A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.
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Llamas que no se apagan
El encuentro con Elías había dejado una sensación extraña en Alejandro, una mezcla de alerta y pensamientos que daban vueltas en su cabeza sin descanso. Pero como siempre hacía, cuando algo lo preocupaba o lo desconcertaba, su cuerpo reaccionaba de la forma que mejor conocía: volcando toda esa energía en lo que más le gustaba, en lo que le permitía ser libre y olvidarse de todo lo demás.
Decidió salir del bar más tarde de lo habitual, aprovechando que la noche ya avanzaba y que las calles estaban más tranquilas. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, sintiendo cómo el aire fresco le ayudaba a despejar la mente, pero sin poder evitar que la imagen de Elena volviera una y otra vez a sus pensamientos. La había visto esa noche, había sentido su mirada, su voz, su forma de estar... y sabía que esa mujer no era como ninguna otra que había conocido antes. Había algo en ella que atraía, algo que quemaba por dentro, una pasión contenida que se notaba en cada gesto, en cada sonrisa, en cada mirada.
Y como si el destino hubiera querido que sus caminos se cruzaran justo en ese momento, la vio.
Estaba parada a pocos pasos de la entrada de El Confín, apoyada en una farola, con las manos cruzadas sobre el pecho. Llevaba puesto un abrigo largo de tela suave de color negro, que dejaba ver solo un trozo de su vestido oscuro, y su cabello negro brillante caía sobre sus hombros como una cascada de seda. Cuando lo vio llegar, una sonrisa lenta y pícara apareció en sus labios, y sus ojos oscuros, profundos y llenos de deseo, se clavaron en los de él como si lo estuvieran llamando con una fuerza magnética.
Alejandro se detuvo a pocos metros de distancia, sin poder evitar que una media sonrisa apareciera también en su rostro. Ella lo miraba con tanta intensidad que parecía querer ver a través de su piel, querer llegar hasta lo más profundo de su ser, y él, acostumbrado a ser quien dominaba las miradas, sintió que esta vez era ella quien lo tenía bajo su hechizo.
—Pensé que ya te habías ido —dijo él, con su voz grave y suave, que pareció recorrer todo el espacio entre ellos.
Ella se enderezó despacio, quitando el abrigo de un movimiento elegante y lo dejó caer al suelo con un suave susurro de tela. Quedó frente a él, completamente a la vista, con un vestido ajustado que resaltaba cada curva de su cuerpo, que dejaba ver sus hombros desnudos y que subía por sus piernas largas y torneadas. Olía a su perfume, esa mezcla de especias y flores exóticas que ya le había marcado la memoria, un olor que se le pegaba a la piel y que despertaba todos sus sentidos al instante.
—¿Irme? —respondió ella, acercándose paso a paso, sin dejar de mirarlo, con esa seguridad que la caracterizaba—. ¿Y dejarte aquí solo, pensando en cosas que no me atrevo a imaginar? No, Alejandro... no soy de las que se van cuando hay algo interesante que ver. Y contigo... sé que hay mucho más que ver. Mucho más que palabras.
Llegó hasta él y se detuvo justo frente, tan cerca que Alejandro pudo sentir el calor que emanaba su cuerpo, el ritmo acelerado de su respiración. Ella levantó una mano y pasó los dedos por su mejilla, acariciándolo con suavidad, pero con una firmeza que decía que no se iba a dejar apartar. Sus ojos oscuros se llenaron de deseo, de fuego, de una pasión que parecía querer consumirlo todo a su paso.
—Me han dicho que eres un hombre que sabe controlarlo todo... que nunca pierdes el control —susurró ella, acercando su rostro al de él, hasta que sus labios estuvieron a centímetros de distancia—. Pero yo quiero ver eso, Alejandro. Quiero ver si puedes seguir controlando todo cuando yo esté cerca. Quiero ver si puedes resistirte a esto... a mí.
No hubo más palabras. No hubo tiempo para dudas ni para pensamientos. El deseo que había estado creciendo entre ellos desde la primera vez que se vieron estalló en ese instante, fuerte, ardiente e imparable. Alejandro tomó su rostro entre sus manos, con fuerza pero con una suavidad infinita, y la besó.
Fue un beso que no tuvo nada de tímido ni de suave. Fue profundo, hambriento, lleno de una pasión contenida que llevaba semanas esperando salir. Sus labios, firmes y cálidos, se unieron a los de ella con una energía que parecía querer romper barreras, explorar cada rincón, comunicar todo lo que no se habían dicho con palabras. Alejandro sentía cómo el cuerpo de ella se estremecía contra el suyo, cómo sus manos se aferraban a su espalda, cómo su respiración se aceleraba, mezclándose con la de él. El beso era intenso, lleno de sentimiento y de deseo, y ambos sabían que en ese momento ya no había vuelta atrás.
Sin soltarla ni un solo instante, Alejandro la levantó del suelo con facilidad, como si no pesara nada, y la llevó unos pasos más allá, hasta la puerta trasera del bar, que él tenía abierta y lista para entrar. Era su refugio, su espacio privado, y ahora se convertía en el escenario de lo que iba a suceder: un lugar donde no había límites, donde solo existían ellos dos y el fuego que los quemaba.
Entraron rápidamente, cerrando la puerta detrás de ellos con un suave golpe, y Alejandro la apoyó contra la pared, rodeándola con su cuerpo, llenando todo su campo de visión. Se miraron a los ojos, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, con el deseo brillando en sus miradas, y entonces comenzaron a deshacerse de la ropa, despacio, con calma, saboreando cada momento, cada gesto, cada pieza de tela que caía al suelo, dejando ver la piel desnuda, caliente y deseada.
Alejandro la observaba, admirando cada parte de su cuerpo con una intensidad que la hacía sentir viva, deseada, como nunca antes. Ella era hermosa, con una figura perfecta, curvas que invitaban a ser tocadas, una piel suave y brillante que bajo la luz tenue parecía estar hecha de seda. Y él... él se mostraba tal como era: un cuerpo fuerte, atlético, marcado por la disciplina y el esfuerzo, con músculos definidos y una presencia imponente que hacía que ella se sintiera pequeña y protegida, pero al mismo tiempo llena de una pasión que la hacía querer tenerlo más cerca, más profundo, más dentro de sí.
Se acercó a ella y la besó de nuevo, bajando sus labios por su cuello, recorriendo su piel con besos suaves y profundos, haciendo que ella gemiera suavemente, arqueando la espalda para acercarse más a él. Sus manos grandes y firmes recorrían su cuerpo con una destreza que hablaba por sí sola, sabiendo exactamente dónde tocar, cómo acariciar, cómo hacer que cada centímetro de ella sintiera placer. Sus dedos se deslizaron por su cuerpo, bajando hasta sus caderas, hasta sus piernas, abriéndola con suavidad pero con una firmeza que mostraba su intención, preparándola, haciéndola temblar bajo sus toques.
—Eres tan hermosa... —susurró él contra su piel, con la voz ronca por la emoción y el deseo—. Tan perfecta... he soñado con esto, Elena. Cada noche, desde que te vi, he pensado en cómo sería tenerte así, completamente mía, por un momento.
Ella lo miraba, con los ojos cerrados y el pecho agitado, sintiendo cómo el fuego que había en su interior crecía cada vez más, hasta que parecía que iba a explotar.
—Tócame... hazme sentir lo que nadie me ha hecho nunca —pidió ella, con voz temblorosa y llena de deseo—. Muéstrame lo que eres, Alejandro. Quiero saber todo de ti, quiero que me des todo.
Alejandro tomó su mano y la llevó hasta su propio cuerpo, guiándola, dejando que ella sintiera la fuerza, la dureza y el calor de su deseo, dejándola saber que él también estaba deseándola con la misma intensidad. Luego se colocó entre sus piernas, sosteniéndola con fuerza contra la pared, y se acercó hasta que sus cuerpos estuvieron completamente pegados, sin dejar ningún espacio entre ellos. Ella podía sentir todo de él: su fuerza, su calor, su deseo, la dureza de su cuerpo contra el suyo, y eso la hacía temblar de placer.
Entonces, con una lentitud calculada, con una precisión y una calma que solo él tenía, comenzó a acercarse a ella. Ella sintió cómo la punta dura y caliente de su sexo rozaba su entrada húmeda y caliente, haciéndola contener el aliento, sintiendo cómo su cuerpo se abría, deseando recibirlo, deseando sentirlo dentro de sí. Alejandro la miró a los ojos, con una intensidad que la atravesaba por completo, y entonces, despacio, muy despacio, se fue introduciendo en ella.
Fue una sensación completa, profunda y maravillosa. El grosor y la longitud de él fueron llenándola poco a poco, estirando sus paredes internas, invadiéndola por completo hasta llegar al fondo, ocupándola entera, haciéndola sentir llena, completa, como si él fuera la única pieza que faltaba en su cuerpo. Se quedó quieto un instante, hundido hasta el límite, disfrutando de la sensación cálida y apretada que lo envolvía, de cómo ella se ajustaba perfectamente a su tamaño, latiendo alrededor de él como si fuera parte de su propio ser.
—Dios... qué bien te sientes... —gimió él, con la voz grave y ronca, cerrando los ojos un momento mientras apretaba la mandíbula, sintiendo cómo cada parte de su cuerpo reaccionaba ante ella—. Estás hecha para esto... hecha para mí.
Entonces comenzó a moverse. No hubo torpeza, ni dudas, ni errores. Sus embestidas eran profundas, rítmicas y poderosas. Sacaba su cuerpo casi por completo y volvía a entrar con fuerza, golpeando suavemente el fondo, encontrando el punto exacto que hacía que ella gritara de placer y se retorciera entre sus brazos. Sus caderas chocaban contra las de ella con un ritmo constante, intenso y apasionado, que iba aumentando poco a poco. El sonido de sus cuerpos golpeándose, la piel contra la piel, se mezclaba con los gemidos y susurros de ambos, creando una melodía de deseo y placer que llenaba todo el espacio.
Alejandro dominaba cada segundo, cada movimiento, cada sensación. A veces iba lento, profundo y suave, haciéndola sentir cada milímetro de él, haciéndola disfrutar de cada instante; otras veces aceleraba con fuerza, empujando con energía, llenándola de golpe una y otra vez, haciéndola perder la cabeza, haciéndola pedir más y más. Sus manos la sostenían con fuerza, apoyándola contra la pared, permitiéndole moverse también, permitiéndole sentir cada golpe, cada penetración, cada parte de él que se adentraba en ella.
Ella sentía cómo él la llenaba por completo, cómo su cuerpo se abría y se cerraba alrededor de él, cómo cada movimiento suyo la llevaba más lejos, hacia un placer que crecía y crecía, hasta que parecía que iba a estallar. Lo miraba a los ojos, con una mirada llena de amor y deseo, sintiendo que no había nada más importante en el mundo que ese momento, que esos cuerpos unidos, que esa pasión que los quemaba a los dos.
—¡Alejandro...! —gritaba ella, entre gemidos, agarrándose con fuerza a sus hombros, a su espalda, como si fuera la única forma de no caer—. ¡Sigue... no pares... me siento tan bien...!
Él la miraba, viendo cómo ella se perdía en el placer, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía bajo el suyo, y eso lo hacía sentir aún más fuerte, aún más lleno de deseo. Sus embestidas se volvieron más rápidas, más profundas, más desesperadas, llevándola cada vez más cerca del clímax, guiándola hacia ese momento donde todo se convierte en fuego y placer.
Y entonces llegó. Ella sintió cómo su cuerpo se estremecía con fuerza, cómo sus músculos se contraían alrededor de él, cómo un placer inmenso la invadía de pies a cabeza, haciendo que gritara su nombre con toda la fuerza que tenía, sacudiéndose entre sus brazos, inundándolo de calor y humedad, dejándose llevar por la ola de placer que la envolvía por completo.
Pero Alejandro no se detuvo. Aún dentro de ella, sintiendo cómo ella temblaba y se contraía, aumentó la fuerza y la velocidad de sus movimientos, aprovechando cada reacción suya para seguir disfrutando, para llevarse también él a su propio final. Sus gemidos se hicieron más graves, más profundos, sus movimientos más potentes, hasta que con un último empujón fuerte y profundo, arqueó la espalda y soltó todo su deseo dentro de ella, descargando una cantidad abundante y caliente de semen, llenándola hasta el borde, haciéndola sentir cómo todo lo que compartían se quedaba ahí, dentro de ella, como una promesa, como una huella que nadie podría borrar.
Se quedó así unos minutos, sin separarse, sin moverse, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, recuperando poco a poco el aliento. Se acercó a ella y la besó con suavidad ahora, con mucho cariño, acariciando su rostro, su cabello, su espalda, haciendo que se sintiera amada, deseada, como nunca antes.
Cuando finalmente se separaron, despacio, ambos sintieron cómo todo lo que habían compartido se derramaba, húmedo y caliente, bajando por sus cuerpos y por el suelo, dejando una huella clara de lo que habían hecho. Alejandro la tomó en sus brazos, con cuidado, la llevó hasta un sofá que había en el rincón y se sentó con ella sobre sus piernas, abrazándola, sintiendo cómo ella se recostaba contra su pecho, escuchando el ritmo de su corazón, que aún latía con fuerza y emoción.
—Nadie me ha hecho sentir así... —susurró ella, con la voz suave y cansada, pero llena de satisfacción, pasando una mano por su pecho, sintiendo sus latidos—. Nadie... ¿cómo lo haces, Alejandro? ¿Cómo haces que todo sea tan... intenso, tan real?
Él la miró, con esa sonrisa tranquila y llena de emoción, acariciando su espalda con suavidad.
—Porque cuando estoy contigo... no soy solo el dueño de un bar, ni el hombre que todos conocen —respondió él, con voz baja y suave—. Cuando estoy contigo, solo soy yo... y solo existimos tú y yo. Y eso... eso hace que todo sea posible.
Se quedaron así abrazados, en la penumbra, rodeados de silencio y de la sensación de haber compartido algo único, algo que ninguno de los dos iba a olvidar nunca. El fuego que había estado ardiendo entre ellos no se apagó, se convirtió en algo más suave, más profundo, pero seguía ahí, vivo y fuerte, recordándoles que lo que había pasado entre ellos no había sido solo sexo, ni pasión pasajera... había sido algo mucho más grande, algo que los había unido de una forma que nadie podía entender.
Alejandro besó la cima de su cabeza, sabiendo que Elena volvería, sabiendo que lo que habían vivido era solo el principio de algo mucho más grande. Y mientras la abrazaba, sentía que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de lo que pudiera venir. Porque ahora, tenía algo que valía la pena proteger, algo que valía la pena luchar: ella, y lo que habían construido entre los dos.