La caja apareció el día del funeral de su abuela.
Dentro había cientos de cartas con fechas imposibles, nombres desconocidos y secretos que jamás debieron existir.
Cuando Luna abre una de ellas, despierta en una vida diferente. Una donde es cantante. Otra donde nunca nació. Otra donde alguien la ama desesperadamente.
Pero cada carta tiene un precio.
Con cada viaje, un recuerdo desaparece.
Y cuando descubre una carta escrita por ella misma desde el futuro, comprende una aterradora verdad:
Alguien está borrando historias.
Y ella podría ser la siguiente.
✨ "Toda historia tiene un final. Algunas tienen más de uno."
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Capítulo 10: La Puerta Negra
Luna sintió que el corazón se detenía.
La llave negra descansaba sobre la palma de su mano.
Fría.
Pesada.
Antigua.
Y frente a ella, por primera vez, el hombre de negro parecía preocupado.
No triste.
No misterioso.
Preocupado.
Aquello la asustó más que cualquier otra cosa.
—¿Qué quieres decir con que alguien abrió la puerta?
El hombre permaneció en silencio.
Observando la oscuridad del altillo.
Como si estuviera escuchando algo que ella no podía oír.
—Respóndeme.
—Significa exactamente eso.
—¿Quién la abrió?
—No lo sé.
—Mientes.
—Ojalá.
Aquella respuesta hizo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Luna.
Porque comenzaba a creerle.
Y eso era lo peor.
La tormenta comenzó en ese mismo instante.
La lluvia golpeó el techo con fuerza.
El viento sacudió las ventanas.
Y durante unos segundos toda la casa pareció estremecerse.
El hombre levantó la vista.
—Ya viene.
—¿Quién?
Antes de que pudiera responder, las luces se apagaron.
La oscuridad cubrió el altillo.
Luna apenas podía distinguir las sombras.
Y entonces escuchó algo.
Un ruido.
Un susurro.
No provenía del exterior.
Venía de la caja.
La joven giró lentamente la cabeza.
Las cartas estaban moviéndose.
Solas.
Como si una mano invisible las estuviera revisando.
Una tras otra.
Una tras otra.
Una tras otra.
Hasta que finalmente se detuvieron.
Y un sobre cayó al suelo.
Luna sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Porque aquel sobre era diferente.
Rojo.
Completamente rojo.
—No...
El hombre de negro dio un paso adelante.
Por primera vez parecía alarmado.
—Eso no debería existir.
—¿Qué es?
—Un error.
—¿Qué significa eso?
El hombre no respondió.
Tomó el sobre.
Lo observó durante varios segundos.
Y entonces Luna vio algo imposible.
Tenía miedo.
Verdadero miedo.
—Nunca había aparecido.
—¿Qué contiene?
El hombre levantó la vista.
—Una historia que jamás fue escrita.
El silencio llenó la habitación.
—No entiendo.
—Porque no deberías entenderlo.
La lluvia continuó golpeando el techo.
Más fuerte.
Más intensa.
Como si algo estuviera acercándose.
De repente la llave comenzó a brillar.
Una tenue luz oscura recorrió su superficie.
Y las paredes del altillo desaparecieron.
Solo por un instante.
Pero Luna lo vio.
Una puerta.
Negra.
Gigantesca.
Suspendida en medio de la nada.
La misma puerta de sus recuerdos.
La misma puerta de las visiones.
La misma puerta que había abierto una y otra vez.
La joven retrocedió.
—La vi.
El hombre cerró los ojos.
—Lo sé.
—Está aquí.
—No.
—Sí está.
—Está acercándose.
Aquella respuesta fue peor.
Mucho peor.
—¿Cómo que se está acercando?
El hombre tardó varios segundos en responder.
—Porque la puerta nunca pertenece a un lugar.
Los lugares terminan perteneciéndole a ella.
Un golpe sacudió la casa.
Tan fuerte que ambos se sobresaltaron.
Luego otro.
Y otro más.
No parecía un trueno.
No parecía viento.
Parecía algo golpeando desde afuera.
Intentando entrar.
Luna corrió hacia la ventana.
Y sintió que el corazón dejaba de latir.
La calle había desaparecido.
No había autos.
No había casas.
No había vecinos.
Solo niebla.
Una niebla blanca e infinita.
—No...
—No mires demasiado.
—¿Qué está pasando?
El hombre observó la ventana.
Y por primera vez respondió sin rodeos.
—La historia está cambiando.
La temperatura descendió.
El aire se volvió pesado.
Difícil de respirar.
Y entonces aparecieron.
Figuras.
Decenas de ellas.
Caminando entre la niebla.
Lentamente.
Silenciosamente.
Luna observó aterrada.
Porque todas tenían su rostro.
La misma cara.
Los mismos ojos.
El mismo cabello.
Versiones de ella.
Algunas jóvenes.
Otras ancianas.
Algunas felices.
Otras completamente destruidas.
—¿Quiénes son?
La voz apenas salió de sus labios.
—Tus vidas.
—¿Qué?
—Las vidas que olvidaste.
La niebla comenzó a rodear la casa.
Miles de ojos observaban desde la oscuridad.
Miles.
Y todos eran los suyos.
Una de las figuras avanzó.
Hasta quedar frente a la ventana.
Era una mujer de unos treinta años.
Tenía una cicatriz atravesando su mejilla.
Y lágrimas en los ojos.
Lentamente apoyó una mano contra el vidrio.
Y sus labios se movieron.
Luna pudo leer claramente las palabras.
"No abras la puerta."
Otra figura apareció detrás.
Una anciana.
También era ella.
También lloraba.
Y también repitió el mismo mensaje.
"No abras la puerta."
Entonces otra.
Y otra.
Y otra más.
Todas repetían exactamente lo mismo.
Como una advertencia.
Como una súplica.
Como un último intento desesperado.
La llave comenzó a calentarse.
La luz negra se hizo más intensa.
Y un sonido recorrió la niebla.
Un sonido profundo.
Antiguo.
Familiar.
Como una cerradura girando.
Lentamente.
Muy lentamente.
El hombre de negro palideció.
—No.
—¿Qué ocurre?
La respuesta llegó en forma de susurro.
—La puerta acaba de abrirse.
El suelo tembló.
La niebla desapareció de golpe.
Y durante una fracción de segundo Luna vio algo detrás de todas aquellas versiones de sí misma.
Algo enorme.
Algo imposible.
Algo que la observaba desde la oscuridad.
Y entonces una voz resonó en toda la realidad.
Una voz que no pertenecía a ningún ser humano.
—Por fin te encontré.
Continuará...