En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
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EL CAMINO HACIA LA ALIANZA
El amanecer iluminaba por última vez las torres de cristal de Aethyr antes de que dejaran atrás el hogar ancestral de Caelen. Aunque partían, no se iban como llegaron: ya no eran dos viajeros buscando respuestas, sino dos seres poderosos, unidos por la magia, la historia y el amor, que llevaban consigo la fuerza de todo un reino que había vuelto a renacer.
Caelen se detuvo un instante ante la gran puerta del castillo, mirando hacia atrás con una mezcla de melancolía y determinación. Su figura irradiaba ahora una luz propia, sutil pero constante; sus movimientos eran elegantes, seguros, cargados de la autoridad que le correspondía por nacimiento. Las marcas de Velarion en su piel brillaban suavemente, como un recuerdo permanente de quién era y de todo lo que había recuperado.
—Volveremos —dijo él con voz firme, dirigiéndose al castillo y a las tierras que dejaba bajo la custodia leal de Lord Theron—. Y cuando regresemos, vendremos con nuestra familia, con la fuerza de Al-Jazair y Zoraya. Entonces, este reino no solo brillará por su propia luz, sino por la unión de las tres grandes estirpes. Será el corazón del mundo, el lugar donde nacerá una nueva era.
Se volvió hacia Layla, que esperaba a su lado, hermosa y majestuosa, con su porte de princesa guerrera y con la magia de su propia casa fluyendo en armonía con la de él. Le tendió la mano, y al tocarla, una chispa de energía compartida recorrió ambos cuerpos, recordándoles que ahora eran una sola fuerza.
—Vamos, mi amor —le dijo él con esa sonrisa que solo ella conocía, llena de ternura y pasión—. Nos espera el camino hacia tu tierra, nos espera tu hermano Karim y tu cuñada Amara. Pronto estarán a nuestro lado, y comprenderán que todo lo que se contaba en las antiguas profecías se ha hecho realidad ante nuestros ojos.
Lord Theron, con el pecho lleno de orgullo y emoción, se despidió de ellos con una reverencia profunda, entregando a Caelen una espada antigua, forjada en cristal y acero estelar, un arma que había pertenecido a sus antepasados y que ahora brillaba con la luz de su dueño restaurado.
—Que la Luz Eterna os acompañe, Altezas —dijo el anciano capitán con voz temblorosa—. Aquí esperaremos vuestro regreso, y mantendremos viva la llama hasta que volváis a encenderla con el fuego de las tres casas. Que Malakor tiemble, porque ahora sabe que ha despertado a los únicos capaces de destruirlo.
Montaron en sus caballos y emprendieron la marcha de regreso, atravesando una vez más el Paso de Cristal. Pero esta vez, el camino se sentía distinto: las paredes brillaban con más intensidad, las imágenes grabadas en ellas ya no mostraban solo la tristeza de la caída, sino también la gloria del regreso y la promesa de la victoria. La propia naturaleza parecía reconocerlos: los árboles se inclinaban a su paso, los animales salvajes salían a verlos pasar sin miedo, y el aire estaba cargado de una energía vibrante y alegre.
Mientras cabalgaban lado a lado, Caelen comenzó a contarle todo lo que había comprendido al recuperar sus recuerdos y su conocimiento en las cámaras secretas.
—Tu hermano Karim —decía él, mirando el horizonte con ojos sabios— es el heredero legítimo de Al-Jazair, la tierra de la fuerza y la magia vital. Tu cuñada Amara, princesa de Zoraya, lleva en su sangre la sabiduría del sol y la luz que nunca se apaga. Y yo… yo soy el guardián de la luz pura, el puente entre ambas. Las antiguas escrituras dicen que Al-Jazair aporta el poder, Zoraya aporta la sabiduría, y Velarion aporta la esencia que lo une todo. Separados, somos fuertes. Juntos… somos invencibles.
Layla asintió, escuchándolo con atención y orgullo, comprendiendo ahora con total claridad por qué sus vidas estaban tan entrelazadas, por qué su amor había sido la clave para despertar todo ese poder.
—Karim es valiente, justo y fuerte —respondió ella con cariño, pensando en su hermano—. Y Amara… ella siempre tuvo una luz especial, una sabiduría que parecía venir de siglos atrás. Desde que se unieron, Al-Jazair y Zoraya han sido un solo corazón. Solo faltabas tú, la pieza que cerraba el círculo. Pronto verás que se alegrarán tanto como yo al saber que has regresado, y que al fin, los cuatro, estamos aquí para cumplir nuestro destino.
Los días de viaje transcurrieron entre conversaciones, recuerdos y la complicidad infinita que existía entre ellos. Pero cada noche, al detenerse a descansar, la pasión que siempre los consumía estallaba con una intensidad renovada, alimentada ahora por el poder que compartían y por la certeza de que cada momento juntos era un regalo y una fortaleza.
Una noche, mientras acampaban en un valle protegido rodeado de bosques antiguos, bajo un cielo lleno de estrellas que parecían brillar solo para ellos, la magia y el deseo se hicieron insoportables. El fuego que habían encendido ardía con una llama azul y dorada, reflejo de las almas que estaban junto a él.
Caelen se acercó a ella despacio, con esa elegancia felina y real que ahora lo caracterizaba, y la miró con esos ojos zafiros que brillaban con hambre y amor infinito. Desde que había recuperado su identidad, su forma de mirarla había cambiado: ahora la miraba como a su igual, como a su reina, como a la única mujer que existía en el universo para él.
—Cada día que pasa, te deseo más, Layla —le dijo él con voz ronca y profunda, una voz que recorría el cuerpo de ella como una caricia ardiente—. Pensé que después de todo lo que hemos compartido, después de todo lo que hemos descubierto y recuperado, mi deseo por ti disminuiría o se calmaría… pero ocurre todo lo contrario. Cuanto más sé de mí, más sé de ti, y más te quiero, más te necesito, más te amo.
Layla se levantó y caminó hacia él, sintiendo cómo su propio cuerpo respondía al suyo con una necesidad que le dolía dulcemente. Lo veía tan hermoso, tan poderoso, tan suyo… y no podía esperar ni un segundo más para sentirlo cerca, dentro de ella, uniéndolos de nuevo en cuerpo y alma.
—Y yo a ti, mi Príncipe —respondió ella con voz llena de promesas, rozando su pecho desnudo, donde las marcas brillaban bajo la luz de las estrellas y del fuego—. Eres mi vida, mi magia, mi todo. Y cada vez que me tocas, cada vez que me haces tuya, me recuerdas por qué fuimos hechos el uno para el otro, por qué el destino nos unió para siempre.