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Susurros Del Más Allá.

Susurros Del Más Allá.

Status: En proceso
Genre:Sirena / Terror / Pacto con el demonio / Maldición
Popularitas:582
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: Voces en la noche.

La posada era una construcción antigua, de maderas oscuras y paredes gruesas que parecían querer aislarse del resto del pueblo, como si también ella intentara protegerse de lo que habitaba fuera. La dueña, una mujer de pocas palabras y mirada inquieta, le había entregado la llave sin hacerle demasiadas preguntas, como si fuera costumbre que los forasteros llegaran de noche y cargados de secretos.

Lyssa subió las escaleras con paso cansado, pero con la mente completamente despierta. Al cerrar la puerta de su habitación y echar el cerrojo, por un momento creyó que el silencio le daría tregua, que al estar entre cuatro paredes podría dejar atrás los horrores que había escuchado y visto. Pero se equivocó. Apenas se quedó a solas, el murmullo que la había perseguido todo el día volvió a brotar, más fuerte, más claro y mucho más inquietante.

No venía de afuera. No se colaba por las rendijas de las ventanas ni bajaba por la chimenea. Venía de todas partes y de ninguna a la vez: estaba en el aire que respiraba, en la madera que crujía, en la propia oscuridad que llenaba la habitación. Eran las voces, los susurros que solo ella podía percibir, y ahora, lejos de miradas ajenas, se atrevían a hablar con total libertad.

Se sentó en el borde de la cama, apretando las sienes con las manos, intentando que el ritmo frenético de su corazón se calmara. Pero fue inútil. Las palabras empezaron a formarse, arrastradas, ciceantes, rozando sus oídos como labios invisibles.

«Condenada… Igual que ella… Igual que todos vosotros… La sangre pesa… La sangre ata…».

Lyssa levantó la cabeza, mirando fijamente hacia la ventana cerrada, tras la cual el mar rugía con furia, como si el océano mismo quisiera entrar.

—¿Qué queréis de mí? —susurró, con la voz temblorosa—. ¿Qué condena habláis?

Las voces se rieron, un sonido hueco y frío que le heló la sangre. Se multiplicaron, superponiéndose unas a otras, formando una confusión de frases que poco a poco empezaron a tener un significado aterrador.

«Lo que empezó hace siglos, no termina nunca… Lazos de agua y de odio… Lazos que ni la muerte rompe… Tu abuela, tu madre, y ahora tú… Heredaste la deuda… Heredaste el vínculo…».

Imágenes pasaron rápidas por su mente, como si alguien le mostrara recuerdos que no eran suyos: mujeres de su misma familia, caminando por esta misma playa, mirando el mar con la misma mezcla de fascinación y terror; sombras que salían del agua y se enlazaban a sus tobillos; una figura hermosa y terrible que reía mientras extendía la mano para atraparlas.

—¿Ella? —pensó en voz alta—. ¿La sirena?

«Ella es el lazo… Ella es la condena… Se llevó a tu madre porque quería… Y ahora te quiere a ti… Y lo que es peor…».

Las voces bajaron de tono, volviéndose íntimas, casi confidenciales, y entonces pronunciaron las palabras que hicieron que el escalofrío más fuerte de todos recorriera su espalda de pies a cabeza.

«No solo te quiere a ti… Te quiere unida a él… A Christhian…».

El nombre flotó en la habitación, pesado y peligroso. Lyssa recordó sus ojos oscuros, su mirada de dolor y advertencia, la forma en que su presencia la atraía y la aterraba a partes iguales. Recordó lo que le había dicho don Elías: «Él le pertenece». Y las palabras de Christhian mismo: «Yo soy el primero».

—¿Qué tiene que ver él conmigo? —preguntó Lyssa, poniéndose de pie y caminando hacia la ventana, incapaz de contenerse—. ¿Por qué me habláis de él?

«Porque él es la cadena… Y tú eres la llave… Ella os ha unido antes de que vinieras… Lazos que no se pueden romper… Ni con distancia, ni con tiempo, ni con muerte… Lo que ella une, queda unido para siempre… Amor y odio, mezclados en la misma trampa… Él no puede alejarse de ella… Tú no puedes alejarte de él… Y ella disfruta viendo cómo os acercáis y os hacéis daño…».

Lyssa apoyó las manos contra el cristal frío. Al otro lado, la noche era profunda y negra, pero entre las sombras de la playa, creyó distinguir una silueta alta e inmóvil, recortada contra la espuma blanca de las olas. Christhian. Estaba allí, de pie, mirando hacia su ventana, o tal vez mirando simplemente hacia el vacío, atado a ese lugar igual que ella empezaba a sentirse atada.

Las voces se intensificaron, gritando casi en su cabeza, revelando la verdad más oscura de todas.

«Él siente el lazo igual que tú… Cada vez que tú sufres, él lo siente… Cada vez que él está cerca del agua, tú lo sabes… Ella alimenta ese vínculo… Se alimenta de lo que hay entre vosotros… De tu curiosidad por él, de su deseo de protegerte… De todo ese amor que nace entre el miedo y el odio… Eso es lo que ella quiere… Eso es lo que la hace fuerte…».

—¡No es verdad! —exclamó Lyssa, apretando las manos hasta clavarse las uñas en las palmas—. Yo no lo quiero… Solo quiero a mi madre… Solo quiero irme de aquí…

«Nadie se va de aquí cuando ella ya ha puesto su marca… Y tú ya la llevas…».

Un dolor agudo le recorrió el brazo izquierdo, justo en la muñeca. Se subió la manga de la chaqueta y, bajo la luz tenue de la vela, vio algo que no estaba allí antes. Una marca, un dibujo tenue pero definido, como una cicatriz reciente o un tatuaje hecho con tinta oscura: una ola rodeada de espinas, el mismo símbolo que había visto en las rocas de la caleta, el mismo que llevaba el broche de su madre.

«La marca de los que pertenecen al mar… La marca de los que están condenados… Tú y él… Un mismo símbolo… Un mismo destino… Lazos que no se pueden romper… Nunca…».

Las voces se fueron apagando poco a poco, convirtiéndose de nuevo en susurros lejanos, pero dejaron tras de sí una certeza helada. Lyssa se dejó caer al suelo, apoyada contra la pared, abrazando sus rodillas. Comprendió entonces por qué Christhian le había advertido con tanta desesperación que huyera. No era solo por el peligro que ella corría. Era porque sabía que, en el momento en que ella pisó Mar Azul, la condena se activó para ambos.

Estaban atados. Unidos por una magia oscura y antigua, por la voluntad de una criatura demoníaca que disfrutaba jugando con sus vidas y sus sentimientos. Amor y odio, miedo y deseo, todo mezclado en una trampa perfecta de la que, según las voces, no había escapatoria.

Miró de nuevo hacia la ventana. La silueta en la playa ya no estaba. Christhian había desaparecido, tragado por la oscuridad y por el mar que lo tenía prisionero. Pero Lyssa sabía que estaba ahí, cerca, y que ahora, cada paso que ella diera, cada pensamiento que tuviera, cada emoción que sintiera, viajaría por esos lazos invisibles hasta llegar a él.

Y lo peor de todo era que, aunque quería odiarlo por ser parte de esa maldición, aunque quería alejarse de él para siempre, en el fondo de su corazón, una parte de ella ya sentía lo mismo que él: la terrible, inevitable y condenada necesidad de acercarse.

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