Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8: La primera pregunta
Domingo
El jardín de sus padres huele a hierba recién cortada y a las rosas que su madre cuida con devoción.
Nico llega tarde, como siempre. El portón de madera está entreabierto y lo empuja con el hombro, desde la entrada, oye la voz de su padre retumbando en la cocina, contando alguna anécdota de la constructora. Su madre ríe, esa risa cantarina que conoce desde antes de aprender a hablar.
—¡Nico! —grita ella desde dentro, sin haberlo visto aún. Lo intuye, siempre lo intuye.
La casa es la misma de su infancia: muebles de madera clara, cuadros de paisajes, una mesa de comedor lo bastante grande para recibir a toda la familia aunque solo sean tres. Las ventanas están abiertas y la luz del mediodía entra a raudales, dibujando rectángulos dorados sobre el suelo de tarima.
Su padre sale de la cocina con un delantal ridículo que dice «el jefe» en letras rojas, es alto, canoso en las sienes, con la misma mandíbula cuadrada que heredó Nico. Lo abraza con fuerza, le da una palmada en la espalda que resuena.
—Qué delgado estás.
—Estoy igual, papá.
—Delgado —insiste su padre—. ¿Estás comiendo?
—Sí, mamá ya me ha preguntado por teléfono.
—Y te lo volveré a preguntar —dice su madre apareciendo detrás, secándose las manos en un trapo. Es menuda, de ojos vivaces y el mismo pelo rubio que Nico—, que no me fío.
Lo besa en la mejilla, huele a su perfume de siempre, a canela y a hogar. Nico cierra los ojos un instante, en este comedor, con estos dos, el mundo parece más sencillo.
Se sientan a la mesa, el almuerzo es largo, sin prisas, su padre habla de la constructora, de un proyecto nuevo que lo tiene entusiasmado, de los problemas con los permisos que siempre llegan a destiempo. Su madre pone los ojos en blanco cuando menciona a un aparejador insoportable y luego le sirve más ensalada a Nico sin preguntar.
—¿Y tú, hijo? —pregunta ella en un momento de pausa, mientras su padre se levanta para buscar más pan—. ¿Cómo ha ido la semana?
—Bien. Clases, entrenamiento.
—¿Algo especial?
La pregunta es ligera, formulada con la misma naturalidad con la que le pasa el salero, pero Nico se queda en silencio un segundo. La imagen viene sin avisar: pelo castaño, coleta floja, ojos ámbar.
Jean.
—No —dice—, nada especial.
Su madre no insiste, retoma la conversación con su padre, que ha vuelto con el pan y una botella de vino. Hablan de un vecino, de una película, de las vacaciones del año pasado, Nico come, asiente, ríe en los momentos justos, pero la imagen sigue ahí, en algún rincón de su cabeza, agazapada, esperando.
Observa a sus padres mientras ellos no lo miran. Su padre apoya la mano sobre la de su madre al hablar, un gesto inconsciente, automático, ella le acaricia los nudillos con el pulgar sin dejar de escuchar. Llevan veinticinco años juntos y aún se tocan como si acabaran de conocerse.
Eso, piensa Nico, eso es lo que quiero.
El almuerzo termina con café y un pastel que su madre ha horneado por la mañana, luego, Nico recoge los platos mientras su padre pone la radio y su madre tararea una canción vieja. La tarde transcurre mansa, sin sobresaltos, cuando se despide en la puerta, ya ha oscurecido.
—Cuídate, hijo.
—Lo haré.
—Y come más.
—Sí, mamá.
Su madre le sostiene la mirada un segundo más de lo habitual, como si buscara algo, Nico le da un beso en la mejilla y se va. Camina hacia su departamento con las manos en los bolsillos, el domingo se acaba, y mañana es lunes.
Mañana, piensa. El cibercafé.
Y no sabe por qué ese pensamiento le hace latir el pecho un poco más rápido.
———
Lunes
El café de la universidad es un asco, lo sabe todo el mundo.
Nico se aferra a esa verdad como a un salvavidas mientras camina hacia Offline a las nueve menos diez. El sol ya está alto y la luz es blanca y fría, no tiene clase hasta las nueve y media, pero ha salido de casa antes de lo necesario, con la mochila colgada de un hombro y una excusa preparada en la punta de la lengua.
No tenía café en casa, el de la facultad es imbebible, solo paso a tomar un cortado antes de clase.
Es una buena excusa, no es verdad del todo —tenía café en casa, el de la universidad es malo pero podría sobrevivir—, pero tampoco es una mentira completa. Es un espacio intermedio, una zona de penumbra donde Nico puede moverse sin preguntarse demasiado.
La verdad es otra, lo sabe en el momento en que sus dedos empujan la puerta de cristal, la verdad es que no ha visto a Jean en todo el fin de semana. La verdad es que lo ha echado de menos.
La campanilla suena, el olor a café y papel lo envuelve como un abrigo viejo, Jean está detrás de la barra, como siempre. Hoy hay menos clientes, sollo la chica del portátil rojo, que ya está en su esquina con los auriculares puestos y un hombre mayor que lee el periódico junto a la ventana.
Jean levanta la cabeza al oír la campanilla, sus ojos se encuentran con los de Nico, no sonríe, pero hay algo en su expresión que se suaviza, un cambio sutil, casi invisible, como cuando una puerta se entreabre sin que nadie la toque. La sorpresa le dura un instante, no esperaba verlo a esa hora, el chico rubio casi siempre viene por la tarde, cuando el sol ya está bajo y las mesas se llenan de universitarios. Pero hoy está aquí, a primera hora de la mañana, con el pelo revuelto y esa sonrisa que parece no necesitar motivo.
—Hola —dice Nico, acercándose al mostrador—. ¿Está abierto?
—Sí —responde Jean.— ¿Un cortado?
—Por favor.
Nico lo observa hacer la flor, cinco pétalos diminutos sobre la espuma, el gesto es automático, pero a Nico le sigue pareciendo un pequeño milagro.
Cuando la taza está lista, Nico toma aire.
—¿Puedes llevármelo a la mesa?
Jean se queda quieto, la pregunta cae entre ellos como una piedra en un estanque.
—¿A la mesa? —repite Jean.
—Sí. Si no es mucha molestia.
No es mucha molestia, lo sabe, pero también sabe que Jean nunca sale de detrás de la barra, nunca. Solo aquella vez, la del olor, cuando recogió la bandeja y pasó a su lado y Nico pudo sentirlo por primera vez.
Nico quiere volver a sentirlo.
Jean lo mira, hay algo en sus ojos que Nico no sabe descifrar. ¿Recelo? ¿Incomodidad? ¿Otra cosa? No dice nada durante un instante demasiado largo.
El sábado estuve esperando que viniera, piensa Jean, y no vino, ahora está aquí, un lunes temprano, a una hora que no es la suya, pidiendo que le lleve el café a la mesa, como si quisiera estar cerca. Y yo, no debería estar tan consciente de su presencia, no es bueno acostumbrarse. Las personas se van, siempre se van.
Pero no puede decir que no.
—Está bien —dice al fin.
Coge la taza y el plato, sale de detrás de la barra. Avanza entre las mesas con pasos medidos, la taza humeante en la mano, la espalda recta pero los hombros ligeramente encorvados, como queriendo ocupar el menor espacio posible.
Nico se ha sentado en su mesa habitual, tiene la mochila abierta y un cuaderno sobre la mesa. No es el de dibujo, es uno distinto, un bloc con anillas y hojas cuadriculadas, lleno de líneas trazadas con escuadra y cartabón. Planos, o algo parecido a planos. Jean deposita el plato sobre la mesa con cuidado, sus dedos, al retirarse, rozan el borde del cuaderno.
Y entonces, sin darse cuenta, habla.
—¿Estudias arquitectura?
Las palabras le salen solas, como si alguien dentro de él hubiera decidido que esta mañana, este lunes, esta pregunta merecía ser formulada. No debería hacer eso, no debería preguntar nada, las preguntas crean vínculos y los vínculos son peligrosos.
Pero la pregunta ya está hecha.
Nico levanta la cabeza, sus ojos se iluminan, no esperaba la pregunta, no esperaba que Jean iniciara una conversación voluntariamente.
—Sí —dice, y su voz suena entusiasmada—, estoy en segundo año. Mi padre es arquitecto, tiene su propia constructora, quiero ser como él.
Sonríe.
Esa sonrisa abierta, luminosa, sin dobleces es demasiado. Demasiado brillante, demasiado cálida, demasiado cercana. Jean siente que algo en su pecho se comprime y se expande al mismo tiempo. No cambia su expresión, tiene años de práctica, su rostro sigue siendo el de un camarero profesional, neutro, amable sin ser cercano. Pero por dentro, en algún lugar donde todavía no llega el escudo, admite que esa sonrisa le ha golpeado.
—Ah —dice, porque no sabe qué otra cosa decir—. Pues suerte.
Quiere retirarse, debería hacerlo, ya ha roto demasiadas reglas en pocos segundos: salir de la barra, acercarse a la mesa, hacer una pregunta personal. Es hora de volver a su sitio. Pero Nico habla.
—Espera.
Jean se detiene.
Nico ha hablado por impulso, no tiene nada preparado, solo quiere que Jean se quede un momento más, solo quiere que esté un poco más cerca. Si se acerca un poco más, quizás pueda olerlo mejor.
—El café de la universidad es un asco —dice, soltando lo primero que le pasa por la cabeza—, por eso vengo aquí tan temprano. No tenía en casa y...
Se calla, se da cuenta de que está parloteando. Él, que nunca parlotea. Jean lo observa, hay algo en su mirada que no es hostil, tampoco es cálida, es algo intermedio, un territorio desconocido.
—Bueno —dice Jean—. Pues... disfrútalo.
No es gran cosa, pero tampoco es nada.
Jean se aleja hacia la barra, Nico lo ve irse, la espalda recta, las muñecas finas, ese mechón de pelo que sigue escapándose de la coleta.
El olor ha llegado. Té verde y musgo de bosque. Tenue, casi un susurro, pero presente. Nico lo ha aspirado sin disimulo mientras Jean estuvo cerca, y ahora se queda con él, con ese rastro mínimo que se desvanece despacio.
Mira el reloj de la pared.
—Ya es tarde —murmura.
Se levanta de golpe, guarda el cuaderno, cierra la mochila, se la cuelga al hombro. El café se queda a medio beber sobre la mesa.
—Volveré en la tarde —dice ya camino de la puerta. No sabe si se lo dice a Jean o a sí mismo.
La campanilla suena, Jean levanta la vista del vaso que está secando y ve la puerta cerrarse. El café se queda a medio beber sobre la mesa del fondo. Jean lo recoge un minuto después, cuando ya no hay nadie mirando.
Sus dedos, al secar la taza, tiemblan un poco. Otra vez.
———
Nico llega a la universidad corriendo.
La facultad de Arquitectura está al otro lado del campus y para cuando alcanza la puerta del aula, faltan unos segundos para que den las nueve y media. Mauro está apoyado en el marco, con los brazos cruzados y una expresión que mezcla alivio y reproche.
—¿Qué pasó? —dice, más una afirmación que una pregunta—. Un minuto más y no llegas.
—Perdí la noción del tiempo —Nico recupera el aliento, se pasa una mano por el pelo revuelto—. Estuve en el cibercafé.
Mauro enarca una ceja.
—¿A estas horas?
—Se me hizo tarde.
—Nunca se te hace tarde, eres el más puntual del grupo.
Nico se encoge de hombros, entran al aula. El profesor aún no ha llegado, y los estudiantes se acomodan en sus asientos con el rumor perezoso de los lunes por la mañana, Mauro y Nico se sientan juntos, en la tercera fila, donde siempre.
—Estaba Jean —dice Nico.
Lo dice sin pensar, o quizás pensándolo demasiado, lo dice porque necesita decirlo, porque el nombre le ha estado dando vueltas en la cabeza todo el camino desde Offline. Mauro lo mira de esa forma suya, tranquila pero aguda, la que lo ve todo sin hacer ruido. El olor a café y cedro de Mauro llega hasta Nico, conocido y familiar.
—Estaba Jean —repite Mauro, como si sopesara las palabras.
—Sí.
—¿Y por eso llegas tarde?
Nico asiente y no puede ocultar la sonrisa, esa sonrisa tonta, involuntaria, que le nace cada vez que piensa en el chico de la coleta. No debería sonreír así, no hay nada concreto que celebrar, solo un café, una pregunta, un olor apenas perceptible.
Pero ahí está.
Mauro se queda callado, observa a su amigo con esos ojos café que nunca juzgan, solo analizan. Ve la sonrisa, ve el brillo en sus pupilas, ve algo que no había visto antes.
—Nico —dice.
—¿Qué?
Mauro abre la boca pero no dice nada, sabe que si pregunta Nico responderá. Sabe que si responde, algo se pondrá en movimiento.
—Nada —dice—, luego hablamos.
El profesor entra, los murmullos se apagan, Nico abre su cuaderno y finge prestar atención.
Pero su mente sigue en Offline.
En el café a medio beber, en la pregunta que Jean hizo, en la suavidad de su tono al decir «pues suerte». En el olor a té verde y musgo de bosque.
Y en la certeza, cada vez más difícil de ignorar, de que algo está cambiando.