En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 7
Los rumores comenzaron a expandirse por la nobleza con una velocidad que ni siquiera Xenia habría imaginado posible.
Todo había empezado de manera bastante inocente: algunas damas comentando emocionadas sobre las cremas milagrosas de la hija mayor de los Edevane, nobles preguntando discretamente dónde podían conseguir aquellos productos que dejaban la piel luminosa y el cabello más suave que la seda. Pero después llegaron las historias sobre las pociones del príncipe, sobre cómo Lady Xenia había logrado crear fórmulas que incluso los alquimistas reales habían sido incapaces de desarrollar.
Y entonces los rumores dejaron de ser simples chismes sociales.
Se convirtieron en interés.
Interés verdadero.
Viktor Edevane observaba en silencio la montaña de cartas acumuladas sobre su escritorio mientras una ligera presión se instalaba entre sus cejas. Había invitaciones de nobles importantes, solicitudes privadas de comerciantes interesados en invertir en los productos de Xenia e incluso cartas de familias prestigiosas insinuando posibles propuestas matrimoniales.
Ni siquiera se había molestado en abrir la mayoría.
Sabía perfectamente cómo funcionaba la aristocracia.
La nobleza solo miraba hacia alguien cuando encontraba utilidad en ello.
Y ahora su hija se había convertido en algo valioso.
El duque apoyó lentamente la espalda contra el respaldo de la silla mientras desviaba la mirada hacia la ventana del despacho, perdiéndose un momento en sus pensamientos. Aún le costaba entender cómo aquella joven que evitaba incluso levantar la vista al hablar se había transformado en alguien tan distinta. La antigua Xenia parecía vivir consumida por inseguridades silenciosas, caminando siempre con miedo de incomodar o decepcionar.
Ahora era diferente.
Mucho más viva.
Discutía con Thomas, respondía con firmeza cuando algo le molestaba, sonreía con orgullo cuando uno de sus experimentos funcionaba y pasaba horas enteras encerrada en aquel laboratorio con un brillo extraño en los ojos.
Y aunque Viktor seguía preocupado…
también empezaba a sentirse orgulloso.
Muy orgulloso.
Mientras tanto, completamente ajena a las preocupaciones de su padre, Xenia se encontraba encerrada dentro de su laboratorio desde temprano.
El lugar ya no parecía aquella habitación vacía y ordenada que Viktor le había regalado semanas atrás. Ahora estaba lleno de libros abiertos apilados sin orden alguno, hojas cubiertas de fórmulas, frascos de vidrio de formas extrañas, herramientas metálicas diseñadas según las indicaciones específicas de Xenia y pequeñas plantas mágicas secándose cuidadosamente cerca de las ventanas.
El aroma de hierbas y flores flotaba en el aire mezclándose con el tenue olor de sustancias alquímicas.
Era un desastre.
Pero un desastre que, curiosamente, funcionaba perfectamente para ella.
Xenia sostenía un pequeño recipiente de cristal mientras mezclaba lentamente varias gotas de esencia floral dentro de una crema aún tibia. Sus dedos se movían con precisión absoluta mientras escribía observaciones rápidas sobre una hoja cubierta de anotaciones. Últimamente las ventas de sus productos habían aumentado muchísimo gracias a las recomendaciones de las damas nobles, y aunque aquello le alegraba más por el dinero que por la fama, debía admitir que se sentía satisfecha.
Los ingredientes mágicos eran absurdamente caros.
Y ella necesitaba muchos.
Demasiados.
Pero no podía evitar emocionarse cada vez que descubría algo nuevo. Aquel mundo le permitía hacer cosas que habrían sido imposibles en su antigua vida. Allí la ciencia tenía límites; aquí, en cambio, podía combinar conocimiento y magia hasta crear resultados casi absurdos.
Le encantaba.
Estaba tan concentrada observando cómo la mezcla adquiría lentamente un delicado color rosado que no notó la mirada fija sobre ella hasta varios segundos después.
O más bien…
había decidido ignorarla.
Soltó un pequeño suspiro antes de levantar finalmente la vista.
Y ahí estaba él.
Clark Viremont se encontraba sentado cómodamente sobre uno de los sillones del laboratorio, observándola trabajar con una tranquilidad irritante. Vestía ropa oscura elegante, aunque ligeramente menos formal que la que solía usar en el palacio, y tenía una expresión curiosamente relajada mientras recorría el lugar con la mirada.
Xenia estaba bastante segura de que llevaba varios minutos ahí.
Tal vez más.
Y aparentemente no tenía intención alguna de irse.
—¿Se puede saber qué hace aquí, príncipe Clark? —preguntó finalmente mientras dejaba el recipiente sobre la mesa y lo miraba con el ceño ligeramente fruncido.
Clark apoyó el rostro sobre una mano sin apartar los ojos de ella, y una pequeña sonrisa apareció lentamente en sus labios.
—Qué fría bienvenida.
Xenia cruzó los brazos inmediatamente.
—¿Acaso piensa tomar por costumbre aparecer en mi laboratorio sin invitación?
—Mm… lo estoy considerando.
Ella lo miró con abierta incredulidad.
Clark, en cambio, parecía completamente cómodo allí sentado, como si aquel laboratorio también le perteneciera un poco.
Y sinceramente, cada vez disfrutaba más visitarlo.
Porque Xenia dentro de aquel lugar era diferente a la joven elegante y reservada que aparecía frente a la nobleza. Ahí se olvidaba completamente de aparentar. Fruncía el ceño cuando algo salía mal, murmuraba teorías para sí misma sin darse cuenta y sus ojos se iluminaban con un entusiasmo extraño cada vez que descubría algo nuevo.
Clark nunca había conocido a alguien así.
Todo en ella parecía auténtico.
Impredecible.
Y eso solo conseguía atraerlo más.
Su mirada descendió lentamente hacia las pequeñas manchas de tinta sobre los dedos de Xenia y las suaves ojeras bajo sus ojos, probablemente producto de haberse quedado despierta trabajando hasta tarde otra vez.
—Además —comentó observando uno de los frascos sobre la mesa—, tenía curiosidad por ver qué nueva cosa extraña estaba creando ahora.
Xenia soltó un pequeño bufido.
—¿Y no tiene asuntos importantes de príncipe que atender?
—Sí.
—Entonces debería ir a atenderlos.
Clark soltó una pequeña risa baja, casi divertida, mientras recargaba la espalda contra el sillón con absoluta tranquilidad.
Y para desgracia de Xenia…
le gustaba demasiado que ella le hablara de esa manera.
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