Cuatro años atrás, el amor entre Miriam Bianchi y Adam Ricci parecía inquebrantable… hasta que una traición los separó de la forma más cruel. Lo que Miriam no sabe es que detrás de su dolor se esconde un nombre que aún la persigue en silencio y Elisa Moretti, la mujer que manipuló cada pieza para destruirlos.
Ahora, el destino vuelve a cruzar sus caminos. Miriam ha reconstruido su vida con esfuerzo, apoyada por su leal amiga Lionela Conti, mientras Adam, consumido por el arrepentimiento, intenta llenar el vacío con ayuda de su inseparable amigo Francisco Romano. Pero hay heridas que nunca sanaron… y secretos que nunca salieron a la luz.
Cuando la verdad comienza a revelarse, el pasado amenaza con repetir la misma tragedia. ¿Podrá el amor sobrevivir a la traición? ¿O será demasiado tarde para recuperar lo que una vez fue perfecto?
Porque hay historias que no terminan… solo esperan el momento de volver a comenzar.
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Capitulo 9
Los días siguientes transcurrieron cargados de una tensión que flotaba en el aire. El destino parecía empeñado en cruzarlos una y otra vez: en la calle, en una cafetería, al salir del trabajo. Cada vez que sus miradas se encontraban, se sostenían por unos segundos eternos, llenos de todo lo que callaban, hasta que la timidez o el dolor obligaban a desviar la vista. Ninguno se atrevía a dar el primer paso para hablar, pero tampoco podían dejar de pensar en el otro un solo instante.
Esa tarde, Lionela llegó temprano al departamento de Miriam y la encontró mirando por la ventana, ausente, como si esperara verlo pasar por la acera.
—Te conozco demasiado bien, Miriam —dijo suavemente, acercándose a ella—. Desde esa fiesta, no eres la misma. Te pierdes en tus pensamientos, te sobresaltas con cualquier ruido… ¿Lo viste otra vez hoy, verdad?
Miriam no se volvió, pero su respiración se alteró levemente.
—Sí… en la cafetería de siempre —confesó con voz baja—. Estaba ahí, sentado en una mesa del fondo. Cuando entré, sus ojos buscaron los míos al instante. Nos quedamos mirándonos un buen rato… pero ninguno de los dos se atrevió a decir ni una sola palabra. Fue extraño, Lionela… dolió y al mismo tiempo me hizo sentir viva de nuevo.
—¿Y por qué no te acercaste? —preguntó su amiga con dulzura—. Se nota que ambos lo desean, aunque tengan miedo.
—Me da pánico —admitió Miriam, con los ojos brillantes—. No sé qué decirle, ni si estoy preparada para escuchar lo que él siente. Es como si, en cuanto nos miramos, las barreras que puse durante estos años se cayeran todas de golpe.
Al mismo tiempo, Francisco estaba en casa de Adam, observándolo mientras caminaba de un lado a otro, inquieto, repitiendo en silencio aquel breve encuentro. Adam tenía la mirada perdida y una expresión de melancolía profunda que no lograba ocultar.
—La vi hoy, Francisco —murmuró Adam, deteniéndose de golpe—. Fue tan solo un cruce de miradas, un saludo casi imperceptible… y bastó para que mi corazón volviera a latir con la misma fuerza que antes. Me quedé ahí, clavado en el sitio, muriéndome por acercarme, pero paralizado por el miedo a que ella me rechazara.
—Se le notaba en la mirada que no te veía con odio —comentó su amigo con calma—. Había tristeza, sí… pero también había mucho de ese amor que nunca desapareció. Ambos actúan igual: piensan en el otro a cada segundo, pero se esconden detrás del silencio para protegerse.
—Es que todavía siento que hay un abismo entre nosotros —susurró Adam, pasándose una mano por el cabello con angustia—. Un abismo hecho de años, de dudas y de mentiras que todavía no puedo explicar. No quiero cometer errores que la alejen más de mí. Prefiero quedarme aquí, mirándola de lejos, antes que arriesgarme a perderla otra vez para siempre.
Francisco le puso una mano en el hombro, comprendiendo su dolor.
—Ninguno de los dos sabe cómo romper este silencio —reconoció—. Pero tampoco pueden engañarse: se nota a leguas que ella vive pensando en ti, igual que tú vives pensando en ella. Nadie más existe en sus mundos ahora mismo.
Adam miró hacia la ventana, como si pudiera verla a través de la distancia. No hacían falta palabras para entender lo que ambos sentían; esas miradas furtivas y esos silencios cargados de recuerdos estaban diciendo mucho más de lo que sus labios se atrevían a pronunciar.
Al día siguiente, el destino volvió a unirlos en el parque donde solían caminar. Pasaron uno junto al otro, tan cerca que casi se rozaron los brazos. El aire se llenó de recuerdos y ninguno se atrevió a romper el silencio. Solo una mirada larga, profunda y llena de todo lo que se callaban, cruzó entre ellos antes de seguir su camino.
Más tarde, Lionela notó cómo temblaban las manos de Miriam al servir el agua.
—Lo sentiste, ¿verdad? —le preguntó con suavidad.
Miriam asintió, con la respiración entrecortada.
—Fue como si todo mi cuerpo reaccionara antes que mi mente. Sentí su presencia, su calor… y cuando me miró, sentí que me desnudaba el alma. No dijimos nada, ni una sola palabra… pero en ese silencio hubo más verdad que en todos los discursos del mundo.
—Y ese silencio te está gritando que no lo has olvidado —susurró su amiga.
—Y que él tampoco me ha olvidado —respondió Miriam con los ojos brillantes—. Basta verlo un segundo para darse cuenta: sigue atrapado en el mismo recuerdo que yo. Ninguno de los dos puede avanzar sin borrar primero ese muro de silencio que nos separa.
Lo más seguro es que al final se queden juntos, pero mientras que ella sufra cómo lo hizo sufrir a él por no confiar en su amor.
Entonces la que amaba menos era ella. Y su inseguridad y baja autoestima la hace ser crédula y tonta.