"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.
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CAPÍTULO 9: "El primer llanto, mi primera derrota"
Pasamos dos días en el hospital. Dos días de visitas de familiares, de pañales que yo no sabía cambiar, de biberones que Ana preparaba con una destreza que me parecía sobrehumana, de noches interrumpidas por el llanto de un ser humano que no entendía que el mundo era silencioso y oscuro y que había que dormir para sobrevivir.
El bebé —aún sin nombre, porque ninguno de los que habíamos descartado nos parecía adecuado ahora que lo teníamos delante— lloraba cada dos horas. Cada dos horas exactas, como un reloj suizo del caos. Yo me despertaba sobresaltado, miraba la cuna, veía su carita enrojecida y sus puños apretados, y sentía una mezcla de impotencia y desesperación.
—¿Qué hago? —pregunté a Ana la primera noche, cuando el llano se hizo insoportable.
—Cógelo —dijo ella, sin abrir los ojos—. Y camina con él. A veces se calma.
Lo cogí. Lo sostuve contra mi pecho, con la torpeza de quien sostiene un objeto frágil y valioso sin saber cómo. Caminé por la habitación, de un lado a otro, como un péndulo humano. El bebé lloraba. Yo caminaba. El bebé lloraba más fuerte. Yo caminaba más rápido.
—No funciona —dije, después de cinco minutos.
—Cántale —dijo Ana, con la voz somnolienta.
—No sé cantar.
—Da igual. Cántale algo.
Y entonces, sin saber por qué, empecé a tararear una canción. No era una canción de cuna. Era una canción de los ochenta, de esas que sonaban en la radio cuando yo era niño, que mi madre ponía mientras limpiaba la casa. "Imagine" de John Lennon. No sé por qué, pero la tarareé, con la voz ronca y el ritmo torpe, mientras caminaba de un lado a otro con mi hijo en brazos.
El bebé dejó de llorar. No del todo, pero el llanto se transformó en un gemido, y el gemido en un suspiro. Y al final, se quedó dormido.
Lo miré. Dormía con la boca entreabierta y una expresión de paz que parecía imposible después de tanto esfuerzo. Y yo, que había conseguido callarlo con una canción de los ochenta, sentí una mezcla de alivio y orgullo.
—Lo has conseguido —dijo Ana, abriendo un ojo.
—No ha sido nada.
—Ha sido todo.
Esa fue la primera noche. La segunda fue peor. El bebé lloró sin tregua durante tres horas. Ana, agotada, no podía levantarse. Yo, que había dormido dos horas en total, lo cogí, lo acuné, le canté, le hablé, le hice todo lo que se me ocurrió. Nada funcionaba.
—¿Qué le pasa? —pregunté, desesperado.
—No lo sé —respondió Ana—. A veces lloran y no sabes por qué.
—¿Pero no hay una razón?
—La razón es que son bebés. Lloran porque sí.
Esa respuesta, que era la más honesta que podía darme, me pareció una condena. Porque yo necesitaba razones. Necesitaba listas. Necesitaba saber que si hacía A, pasaba B. Pero aquel bebé no funcionaba con listas. Funcionaba con llantos. Y yo no sabía descifrar sus llantos.
Esa noche, después de tres horas de intentos fallidos, el bebé se durmió solo. Agotado. Y yo me quedé mirándolo, sintiendo que había perdido una batalla que ni siquiera sabía que estaba librando.
—No soy bueno en esto —le dije a Ana, cuando ella se despertó para el siguiente turno.
—¿En qué?
—En calmarlo. En entenderlo. En todo.
Ana se incorporó con esfuerzo, apoyó la espalda en la almohada y me miró con una expresión que era mezcla de cansancio y paciencia infinita.
—No tienes que ser bueno —dijo—. Solo tienes que estar.
—¿Y eso es suficiente?
—Ahora sí. Más adelante, cuando crezca, necesitarás más. Pero ahora, solo estar.
Me quedé callado. Sus palabras, tan simples, tan evidentes, me golpearon como un puñetazo en el pecho. Siempre había pensado que ser padre era hacer cosas: cambiar pañales, dar biberones, calmar llantos, enseñar a hablar. Pero quizás, en el fondo, ser padre era solo eso: estar. Estar en el llanto, en el silencio, en la incertidumbre. Estar aunque no supiera qué hacer.
El tercer día nos dieron el alta. Ana, aún débil, caminaba despacio. Yo llevaba al bebé en brazos —la matrona me había enseñado a sujetarlo correctamente, con la cabeza apoyada en el hueco de mi codo— y sentía el peso de aquel ser humano como un ancla que me sujetaba a la tierra.
Llegamos a casa de Ana. La habitación beige estaba esperando, con la cuna recién hecha y los ositos de peluche alineados en la repisa. Ana se tumbó en la cama, exhausta, y me pidió que pusiera al bebé en la cuna.
Lo hice. Con cuidado, como quien coloca una obra de arte en un museo, lo dejé en el colchón. El bebé abrió los ojos, me miró un segundo y luego cerró los párpados como si dijera "vale, aquí estoy, me quedo".
Y entonces, al verlo allí, tan pequeño, tan vulnerable, tan suyo y tan mío a la vez, sentí algo que no había sentido antes. No era amor —aún no, seguía siendo un extraño para mí— pero era un compromiso. Una promesa. Un juramento en silencio de que iba a estar, aunque no supiera cómo.
Esa noche, cuando Ana y el bebé dormían, me senté en el salón y abrí el bloc de notas. Llevaba días sin escribir. Las palabras se habían atascado en algún lugar entre el pánico y el cansancio. Pero aquella noche, las palabras fluyeron:
"Ha llorado. He llorado (por dentro). No he sabido calmarlo. Pero he estado. Y ella dice que eso es suficiente. No sé si es verdad. No sé si estar es suficiente para alguien que depende de ti para todo. Pero hoy he estado. Y mañana estaré. Y pasado también."
Luego, debajo:
"No estoy adaptado. Pero no me voy. Eso es todo lo que sé."
Cerré el bloc y lo dejé sobre la mesita. Luego fui a la habitación beige, me asomé a la cuna y miré a mi hijo. Dormía. Y yo, que no sabía cómo ser padre, supe que aquel llanto, aquella primera derrota, no era el final. Era el principio.
El principio de todo lo que no sabía hacer. El principio de todo lo que iba a aprender.
El principio de estar.