frente a su edificio en Coyoacán.

Renata no bajó enseguida. Apretó la manta entre los dedos, juntó valor, y dijo lo que llevaba media hora ensayando en la cabeza:

—Quiero renunciar.

Max giró la cabeza despacio.

—¿Qué?

—A lo de médica de cabecera. Renuncio. —Mantuvo la voz firme aunque por dentro temblara—. Lo de tu papá lo sigo llevando, eso te lo prometí y lo cumplo. Pero lo otro… lo de estar disponible, lo de venir cuando me llamas… ya no. Considéralo mi forma de agradecerte lo de esta noche. No quiero deberte nada.

—No quieres deberme nada. —Max repitió las palabras muy despacio, y algo peligroso le encendió la mirada—. Te destrozan la muñeca por culpa mía, te subo al coche, paro un contrato por ti, ¿y tu manera de agradecerlo es alejarte?

—Es lo mejor para los dos.

—Para los dos. —Soltó una risa sin nada de risa—. Siempre decides tú lo que es mejor para los dos, ¿verdad, Rena? Hace seis años también decidiste tú. No me preguntaste. Nunca me preguntas. Decides, ejecutas, y a mí me toca tragarme las consecuencias y adivinar por qué.

—No es así.

—¿Ah, no? Entonces explícame. —Se giró por completo hacia ella en el asiento—. Llevas semanas trabajando para mí, comiéndote tu orgullo, aguantando a tu exmarido, durmiendo Dios sabe dónde con tu abuela, y ahora que por fin alguien hace algo por ti, lo primero que se te ocurre es salir corriendo. ¿De qué tienes tanto miedo? ¿De mí? ¿O de ti?

Las palabras la golpearon más certeras de lo que él podía imaginar. Renata bajó la mirada al vendaje, porque no podía sostenerle los ojos sin que se le cayera la mentira de la cara.

—No es no —dijo Max, y se inclinó hacia ella, lo suficiente para que ella sintiera el calor de su rabia—. No te acepto la renuncia. El contrato sigue. Y mañana mando el coche por ti a las ocho, como siempre.

Abrió la puerta de su lado y rodeó el coche para abrirle la de ella, porque por más furioso que estuviera seguía sin dejar que se bajara sola con un brazo herido. Y Renata, parada en la banqueta bajo la llovizna, viéndolo alejarse con la camisa todavía manchada de su sangre, entendió que cortar los hilos con Maximiliano Montenegro iba a ser mucho más difícil de lo que había creído.

Porque él no pensaba dejarla ir. Otra vez.

Subió las escaleras despacio, con el brazo en cabestrillo improvisado, y antes de meter la llave se permitió mirar una última vez hacia la calle. El coche seguía ahí, con las luces encendidas, esperando a que ella entrara sana y salva antes de arrancar. Como hacía seis años, cuando la acompañaba a su puerta y se quedaba en la banqueta hasta ver la luz de su ventana prenderse. Algunas cosas, pensó Renata con el corazón apretado, no las cambia ni el dinero ni el rencor.

Cerró la puerta. Y del otro lado de la madera, recargada, dejó por fin caer las lágrimas que se había aguantado toda la noche.

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Graciela Mauchiere
la verdad media novela tirada al tacho....ahora de nuevo ja
Zoila
This!!! Tan real
Zoila
Mujer ya, me desesperas 🥹
Zoila
Pinche Gabriel venenoso, Renata no le hagas caso.
Blanca Ordaz
ya trilla en lo mismo y la protagonista no tiene el valor de decirle la verdad se repite lo mismo y el que no puede soltarla
Blanca Ordaz
creo que la escritora secuatrapio toda porque se supone que ya veía. cuando se volvieron a ver no entiendo está trama
Cliente anónimo
Inmadura.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭
Cliente anónimo
No entiendo ! Ya no veía pues ! Cuando la vio con el ex esposo ! Luego en su casa ! Después cuando Pelio con los 7 hombres ! No sé cómo sale ahora que la ve después de 6 años ciego !!
matyy
omggg
Graciela Saiz
pero si el ya veía! no es que estuvo seis años años , si verla , o peleo con siete hombres estando ciego 🤔
Graciela Saiz
Ay no ! que estrés! se les viene el cielo abajo?😭
Graciela Saiz
Ay no autora 🥺los vas a separar 😭
Graciela Saiz
no me digas que está enferma 🥺
Graciela Saiz
interesante 😉
Xochitl Rayas
Excelente
Carmen Malpica
Espectacular
MaReyanaga Maldonado
disculpen como se llamó la primera historia por favor me dicen 05 / 06/26
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