Miranda Moreno tiene un objetivo del que no piensa desviarse: casarse con el hombre más poderoso del país. Lo que comienza como un plan cuidadosamente calculado podría convertirse en el mayor riesgo de su vida, porque el poder siempre tiene un precio... y el corazón no sigue estrategias.
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Capítulo 4 - El precio de decir no
A la mañana siguiente, Miranda llegó a la empresa con la misma puntualidad de siempre.
Vestía un traje sastre azul marino de segunda mano, el cabello recogido en una coleta impecable y un maquillaje discreto que resaltaba sus facciones. Aunque había dormido poco pensando en como llegar a Cristóbal Bravo de Saravia, nadie podía notarlo.
Era una profesional incluso cuando el cansancio intentaba vencerla.
Saludó a algunos compañeros y caminó hacia su escritorio, pero antes de llegar escuchó una voz que ya comenzaba a resultarle insoportable.
—Buenos días, Miranda.
Cerró los ojos durante un instante.
Otra vez él.
Se giró lentamente.
—Buenos días, Adrián.
El joven sonrió con la misma seguridad de siempre.
—Te estaba esperando.
—¿Necesitabas algo relacionado con el trabajo?
—Sí... invitarte a cenar.
Miranda dejó escapar un suspiro.
—Adrián, ya hablamos de esto.
—Lo sé, pero sigo creyendo que tarde o temprano cambiarás de opinión.
—Pues deja de perder el tiempo.
La sonrisa de Adrián desapareció poco a poco.
—¿Por qué eres tan difícil?
—Porque no estoy interesada.
—¿Ni un poco?
—Ni un poco.
Él dio un paso hacia ella.
—¿Hay alguien más?
—No.
—Entonces dame una oportunidad.
Miranda negó con la cabeza.
—No me interesas.
—¿Tan poco valgo para ti?
—No se trata de eso. Simplemente no siento nada por ti.
Aquellas palabras hirieron el orgullo de Adrián.
Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie estuviera escuchando.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta?
Miranda permaneció en silencio.
—Que ya conseguiste lo que querías.
Ella frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
—De este puesto.
Señaló las oficinas con un movimiento de la mano.
—Tú estás haciendo tus prácticas aquí porque yo hablé con mi padre.
Miranda lo observó fijamente.
Era cierto que Adrián había mencionado su nombre a su padre para que aceptara recibir practicantes de aquella universidad, pero eso no significaba que ella no hubiera ganado el puesto por mérito propio.
—Conseguí esta oportunidad porque tengo las mejores calificaciones de nuestra promoción.
—Sí... pero fui yo quien convenció a mi padre para que te diera una oportunidad.
Miranda sintió cómo la molestia comenzaba a crecer.
—Si hiciste eso esperando algo a cambio, fue tu decisión. Yo nunca te lo pedí.
Adrián soltó una risa amarga.
—Qué conveniente.
—¿Conveniente?
—Sí. Mientras necesitabas entrar aquí eras amable conmigo. Ahora que ya lo lograste, me rechazas una y otra vez.
Miranda negó lentamente.
—Siempre fui amable contigo. Eso no significa que quisiera una relación.
Él dio otro paso, reduciendo la distancia entre ambos.
—Ya me cansé de tus negativas.
Su voz bajó hasta convertirse en un susurro.
—Así que te lo voy a poner fácil.
Miranda sintió un escalofrío de desagrado.
—Flojita y cooperando, mamacita... o hablaré con mi padre para que te saque de esta empresa.
El silencio que siguió fue sepulcral.
Miranda lo miró como si acabara de descubrir a un desconocido.
Jamás imaginó que llegaría tan lejos.
—¿Me estás chantajeando?
—Llámalo como quieras.
Se encogió de hombros.
—Mi padre es el dueño. Si le digo que no quiero seguir viéndote aquí, ¿qué crees que va a pasar?
Miranda sostuvo su mirada con una serenidad que contrastaba con la rabia que sentía por dentro.
—Aléjate.
Adrián sonrió con arrogancia.
—Todavía puedes pensarlo.
Ella negó con firmeza.
—No hay nada que pensar.
Respiró profundamente antes de pronunciar las palabras que no tenían vuelta atrás.
—¿Sabes qué? Si quieres hablar con tu padre, hazlo.
Él arqueó una ceja.
—¿Así de segura estás?
—Sí.
Su voz no tembló.
—Prefiero que me despidan antes que involucrarme contigo.
Adrián apretó la mandíbula.
—No encontrarás otra oportunidad como esta.
—Las oportunidades se ganan.
No se compran con favores.
Y mucho menos con amenazas.
Sin darle tiempo para responder, Miranda dio media vuelta y caminó hacia su estación de trabajo.
Su corazón latía con fuerza.
Sabía que acababa de enfrentarse al hijo del dueño de la empresa.
Sabía que aquello podía costarle las prácticas.
Pero también sabía que había una línea que jamás permitiría que nadie cruzara.
Podía perder un empleo.
Podía volver a empezar desde cero.
Pero no estaba dispuesta a entregarle su cuerpo a cualquiera.
......................
Minutos después, el teléfono de su escritorio sonó.
—Señorita Moreno, el departamento de Recursos Humanos solicita su presencia.
Miranda esbozó una leve sonrisa.
Era más rápido de lo que esperaba.
Se levantó con calma y caminó hasta el departamento.
La directora de Recursos Humanos la recibió con una expresión incómoda.
—Buenos días, Miranda. Toma asiento, por favor.
Ella permaneció de pie.
—No es necesario.
La mujer respiró hondo.
—Lamentablemente, hemos decidido dar por finalizado tu programa de prácticas a partir de hoy.
Miranda asintió como si la noticia no la sorprendiera.
—Entiendo.
La directora deslizó unos documentos sobre la mesa.
—Solo necesitamos tu firma.
Miranda no los tomó.
—Antes quiero hablar con el señor Cifuentes.
La mujer dudó unos segundos.
—El director general tiene la agenda bastante ocupada...
—Dígale que solo serán cinco minutos. Estoy segura de que querrá escucharme.
......................
Contra todo pronóstico, Eduardo Cifuentes aceptó recibirla.
La oficina del empresario era tan elegante como sobria.
Cuando Miranda entró, él permanecía de pie junto al ventanal.
—Buenos días, señorita Moreno.
—Buenos días, señor Cifuentes.
—Me dijeron que querías hablar conmigo.
—Así es.
Eduardo señaló una de las sillas.
—Adelante.
Miranda tomó asiento sin perder la compostura.
—Imagino que su hijo fue muy convincente.
El empresario sostuvo su mirada.
—Adrián me dijo que la relación entre ustedes se volvió incómoda y que era mejor finalizar tus prácticas.
Miranda dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Curiosa manera de resumir el acoso.
Eduardo cambió la expresión de su rostro.
—¿Acoso?
—Durante meses me invitó a salir. Siempre lo rechacé. Esta mañana me dijo textualmente que, si no aceptaba estar con él, hablaría con usted para sacarme de la empresa.
El silencio se instaló entre ambos.
Eduardo no respondió de inmediato.
Solo observó a la joven frente a él.
Miranda apoyó ambas manos sobre sus piernas.
—No vine a pedir que no me despida.
Tampoco espero que contradiga a su hijo.
Después de todo, él es su familia.
Yo solo era una practicante.
Aquellas palabras hicieron que Eduardo entrecerrara los ojos.
No era un hombre ingenuo.
Sabía perfectamente cómo era Adrián cuando algo no salía como él quería.
Y también sabía lo que podía significar una acusación de esa naturaleza si llegará hacerce pública.
Miranda se levantó lentamente.
—Solo quería que conociera el verdadero motivo de mi despido.
Porque si en algún momento alguien me pregunta por qué salí de esta empresa... no me gusta mentir.
....
Que pasará el día que se descubra que no fue casualidad ese accidente y todo lo que planeó que dirá y hará Cristóbal 🤔🤔🤔❓❓❓❓