Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
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La conferencia
Siempre he pensado que las malas decisiones nunca parecen malas cuando las estás tomando.
Parecen razonables. Lógicas. Incluso inteligentes.
Como inscribirte a un congreso de Psicología un viernes por la mañana. No porque fuera obligatorio, ni porque diera créditos, ni porque algún profesor lo hubiera recomendado. Solo porque… bueno, porque el tema sonaba interesante.
Sí.
Eso iba a seguir diciéndome.
El tema.
No el conferencista.
—Todavía estás a tiempo de arrepentirte.
Levanté la vista del computador y encontré a Emma apoyada en el marco de la puerta de mi habitación, observándome con una sonrisa sospechosa.
—¿De qué hablas?
—Del congreso.
—Voy porque me interesa la conferencia.
Emma cruzó los brazos.
—Ajá.
—Es sobre conducta humana.
—Ajá.
—Y lenguaje no verbal.
—Ajá.
Suspiré con resignación.
—¿Puedes dejar de decir "ajá"?
—Puedo... pero entonces tendría que decir la verdad.
Fruncí el ceño.
—¿Cuál verdad?
Su sonrisa se hizo todavía más grande.
—Que el tema te interesa muchísimo porque lo dicta cierto profesor de apellido Ferrer.
Le lancé un cojín. Lo atrapó en el aire con sorprendente facilidad.
—Estás loca.
—No más que tú.
Dejó el cojín otra vez sobre la cama y volvió a mirarme.
—Solo prométeme una cosa.
—¿Cuál?
—Que no vas a hacer nada raro.
Abrí mucho los ojos.
—¿Qué podría hacer?
Emma permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
—No lo sé... pero contigo nunca se sabe.
El auditorio era tres veces más grande que cualquier salón de la universidad.
Había filas interminables de profesores, psicólogos, investigadores y estudiantes de distintas universidades. Apenas crucé la puerta sentí un pequeño nudo en el estómago. Tenía la extraña sensación de que no pertenecía a un lugar como ese.
Busqué un asiento casi al final.
Perfecto.
Mientras menos personas me vieran, mejor.
Las luces disminuyeron y una mujer subió al escenario.
—Buenos días. Gracias por acompañarnos al Congreso Nacional de Psicología Conductual.
Presentó a varios conferencistas hasta que pronunció un nombre que ya conocía demasiado bien.
—Recibamos al doctor Gael Ferrer.
El auditorio estalló en aplausos.
Yo me uní unos segundos después. No porque todos lo hicieran, sino porque, en realidad, no tenía idea de quién era mi profesor fuera de la universidad.
Lo vi subir al escenario con un traje gris oscuro, camisa blanca, sin corbata y una carpeta negra bajo el brazo. Se detuvo frente al micrófono, esperó a que el auditorio guardara silencio y dijo simplemente:
—Buenos días.
Solo dos palabras.
Y más de doscientas personas dejaron de moverse.
Qué poder tenía su voz.
Durante la siguiente hora olvidé que estaba sentada.
No usó una sola diapositiva.
No leyó un discurso.
No repitió conceptos de memoria.
Contó historias.
Hizo preguntas.
Y consiguió que un auditorio entero pensara junto con él.
Cada vez que alguien respondía, hacía otra pregunta. Y otra. Y otra. Hasta que la persona encontraba una respuesta mejor que la anterior.
Era exactamente igual que en clase. Solo que allí entendí algo que antes no había visto. No era un gran profesor porque enseñara en la universidad.
Era un gran profesor porque jamás dejaba de enseñar. Ni siquiera frente a especialistas que seguramente sabían mucho más que yo.
Tomé apuntes como nunca.
No quería perderme una sola palabra.
—Vamos a hacer un ejercicio.
Su voz rompió el silencio del auditorio.
Tomó un control remoto y proyectó la fotografía de un hombre sentado en una cafetería. La imagen permaneció apenas cinco segundos antes de desaparecer.
—Bien. ¿Qué recuerdan?
Las manos comenzaron a levantarse.
—Llevaba un saco azul.
—Tenía barba.
—Había una taza de café.
—Parecía preocupado.
El profesor escuchó todas las respuestas sin interrumpir a nadie. Después recorrió lentamente el auditorio con la mirada.
Hasta que sus ojos se detuvieron exactamente donde yo estaba.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
No. No podía haberme visto.
Éramos demasiadas personas.
—Señorita Romero.
Todo el auditorio giró la cabeza hacia mí.
Sentí unas ganas inmensas de desaparecer debajo de la silla.
—¿Podría ayudarme?
Respiré profundamente.
No podía negarme.
Caminé hasta el escenario intentando convencer a mis piernas de que recordaran cómo funcionaban. Él me indicó con un gesto que me colocara a su lado.
—¿Qué recuerda usted?
Miré la pantalla apagada e intenté reconstruir la fotografía en mi memoria.
—El hombre llevaba una alianza.
Él asintió.
—¿Algo más?
Cerré los ojos apenas un instante.
La imagen volvió. Difusa.
Pero volvió.
—No tenía reloj.
Varios asistentes comenzaron a escribir.
El profesor permanecía completamente inmóvil.
—Continúe.
Dudé unos segundos.
—Creo que dejó de usarlo hace poco.
El silencio fue absoluto.
—¿Por qué piensa eso?
Respiré hondo.
—Porque la piel de su muñeca estaba más clara en una parte... como si hubiera llevado un reloj durante muchos años, pero ya no.
Una leve sonrisa apareció en los labios del profesor.
Se giró hacia el auditorio y volvió a proyectar la fotografía.
Esta vez todos pudieron verlo.
Había una marca muy tenue alrededor de la muñeca.
Pero estaba allí.
Él señaló la imagen con el control remoto.
—Eso...
Hizo una breve pausa.
—No es mirar.
Es observar.
El silencio duró apenas unos segundos antes de que el auditorio estallara en aplausos.
No eran para mí. Eran para la explicación.
Pero aun así sentí que las mejillas me ardían. Quería bajar del escenario cuanto antes.
Antes de que pudiera hacerlo, el profesor se inclinó apenas hacia mí. Lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.
—Buen trabajo.
Solo dos palabras y, aun así, sentí que había valido la pena levantarme tan temprano.
Cuando terminó la conferencia, el auditorio prácticamente rodeó al profesor.
Alumnos. Docentes.
Investigadores.
Todos querían hacerle una pregunta, pedirle una fotografía o comentar algo sobre la ponencia.
Esperé unos minutos con las manos en los bolsillos.
Solo quería felicitarlo.
Nada más.
Pero cada vez que parecía quedar libre, alguien llegaba antes.
Miré la hora.
Emma tenía razón.
Ya debía irme.
Di media vuelta.
Quizá otro día.
—¿Señorita Romero?
Me detuve en seco.
Reconocería esa voz incluso en medio de un estadio lleno.
Me giré.
El profesor caminaba hacia mí con la carpeta bajo el brazo. Por primera vez desde que terminó la conferencia, estaba completamente solo.
—¿Ya se iba?
Asentí.
—Sí, profesor.
Sonrió ligeramente.
—Gracias por venir.
Parpadeé.
—No tiene que agradecerme. Fue una conferencia excelente.
Negó despacio.
—No me refiero a eso.
Hubo una breve pausa.
—Gracias por participar. Había más de doscientas personas en este auditorio... y usted fue la única que realmente observó.
Sentí un calor extraño subir por el pecho. No encontré ninguna respuesta inteligente. Así que hice lo único que pude hacer.
Sonreír.
—Gracias... profesor.
Él hizo un leve movimiento con la cabeza.
—Que tenga un buen fin de semana, señorita Romero.
Lo vi alejarse entre la multitud hasta desaparecer por una de las puertas laterales y por alguna razón... Permanecí inmóvil varios segundos.
Esa noche dejé el bolso sobre la cama.
Cuando saqué el cuaderno, un folleto del congreso cayó al suelo.
Lo recogí.
Estaba a punto de guardarlo cuando noté una palabra escrita con tinta azul en una de las esquinas.
Observa.
Fruncí el ceño.
No recordaba haberla visto antes.
Pasé la yema de los dedos sobre la tinta y sonreí sin darme cuenta.
Después abrí mi cuaderno y escribí un nuevo título.
Cosas que quiero saber sobre Gael Ferrer.
Me quedé mirando la hoja en blanco.
No escribí nada.
Todavía.
Pero, mientras cerraba el cuaderno, tuve una sensación extraña. Como si una simple conferencia hubiera cambiado algo dentro de mí.
Porque, por primera vez desde que lo conocí, dejé de sentir curiosidad por el profesor.
Quería conocer al hombre.
Y esa diferencia... Era mucho más peligrosa de lo que estaba dispuesta a admitir.